El misterio norcoreano

El Mundial de fútbol es un voluminoso escaparate donde más que el resultado parece dirimirse la esencia del orden planetario. Y entre todas las selecciones participantes, hinchadas coloristas, folclores sabrosones y estrellas del firmamento; o por encima de todos ellos, destaca un equipo: la República Democrática  Popular de Corea, un país que vive de espaldas al mundo.

Con una afición de cartón piedra en su estreno contra Brasil -se ha confirmado que el puñado de sonrientes seguidores que saludaban a la televisión eran en realidad actores chinos pagados por la FIFA-, y con un único jugador profesional que ni siquiera nació en este hermético país sino en la república hermana del sur, Corea del Norte ha impuesto un estilo enigmático.  Ni siquiera la organización del Mundial supo hasta ayer que cuatro de sus internacionales desaparecieron hace días de la concentración sin dejar rastro. No les sigue nadie. Ni un fotógrafo ni un cronista. Nada de lujos. Su centro de entrenamiento es un búnker estirilizado del consumismo exterior. El misterio forma parte de su decorado.

Pyongyang cree que es la mejor manera de mantener en forma a sus esforzados deportistas. Pero no hay nada nuevo en este estalinismo moral impuesto. No en vano, el suelo coreano es un inmenso cementerio. En su milenaria historia, esta península oriental tan sólo ha gozado 200 años de una cierta armonía política.

El resto del tiempo ha sido colonización extranjera, invasiones atroces como la perpetrada por Japón en 1910 y muchas guerras. La última de ellas, la que escenificaron la URSS y EE UU entre 1950 y 1953 partió el país en dos a través de una arbitraria línea de exclusión, el paralelo 38.

En el norte se estableció la única dinastía comunista del mundo presidida por un hombre, Kim Il Sung, fallecido en 1994, y hoy dirigida con mano de hierro por su hijo Kim Jong Il. Al sur se edificó un sistema obsesivamente consumista bajo la lupa de aumento que Washington instauró desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los únicos motivos comunes a ambos Estados son la enorme corrupción de sus clases dirigentes -especialmente la norcoreana- y la frontera más dura de la Tierra. Panmunjon es el punto fundido en negro entre los dos Coreas donde hoy conviven enfrentados miles de soldados armados hasta las cejas.

Aventurarse más allá de este límite es un privilegio al alcance de unos pocos. Según datos de las propias autoridades norcoreanas, tan sólo 200 de los 22 millones de habitantes de su país son extranjeros. No es de extrañar que Kim Jong Il se jacte, cada vez que puede, de estar dirigiendo el país étnicamente más uniforme e impermeable del mundo. No entran ni las moscas.

Pyongyang se sostiene como un estado policial que colecciona denuncias por vulnerar los derechos humanos y por expulsar sin contemplaciones a todo extranjero que ose realizar la más mínima crítica  hacia la oscura forma de sus dirigentes de aplicar el orden social. Sin embargo, Naciones Unidas mantiene abiertas varias misiones, una de las cuales, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios –OCHA-, concede ayudas de emergencia que son distribuidas a su antojo por el propio gobierno norcoreano.

Pero no todo son espinas en este rosal asiático. Hoy en día, el sin par Kim Jong Il tiene fluidas relaciones diplomáticas y comerciales con una treintena de países entre los que se encuentran España, Reino Unido,  Rusia o China  –su principal aliado-. El negocio más lucrativo, sin duda, fue el consorcio internacional KEDO diseñado en la región de Kumho, un mastodóntico complejo de producción eléctrica con energía nuclear en el que participó EEUU junto a otros 12 países y empresas como Daewoo, Hyunday o la estadounidense ABB. Este acuerdo fue firmado en 1994 por el expresidente  Jimmy Carter.

El objetivo de la planta eléctrica era que, a cambio, los norcoreanos precintaran las instalaciones nucleares de grafito susceptibles de ser utilizadas con fines armamentísticos. Pero Kim Jong Il que además de tirano es muy listo, forzó a occidente a aflojarse los bolsillos en la construcción de otras centrales del tipo ‘agua ligera’, es decir de uso civil, y del suministro anual de 500.000 toneladas de petróleo. El primer reactor de Kumho que debía haber entrado en funcionamiento en enero de 2005 aún no se ha construido y el grifo petrolífero fue cerrado por Washington el 12 de septiembre de 2001.

Esta situación ha derivado en una crisis energética en Corea muy superior a la sufrida en 1993 cuando el mundo tuvo conocimiento de la muerte por hambrunas de 2 millones de personas. Desde entonces, las centrales precintadas por Pyongyang tras el acuerdo KEDO han vuelto a funcionar. El responsable de la Agencia Internacional de Energía Atómica –AIEA-, el egipcio Mohamed El Baredei, archiconocido por su frustrado trabajo en Irak, no se cansa de decir que Corea del Norte vive una crisis energética y alimenticia estremecedora que es inversamente proporcional a su desarrollo nuclear.
 

En 2003, horas antes de iniciarse la invasión de Irak, el entonces presidente de la Fundación para la Paz en la Era Nuclear y hoy Relator de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Richard Falk, se preguntaba con estudiada retórica : “¿Cómo se puede respaldar una guerra contra un país como Irak que cooperaba con los inspectores de armas de la ONU mientras se mira hacia otro lado con Corea del Norte que ha expulsado a todo observador internacional  y decide retirarse del Tratado de No proliferación Nuclear?” . Quizá a los guerreros occidentales de entonces les faltó tiempo y reflejos para darle la única respuesta posible: “Nadie es perfecto”.

Ahora los norcoreanos quieren lucirse en ese único escaparate de igualdad que hay en el mundo: el fútbol. Pero mientras el resto de las selecciones se debaten entre mantener una dieta nutritiva controlada por ordenador o comer a escondidas, su menú es un misterio supervisado por uno de los cocineros personales de Kim Jong Il. Todo un detalle para los sufridos jugadores de la selección. Su Querido Líder siempre ha presumido públicamente de tres cosas: su prominente barriga de tonel, su desbordante conocimiento del cine pornográfico y su elegante peinado. 행운 (pronunciarse “haeng-un” que significa “suerte” en coreano).

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