Colombia intenta mirarse a los ojos

Nunca tantos colombianos pensaron que unas elecciones presidenciales puedan cambiar tantas cosas. El optimismo nació cuando la Corte Constitucional impidió al presidente Álvaro Uribe presentarse a un tercer mandato -o una segunda reelección como les gusta decir a sus partidarios siguiendo el patrón del doble lenguaje utilizado desde 2000 para suavizar las sombras que su líder lleva cosidas a la espalda, como las ejecuciones extrajudiciales eufemísticamente bautizadas como “falsos positivos”-.
La decisión judicial redujo la frustración del silencio. El uribismo, que tan buenos resultados ha reportado a las clases favorecidas de Colombia abrazadas únicamente al poder del dinero, distribuyó “seguridad democrática” pero también mucho miedo. Miedo a contar la verdad oculta. Temor a denunciar los desmanes del Estado en amplias zonas del país pero que no salen en los medios de comunicación o aparecen muy poco. Para esta gente, millones de personas -Colombia es el segundo país del mundo con mayor número de desplazados tras Sudán-, sin Uribe ya nada podrá ir a peor. Para ellos la vida empieza al amanecer y termina cuando el sol declina. ¿Habrán votado?.
Parece probado que las formas humanas de intercambio no pueden reducirse sólo a una ideología utilitarista. Creo que la sociedad colombiana hace tiempo que empezó a captarlo. Faltaba descubrir el camino para expresarlo. Quizá ahora es el momento. Ya no es cuestión de conformarse con ironías ni circunloquios que expliquen qué es el progreso. Los colombianos han aprendido a reírse de ellos mismos entre los profundos temores colectivos que les atenazan. Entre tumbas sin nombre y matanzas que llegan el paroxismo.
Decía el archirecurrido Ryszard Kapuscinski que la frustración que provoca el hambre se manifiesta cuando el hambriento siente que alguien le impide dejar de serlo. Eso es lo que han provocado los diez años de mandato de Álvaro Uribe. Si nada cambia en Colombia tras las elecciones de hoy será por el egoísmo de los caudillos que dirigen vastas zonas del territorio a sangre y fuego. Por la rémora que arrastra este país para desdramatizar de una vez su propia historia o por el miedo de otros a perder los asombrosos privilegios feudales que les otorgó un poder político corrupto hasta las cejas.
Alguien me dijo una vez que Colombia “sigue necesitando de buenos traductores para entenderse”. Cualquier cosa es mejor que la indiferencia. Cualquier cosa es mejor que el silencio.
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