Cuidado!, perro enamorado

Me cuenta un amigo que la semana pasada regaló a su sobrino una mascota virtual, una especie de robotcachorro de cocker spaniel, que ladra, lame y hace ‘pipí’ levantando su pata trasera sobre la rueda de un coche.
Pues bien, ayer el niño lo sacó a pasear con su perro de verdad, un bichón maltés alegre y dulce como un caramelo. Cuando regresaron a casa, vino la sorpresa. Toti -que así era como el niño había decidido llamar a su engendro mecánico- estaba hecho unos zorros.
Era un espumarajo de animal, con las orejas roídas y la pierna de hacer pis puesta del revés. Ya no daba chupones. Su estridente ladrido se había convertido en un quejido ronco surgido de las cuencas cavernosas del microchip. El niño intentaba salvarlo acariciándolo mientras lloraba lágrimas de hiel. Era demasiado tarde. Toti se apagaba como un Terminator.
Según testigos del suceso, su fiel bichón había urdido una terrible maldad. En cuanto llegaron al parque de los juegos agarró al farsante por su pata saltarina y después de agitarlo en el aire como a un racimo de uvas, lo puso a los pies de su amo para que se lo lanzara como hacía siempre con la pelota.
Ni que decir tiene que el crío juró no volver a compartir los regalos de su tío con nadie. Y menos aún con un bichón enamorado. Continuará.
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