Simbad en París está feliz pero no olvida

Samir Benahid es un amigo. Lo descubrí en Irak, en 2003, cuando el abatimiento y las sombras se cernían sobre la voluntad. Entonces, ahí aparecía este tipo humanista, cristiano y políglota para disiparlas como un ventilador.
Él fue mi sombra en aquel infierno y, desde entonces, he charlado regularmente con él a través de Internet. Su sueño era venir a España, conocer el Museo del Prado, animar al Athletic de Bilbao -para no desanimarme más en la noche eterna de Bagdad-, comprobar que la paz no ha abandonado esta mundo y regresar a su país con las bodegas del alma cargadas de razones para seguir viviendo. “Eres como Simbad”, solía decirle. Hoy vive en París y trabaja de recepcionista en un pequeño hostal a orillas del Río Sena.
Durante la guerra, Samir jamás mostró el menor signo de desolación ante la carnicería que le rodeaba. Sólo lo hizo una vez, cuando un grupo jamás identificado voló por los aires una mezquita en pleno centro de la capital con todos los feligreses dentro. Hubo cientos de muertos.
Aquel día, entre lágrimas de angustia incontenible, me comentó que la religión siempre ha sido patria común para todos los iraquíes, de respeto colectivo y que le resultaba turbador observar como había despertado la rabia. “¿Qué utilidad tiene volar esta mezquita?”, se preguntaba una y otra vez mientras mirábamos horrorizados aquel escenario espeluznante.  Por primera vez, Samir tomó partido y ya más tranquilo se respondió: “Para justificar la presencia de los americanos”. ¿A qué te refieres?, le dije. “A nada, a nada. Cosas mías, nada importante”, contestó. Se despidió y se perdió en la oscuridad de la noche a punto de iniciarse el toque de queda impuesto por las tropas invasoras.
No había llantos ni lamentos en sus últimas palabras. Pero de su boca salió un mensaje que me desgarró brutalmente, incapaz ya de extraer una lumbre que aclarara aquella penumbra que vivíamos. Hace dos años le visité en París y volví a prometerle hacer todos los esfuerzos que estén en mi mano para que conozca España.
Hace unos días me escribió un correo. Recordaba mis torpezas extremas en Bagdad, me descubrió los quebraderos de cabeza que tuvo en Nayaf para que no me partieran las narices los chiies más radicales. Me hizo pasar por bosnio musulmán y me puso a rezar con pasión fingida en la mezquita del imán Alí ataviado con una camisa blanca que cubría el polo de rugby que, estúpido de mi, vestía aquel día. Luego, nos adentramos en la carretera de sal que une esta ciudad santa y Siria en un coche sin cristales. Era una vía sin vida. Una locura. Hasta que de pronto paró aquella roña con ruedas y dió media vuelta. “Eres tonto, amigo, y hablas un inglés penoso”, me dijo enfadado. Me avergoncé tanto que se descojonó de risa.
Samir era instinto de supervivencia. Lo demostró en Bap al Sheef, uno de los arrabales más pobres de Bagdad situado en la orilla oriental del rio Tigris y que entonces estaba habitado por ladrones, perturbados mentales, excombatientes, viudas, huérfanos de guerras cercanas y sobre todo ratas. “Se acabó. Esto ya no me gusta. Hay peligro. Nos vamos ya”. Y nos fuimos, claro. Lo peor de él era su fijación con una canción titulada I will love again. Me la hacía escuchar siempre que podía, como una penitencia.
Esta semana me ha escrito y le noto feliz en su vida parisina. Ha vuelto a reír. Como en la foto. Como hacen los héroes anónimos. Sin estridencia. Como Simbad, el Marino de Bagdad.
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