La ola

La ola es la diosa en territorio surfero y en Mundaka le rinden un culto devoto. Cuando por la boca de la ría de Gernika entran tremendos nubarrones del norte y sopla con fuerza un viento sur racheado, la mar se yergue enloquecida para ofrecer lo más perfecto de sí misma: un tubo líquido perfecto de 3, 4 y 5 metros de altura, rizado, progresivo, imparable y larguísimo. Entonces, el mirador de la Atalaya se llena de gente desojando la margarita del ánimo. ¿Hay güevos de tirarse al agua con un maretón así? ¿Entro o no?.
Las olas milagrosas llegan en tiempo del plenilunio de otoño y lo hacen con la exactitud de una tabla de mareas. La gente se lanza a la atalaya para mirar al horizonte. Aquí leen los mapas meteorológicos mirando al cielo pero no todos ríen igual. Cuando al amanecer, cabalgando por encima de la isla de Ízaro entran jinetes oscuros que ponen el mar del revés, los barcos se quedan amarrados en puerto y los pescadores sin poder faenar. La ola les mantiene varados en tierra, enjaulados en el puerto y así no ganan ni un euro. Por eso la odian. “¿Sabes de qué color es la mierda de la gaviota cuando no come? Blanca. Eso es lo que nos pasa cuando hay olas, que cagamos blanco”, dicen muchos de ellos, carcomidos por el malhumor, la lluvia y la humedad que penetra en los huesos.
Otros sin embargo aman ese túnel dorado y brutal. Mi amigo Unai nació en el pueblo vecino de Bermeo hace 35 años. Era un buen timonel de trainera pero desde que enganchó una ola estratosférica su mundo se volvió acuoso. Lo suyo es el bodyboard y si tiene su día dibuja piruetas vertiginosas que cortan la respiración. Sube, baja, desaparece entre la espuma para resurgir con dominio campero. Unai no encaja con la imagen difundida del surfero. Ni es rubito y ni mucho menos es un hijo de papá. Esa es la leyenda negra que acompaña a los adictos a un juego que en la costa vasca es deporte nacional. El padre de Unai, Victoriano (brazos de acero y manos grandes como remos) hizo mareas de seis meses en los caladeros del Índico entre piratas que no llevan pendiente en la oreja sino armas de calibre largo. Hoy está jubilado y pasea por el pueblo calzado en su vieja txapela y apoyado en una muleta. Es el destello irónico de un pueblo que vive de cara al mar. Unos  desprecian la ola, otros la idolatran. 

Desde que un día alguien descubrió aquel secreto, Mundaka ha entrado y salido de los mapas surfistas del mundo como una suerte de Guadiana marino. Si el hombre araña con excavadoras la desembocadura de la ría para hacer más placentera la entrada de las embarcaciones de recreo, la ola se vuelve loca, fea y se va. Pero cuando los laboriosos humanos del demonio dejan el arenal en barbecho durante dos inviernos del norte, el mar se entrega a un juego borrascoso que es como entrar en una dimensión sideral.
Para los saltimbanquis que desafían este cuadro no hay término medio. Si  el empuje de la ola no te rompe  antes la crisma contra su suelo de cristal líquido, te arrastrará 200 metros en rompiente de un solo viaje. Es como subir al cielo y dejarse caer en barrena. Aquí, como en Sopelana o Bakio, como en todos los sitios donde se practica el surf en Euskadi,  en las noches de marejada hay una alegría de equipo de rugby tras un partido de calvario. Fiesta hasta el amanecer.

El próximo otoño se disputa en Hossegor una prueba del campeonato del mundo y si hay buena mar (es decir, si los humanos laboriosos se quedan amarrados en tierra y dejan el paisaje en paz), los organizadores podrían trasladar las series finales a Mundaka. Será un acontecimiento de primera magnitud. El momento esperado por Unai para volver al mirador de la Atalaya a admirar los tubos salvajes que Kelly Slater, Taj Burrow y Mick Fanning dibujarán sobre el rostro dorado de esa diosa que aquí denominan Barra. La mejor “izquierda” del planeta.

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