La ciudad de los pobres

Nadie sabe dónde está la ciudad de los pobres. No figura en los mapas pero tiene sus habitantes. En España hay nueve millones de ‘necesitados’ oficiales, es decir, casi dos veces la población entera de la ciudad de Madrid. El 22,7 % de la sociedad española. Un ejército a primera vista pero una nimiedad si lo comparamos con los 1.100 millones de seres que sobreviven en el planeta con menos de un dólar al día y los 800 millones que son pobres de solemnidad.
Hoy que lo único que importa es lo inmediato, lo efímero, lo cercano y que ya ni las fotografías de niños avejentados por el hambre impresionan a nadie, nos quedan los gélidos datos para dejarnos una mueca de reprobación congelada en la cara. Ya se encargarán las factorías de información de narcotizarnos de nuevo. Para que no lloremos, para que el mundo, este mundo imperfecto pero aún útil que nos dibujan, no se vaya definitivamente por el desagüe de la Historia.
Los amos de las finanzas son auténticos profesionales del gesto fingido cuando escupen números sobre sus generosas aportaciones al combate de esta pandemia. Aquí somos más decentes que en África aunque el esperpento de ver a un indigente durmiendo en un cajero de cualquier ciudad siga sin servir para invalidar los presupuestos de quienes confían en el progreso del sistema. Entre recortes sociales y bolsas de valores continuamos confiando en las redistribuciones que hacen los dueños del dinero para mantener a la pobreza en unos límites tolerables.
¿Y cuál ese límite? Mantener esta obscenidad alejada de nuestro exitoso mundo o convertir sus despojos en estampa familiar de plazas y esquinas. Es una fórmula útil para desactivar cualquier capacidad de rebelión. Sin embargo, bastaría con pasarse una noche por los soportales del Teatro Real de Madrid y mirar a los ojos a los inquilinos que habitan entre los cartones -cada día más numerosos- que bloquean las puertas. Si así se hiciera, las estadísticas oficiales de lucha contra la pobreza, las que deslumbran pero no iluminan, saltarían por los aires y nos confirmaría que algo no funciona.
El escritor José Luis Sampedro responde a esto que no es que el capitalismo salvaje haya fracasado “sino que está agotado”. Es la paradoja del sistema, de vivir tan bien, de haber construido un Estado del Bienestar que hoy se está liquidando. Las pesadillas que soñó Goya no sólo no se disipan, sino que avanzan.
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