Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby

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Reconozco que fui admirador de Serge Blanco. Admito que veía los partidos de Francia por él, un zaguero con visión universal del juego, de esos que parecen haber nacido bajo una conjunción cósmica que les hace portentosos. Su equipo, plagado de estrellas como Sella, Lagisquet, Charvet, derrotaba a rivales con la complacencia de quien se bebe una copa de champagne. Blanco era venezolano, negro y jugaba a rugby con Francia.

Hoy que empieza el torneo VI Naciones, el más emocionante del mundo, merece la pena recordarlo. Como también lo que significa este deporte para alguien que lo ha practicado. Por ejemplo, no sé bien quien escribió la leyenda de que el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros. Es falso. El rugby es un juego de bestias practicado por bestias que dirimen su condición física en un ambiente hostil. Es una batalla descomunal que dura 80 minutos. Una diversión con los valores deportivos sublimados a la propia vida, a la amistad verdadera.

Quien haya estado alguna vez en una melé, en un ruck, en un agrupamiento, quien haya logrado concluir una carrera de 20 metros sin ser placado y haya conseguido un ensayo, conoce el orgullo al que me refiero. “Sí, yo estuve allí. Yo he jugado a rugby”. Si existe un momento para dejar de practicar este deporte es antes de empezar, nunca después. Se lo aseguro.

Y hoy, pasada ya mi hora de esplendor, es un día perfecto para mirarme al espejo y exaltar la utopía que me empuja a regodearme en lo que me gusta. El rugby es una experiencia profunda, una felicidad que no me la ha aportado ningún otro deporte. Basta con eso. Así sentimos. Así vivimos.

 

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Mientras estuve con Ana (Capítulo II)

Bajo el puente (II)

Foto de Nicolás

Mi compañera regresó a casa al atardecer. En ese momento, me alegré de que no estuviera presente cuando llegaron los policías. A esas horas, comenzaba a esbozar cuál era mi papel en aquella historia y pensé que se había ahorrado una preocupación innecesaria. Martina y yo compartimos casi todo pero este asunto, con un cadáver en el maletero de mi coche y una investigación que terminaría hurgando en mi pasado, podía arruinar nuestra confianza de manera fatal. No es que quisiera engañarla sino que preferí mantenerla al margen hasta descubrir los cabos que se encontraban sueltos para construirme una explicación razonable. Era inevitable que, tarde o temprano, acabaría enterándose de todo pero aún así decidí callar mientras fuera posible. En cierto modo, Martina también forma parte de esta extraña ecuación.

Este era el primer invierno que pasábamos juntos. Habíamos alquilado un caserío en la montaña y todavía nos encontrábamos esclavizados por las múltiples reformas que necesitaba. Cuando llegamos contemplamos con desazón el deterioro de la casa pero, en lugar de desanimarnos, sirvió de acicate para afrontar los arreglos de una forma casi artesanal. Las paredes estaban desconchadas, no había muebles, las ventanas, viejas y apolilladas, no se cerraban. Las cañerías estaban rotas y el jardín, de unos cien metros cuadrados, estaba tan abandonado que parecía un bosque salvaje. El lugar era magnífico. Tenía dos pisos bien iluminados con un mirador privilegiado a una montaña escarpada, una roca de mil metros ideal para la escalada. Otro gran atractivo era que el pueblo se encontraba a cinco kilómetros por un camino endiablado. Martina utilizaba una motocicleta para ir hasta la escuela donde daba clase de inglés. Su trabajo nos reportaba una seguridad económica fundamental para los tiempos difíciles que vivía, un periodista olvidado que sólo escribía de forma eventual para publicaciones nostálgicas de un pasado glorioso.

Este retiro casi forzado también llamó la atención de los dos inspectores de policía. Querían conocer los motivos que me habían empujado a abandonar mi trabajo para dedicarme a escribir sobre cosas extrañas y algún reportaje aislado sobre viajes a lugares lejanos. ¿Por qué una persona que no conocía tenía mi viejo número de teléfono?, me preguntaron. Precisamente porque soy periodista y mucha gente guarda tu contacto sin tener ni idea de quién eres. Leen tus artículos y algo toca una cuerda del fondo de su alma. A veces sucede que esa persona está loca y entonces te conviertes en una parte de ella, en su referencia con la realidad. Tu firma en un periódico es algo misterioso, añadí. En el momento que sale de la imprenta y se coloca en el quiosco, cualquier cosa puede ocurrir y no puedes hacer nada para evitarlo.

Menciono estas cosas porque es así cómo lo recuerdo. Recostado junto al mirador de la casa, observando como las nubes van cubriendo la cima de la montaña y comienza a llover. Durante los años que estuve con Ana hubo días de tormentas como el de hoy, días que te abren el corazón y revelan oscuros secretos. La primera vez que vi a Ana estaba descalza.

Pese a que han transcurrido algunos años de aquello, no me cuesta revivirlo siempre que lo deseo. Era un viernes otoñal y los dos estábamos invitados a impartir una charla sobre el desierto de credibilidad por el que empezaba a transitar la prensa. Yo conocía a Ana a través de fotografías, de sus viajes por Japón y sus reportajes en África, pero la persona que me encontré era totalmente distinta a la que había imaginado. Se trataba de una mujer fuerte, más bien baja, con el pelo corto y una mirada intensa, a veces fiera, a la que no se le escapaba el más mínimo detalle que pasara ante sus enormes ojos.

Se detuvo en la puerta durante unos instantes examinando el vestíbulo, casi vacío, y giró la cabeza.
 -Supongo que eres Pablo, ¿no?
 -Supongo que sí -dije-. Y tú debes de ser Ana.

 -La misma -respondió-. Se acercó hasta donde estaba y me dio un beso. Me alegra saludarte -añadió-. Últimamente, he oído hablar mucho de ti y tenía ganas de conocerte.

Así fue como empezó nuestra relación, sentados en una sala todavía desierta. Ahora que Ana ya no está, me resulta insoportable pensar en aquella noche de felicidad, de sueños. Recordar el humor y la inteligencia que irradiábamos en aquel primer encuentro. Por eso me cuesta tanto imaginar que aquella mujer tan generosa con la que compartí más que una jornada inolvidable era la misma persona que la noche anterior habían encontrado en el maletero de mi coche. El viaje que emprendió hasta llegar a aquel lugar debió ser tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que no puedo pensar en ella sin ponerme a llorar.

Soprano: Elzbieta Towarnicka
 
 
 

 

Mientras estuve con Ana

No me resulta fácil contar esta historia pero temo que, de no hacerlo, acabe perdiéndose en los vericuetos de mi cabeza y con ella también mi cordura. Comenzó hace exactamente cinco años bajo el puente de San Marcial, en un pequeño pueblo de la cuenca minera asturiana y todavía no sé si ha terminado. Allí apareció el coche que un día antes me habían robado. El caso no hubiera tenido mayor trascendencia salvo por un pequeño detalle: en el maletero encontraron el cadáver de una mujer.

Estaba desayunando cuando la policía llegó a mi casa dispuesta a arrancarme respuestas. Entre los objetos encontrados, al menos entre los pocos que se salvaron del desastre, había un anillo y un teléfono desde el que se hizo una última llamada: A mi. Por eso vinieron a verme. Necesitaban un detalle, cualquier dato que les sirviera para identificar aquel cuerpo y orientar una pesquisa que en aquel momento era indescifrable. Durante dos largas horas no dejaron de hacerme preguntas. Y siendo sinceros, aunque ahora lo comprenda todo, en aquel instante no tuve la valentía de reconocer que conocía las respuestas.

La víctima se llamaba Ana y aquel anillo que me mostraban una y otra vez era mío. Procuré colaborar con los agentes en todo lo que pude. Revelé los detalles a mi manera, entre el disgusto por el robo y la incredulidad por el cúmulo de coincidencias que me asociaban a aquel espantoso caso. No sé porqué lo hice. Quizá debí contarlo todo pero no me arrepiento de mi silencio aunque aquello resucitara en mi un grave problema de remordimiento y culpa. Hacía más de dos años que no sabía nada de ella y su recuerdo dormitaba ya en el disco duro de mi memoria. Había cambiado de teléfono cuatro meses antes pero aun guardaba el antiguo con la esperanza de que un día me llamara, algo que jamás ocurrió. Salvo la noche anterior.

Nada de esto dije a los dos policías, muy correctos pese al incesante bombardeo de preguntas al que sometieron. Se limitaron a verificar mi móvil, a preguntarme por el vehículo y el anillo, una gruesa alianza con tres muescas que yo regalé a Ana una frenética noche estival. También comentaron que ninguna de las huellas encontradas en el vehículo servían para la investigación. El cuerpo estaba irreconocible y, junto a él, una cámara de fotos carbonizada y lo que parecía ser un par de guantes de látex fundidos por el fuego. Ni una pista más. Me mostraron las fotos del atestado por si reconocía algo, quizá el paisaje, quizá aquel puente del fondo en el que tantas palabras dejé, el de San Marcial. No me acusaban de nada pero el hecho de que el coche fuera mío y la última llamada se realizara a mi viejo número me convertían en su único hilo para la resolución de un caso sombrío.

¿O no? Oh sí, claro agentes, por supuesto que sí pero hace mucho tiempo que cambié hasta de modo de vida. Pueden comprobarlo, si lo desean. Además, que hubiera llamado a mi viejo teléfono pudo ser una cuestión del azar y la desesperación. De todas formas, quiero que sepan que cuentan con mi total colaboración. No tengo ningún inconveniente en que revisen mi apartamento ahora mismo. Aquí tienen mi móvil para que comprueben todas las llamadas y aquí la agenda con los nombres de mis amigos, por si también lo necesitan.

Fue entonces cuando los dos policías me explicaron el escenario en el que trabajaban, las dificultades de un caso en el que un número de teléfono y un coche, a mi nombre, era todo lo que tenían para empezar a recomponer un puzzle siniestro. El forense aun tardaría varias semanas en identificar el cadáver y no contaban con la garantía de que lo lograra, dado el penoso estado en el que encontraron el cuerpo.

Finalmente, los dos policías se despidieron sin alterar el desorden que me rodea habitualmente en casa, con el expediente de su visita firmado y el aviso de que cuando tuvieran nuevos detalles de la investigación, me lo comunicarían. Me quedé varias horas aturdido, sentado en una silla con la mente en blanco, hasta que pasado el mediodía comencé a desmoronarme sin remisión, como un muro de piedra tras el impacto de un cañonazo. Hacía dos años que no hablaba con ella, el tiempo que necesité para olvidarla, para asumir que nunca volvería a verla. Porque el último día que nos miramos a los ojos quedó claro que no habría otra vez. Durante los siguientes meses no tuve muchas noticias suyas aunque supe que estaba construyéndose una vida que le dirigía hacia un inevitable desastre.

Ana era un singular fotógrafa, atractiva y muy estricta en sus decisiones. Un día cogió sus cámaras y se alejó de un mundo que nunca terminó de comprender. Comenzó publicando grandes reportajes en revistas internacionales de tiradas millonarias pero algo malo tuvo que sucederle para que rompiera aquel alegre matrimonio que había forjado con la sociedad del espectáculo que tanto contribuyó a inflamar. Vivió en Pakistán, más tarde en Japón donde trabajó con un equipo de ambientalistas que estudiaban el retroceso de los cascotes polares por los efectos del cambio climático. Luego regresó a España, nos vimos en un par de ocasiones y desapareció.

 

Análisis: Victoria del independentismo en Catalunya

People react to results in Catalonia's regional elections at a gathering of the Catalan National Assembly (ANC) in Barcelona

Análisis completo en: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/mundo/1/puigdemont-proclama-la-victoria-del-independentismo-en-cataluna

Dos ganadores y un derrotado. Esa es la lectura unánime de la noche electoral vivida el jueves en Cataluña. Unos comicios que contaron con la mayor participación de la historia, casi el 82% del censo, y que se decidieron en el último minuto. Dos ganadores con objetivos irreconciliables, Carles Puigdemont e Inés Arrimadas, y un perdedor sin paliativos, el Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy, quien terminó la jornada en la lona sin que nadie sepa a estas horas cómo logrará levantarse. Los laureles de la victoria recayeron, por votos y escaños, en Ciutadans (Ciudadanos), la pujante formación naranja que a nivel nacional lidera Albert Rivera. Su triunfo se fraguó sobre los vestigios de los populares que ayer pagó en las urnas una gestión del conflicto catalán muy discutida. La fuerza neoliberal que encabeza Arrimadas logró 37 escaños y el 27, 4% de los sufragios, unos resultados inauditos para un partido que hace 8 años era casi testimonial en el Parlamento. Sacó tres diputados de diferencia a Junts per Catalunya (JxC/Juntos por Cataluña), la lista que encabeza el expresidente Carles Puigdemont, y cuatro a la Esquerra Republicana (ERC/Izquierda Republicana) de Oriol Junqueras pero su victoria fue amarga.

Seguimiento noche electoral

La suma de los representantes independentistas renovó la mayoría absoluta con la que ya contaba abriendo un horizonte político nefasto para las estructuras del Estado. Al menos para un sector económico que pidió expresamente la movilización masiva hacia posiciones constitucionalistas que clamaban por enterrar el procés. Si las elecciones del jueves se presentaron como el termómetro real de lo que piensan los catalanes, el balance no pudo ser más desalentador para los partidos nacionales: el bloque independentista resistió la poderosa colisión con el Estado y podrá formar Gobierno sin problemas. La suma de todos ellos asciende a 70 diputados, dos más de los que necesitaban para controlar la Cámara. Y lo cimentaron con unas mimbres poco alentadoras. Con un Gobierno huido o entre rejas, el autogobierno intervenido desde hace casi dos meses y una presión económica que llegó a hacer dudar a sus propios dirigentes sobre si el desafío planteado merecía la pena.

El veredicto de las urnas fue devastador para los intereses constitucionalistas, en concreto, para la estrategia desplegada por el gobierno de Rajoy, cuya intervención en Cataluña ha terminado estrellada contra las rocas. Los tres escaños logrados convierten al PP en una fuerza insignificante en el Parlamento que ni siquiera gozará del privilegio de constituirse como grupo propio. Su desplome fue tan estrepitoso que no son pocos los analistas que ayer empezaron a vislumbrar el principio de su fin. Si la derecha española buscaba oxígeno para digerir la corrupción que azota a su principal baza política ya ha encontrado el punto de apoyo en la figura de Albert Rivera. “Nosotros hemos cumplido en Cataluña pero han fallado nuestros acompañantes, el PSOE y el PP”, afirmó ayer Arrimadas.

Los socialistas padecieron un brusco frenazo en las aspiraciones de conseguir el buen resultado que anticipaban los sondeos. Solo logró un escaño más que los 16 que obtuvo hace dos años. Catalunya en Comú, la formación catalana de Podemos, sufrió un pequeño varapalo al perder tres diputados y caer al vagón de cola entre los partidos con menos representación parlamentaria.

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Tantos miedos internos se han desatado entre los populares que ayer fue el propio Mariano Rajoy quien compareció en público para ofrecer una explicación sobre el alcance de los comicios. A juicio de los expertos, su reacción no desveló sorpresas. Ni siquiera se rasgó las vestiduras. Es cierto que ofreció diálogo a los independentistas “pero dentro de la ley y la Constitución” y no mostró interés alguno ni para reunirse con quien puede volver a la presidencia de Cataluña, Carles Puigdemont, ni tampoco para convocar elecciones generales en España que sirvan para desatascar este conflicto. “Solo hablaré con Inés Arrimadas, que es quien ha ganado las elecciones”, resumió Rajoy.

Las posiciones se mantienen en el mismo lugar en las que se encontraban el 1 de octubre, el día del referéndum soberanista ilegalizado. Es decir, dos bloques atrincherados e igualados en número de votos pero incapacitados para aproximar posiciones. Eufórico por su victoria moral, y también porque ERC no superó a su lista de JxC, Puigdemont se presentó ayer en un hotel de Bruselas como el verdadero ganador de los comicios. No le faltan razones. Huido de la justicia española tras el fiasco del procés, se encontraba ante su única posibilidad de supervivencia política. Y la apuesta le salió de cara. Solo tiene un escollo por delante: ERC le ha advertido que apoyará su investidura “siempre y cuando se presente en el Parlamento”.

Pero Puigdemont sabe que en cuanto ponga un pie en España será encarcelado acusado de sedición. Ayer, no aclaró su decisión. Se limitó a proclamar el fracaso del artículo 155 “del Estado y de la monarquía” en Cataluña y a solicitar un encuentro con Rajoy “en el lugar y hora que prefiera pero siempre que haya garantías”. Su hoja de ruta para avanzar hacia un entendimiento pasa por la puesta en libertad de los dirigentes independentistas que aún se encuentran detenidos “y el cese inmediato de la persecución judicial contra el procés”. El presidente del gobierno español respondió que eso es imposible.

Solsticio de Invierno

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Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

No es no

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El disco duro de una sociedad es la memoria ante el virus de la indiferencia. El Día Internacional contra la violencia de género nos recuerda que en este país hay casi dos millones de mujeres que son agredidas diariamente por animales con barba, que son perseguidas implacablemente y que, una vez en su campo de tiro, un porcentaje muy alto de ellas acaba con el cuello roto en una morgue. Nadie puede ignorar esta abominable realidad. En esta tragedia, las heroínas son todas las mujeres que mueren por su condición femenina.

Podríamos hablar de mil historias violentas contra ellas pero pienso que el martirio de Emmeline, una chica anónima rescatada de la biblioteca de la vida, es la que se ajusta a la verdad. Emmeline fundó la Unión Política y Social de las mujeres británicas en 1874 para luchar por el derecho al voto femenino. Eran momentos duros y dolorosos para todos, pero especialmente para ellas. De ahí que los respetables mandamases de su tiempo, presos de un pánico atroz, se sacaran de la chistera una macabra ley para encarcelar a todas sus seguidoras, a las que vergonzosamente llamaron ‘las histéricas’. En 1929, un año después de la muerte de Emmeline, se instauró el sufragio universal en el Reino Unido.

Ustedes pensarán a qué viene esto. Pues bien. Al igual que en la época de clandestinidad de la Unión Política y Social de las mujeres británicas, los partidos de ahora no se han preocupado lo suficiente de los derechos elementales de las mujeres. La violencia de género no para de crecer a pesar de los gritos desgarradores de todos exigiendo una ley universal que las proteja, y nos proteja, de una manera efectiva de la brutalidad machista. Se endurecen las penas, es cierto, aunque esa obsesión por las leyes corre el riesgo de estrellarse contra la muralla de la complejidad. La más resistente es el sistema patriarcal imperante, el refugio de los patrones machistas que causan dolor.

Un ejemplo: ¿Por qué se educa a las niñas a prevenir la violación pero no a los niños a ser violadores?. Son los pequeños detalles que retratan el nivel de compromiso de quienes idean leyes y campañas doradas contra el feminicidio que todos padecemos. Aunque resulte imposible certificar el número de mujeres que son asesinadas cada año, Naciones Unidas presentó en 2015 un estudio que sirvió para evaluar los estragos de la violencia de género en el planeta: una de cada tres mujeres ha padecido alguna vez las dentelladas del maltrato físico o sexual y el autor vive en su círculo íntimo. Esa fue la conclusión.

El dolor ajeno suele ser un tema recurrente en estos tiempos de miseria moral que nos ha tocado vivir. Habitamos un mundo en el que sólo parece importar lo inmediato, lo exitoso, lo bello, lo inmortal. Cada vez se habla más rápido y se mira peor. Cultivamos el rechazo, abominamos la realidad a la que nuestros sentidos nos han constreñido. Una imagen deformada de nosotros mismos, repleta de imperfecciones, de trazos gruesos y decadentes que terminan transformando la existencia en una prisión asfixiante. Pero, ¿qué nos estamos haciendo? ¿Acaso siempre fue así?

El filósofo Friedrich Nietzsche escribió una vez que quien lucha con monstruos debe cuidarse de no convertirte también en monstruo. Entonces, ¿en qué queremos convertirnos? La respuesta emana aquí de la propia imagen. Esta fotografías en blanco y negro da cuenta del invierno perpetuo del alma golpeada, aprisionada por la frívola imperfección que reina en los momentos de soledad.

Otoño, una pira bestial

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Hay días que una foto es más que mil colores. También huele. Pero no a leña chamuscada ni a monte quemado como hoy apesta en Galicia, Asturias y Portugal. Quizá, si le echamos imaginación al asunto, la imagen de arriba podría obsequiarnos con su aroma de naturaleza viva. El bosque húmedo en otoño es un lujo bestial y, por fin, ha llegado. Llueve y el paisaje se enciende como una pira imponente.

El poeta Octavio Paz escribió: “En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!”.

Así es. Estamos en el inicio de esta estación multicolor. Momento para abrirse a todo lo que suena y se mueve. Preparados para lo mucho que huele y para todo lo que puede saborearse. Días de luz suave y de humedad, el tiempo nos ofrece una oportunidad para recuperar el sentido de los sentidos, o como dijo el naturalista Joaquín Araujo “serás de la vida como la vida es del tiempo”. Aprovechemos esta lluvia y este sol con su luz crepuscular para acercarnos al invierno gélido.