¿Ganó Juan Manuel Santos las elecciones en Colombia?

A veces resulta desesperante leer la información sobre Colombia que se publica en España. Sin entrar a valorar  los intereses económicos y políticos en el país suramericano, un sociólogo electoral medianamente riguroso se quedaría perplejo al contemplar cómo se escribe sin rubor sobre “una aplastante victoria del conservador Juan Manuel Santos” en los comicios presidenciales colombianos celebrados el pasado domingo.
Es cierto que el ex ministro de Defensa obtuvo el 69% de los votos emitidos y que su rival, Antanas Mockus, no llegó ni al 28%. Visto así, la goleada de Santos fue escandalosa. Pero hay una lectura silenciada de los resultados que no debería pasar inadvertida. Se trata de la altísima abstención registrada y que está siendo permanentemente ignorada en los grandes medios de comunicación españoles. Casi el 59% de los ciudadanos con derecho a voto dieron la espalda a ambos candidatos, al proceso electoral y a la democracia colombiana.

Colocando estos números en la misma coctelera que los nueve millones de papeletas  depositadas con el nombre del ganador Santos y los tres del derrotado Mockus, la “rotunda” victoria del heredero ideológico de Álvaro Uribe se transforma en una comedia bufa provocada por la omisión de una parte sustancial de la realidad.

Santos será el nuevo presidente de Colombia con el respaldo del 22% de los colombianos con derecho a voto. Mockus ni siquiera alcanzó el 9%. Se trata del peor porcentaje logrado por un candidato en las últimas dos décadas. ¿Puede hablarse, entonces, de aplastante victoria de Santos o nos ponemos a analizar  en serio los motivos que tienen los colombianos para no participar en un montaje más de la tradición decimonónica latinoamericana?
“Es la democracia, mijo”, me comentó el lunes una amiga. Efectivamente, son las reglas vigentes que se ha dotado el mejor mundo de los conocidos para gobernarse, la que desnuda de significado a la abstención, ese voto silencioso cuyo ruido debería ser el más fuerte de todos los ruidos en los tiempos actuales de oscuridad global. ¿Por qué la gente no participa? ¿Será por pereza o quizá  es por  indiferencia hacia un sistema que ha dado sobradas muestras de caminar sin rubor hacia una plutarquía plena?
En la Colombia del siglo XXI hay escándalos de toda índole: políticos, económicos, morales. 60 ex parlamentarios uribistas están en la cárcel por asociación con las bandas narcoparamilitares, otros dos por haber vendido sus votos para hacer posible la reelección de Uribe, y varios ministros y altos funcionarios son reclamados por los tribunales por diversos delitos.
En la economía, los resultados son mediocres pese a lo que digan las cifras oficiales: crecimiento inflado que no sólo no reduce la inmensa grieta  abierta entre ricos y pobres sino que la aumenta, desempleo, analfabetismo y un sector agrícola hundido salvo para los que se dedican al cultivo de coca que han aumentado sus ingresos pese a los costosos esfuerzos por erradicar sus plantaciones. Y una violencia feroz que diariamente se cobra sus dividendos sobre todo lejos de los centros urbanos, y, por lo tanto, fuera de los ojos cibernéticos de los medios de comunicación. 
La corrupción no se ha detenido sino que se  ha multiplicado como los panes y los peces. Un ejemplo infame es la red mafiosa tejida por los servicios secretos del expresidente Uribe  para controlar hasta el aire que se respira.
Colombia se enfrenta a su propia realidad. En lo económico -con un futuro ministro formado en EEUU- deberá torcer el brazo de los inversores extranjeros que si bien significan hoy el 28% del PIB siguen practicando ese colonialismo mesiánico de explotar las inmensas riquezas y huir a toda prisa con el botín.
En lo político está el reto de poner puertas a las violaciones de los derechos humanos, a los abusos implacables de los caciques contra quien se rebela, proteger a los desplazados forzados, dar razones a los exiliados para que vuelvan, reconocer públicamente a las víctimas del terrorismo de Estado practicado con total impunidad durante años .
No todo el problema para la reconciliación de este inmenso país son un triunfo electoral pírrico ni tampoco las FARC, que más que acorraladas ya están agotadas por su inanición moral y el descrédito ideológico. Todo comienza por humanizar los objetivos. Sería un gran paso para que Colombia deje de ser gobernada como si fuera una finca ganadera.
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