La página de sucesos

En la plácida noche de San Juan, una joven de 18 años fue apaleada hasta casi la muerte por un menor en la localidad guipuzcoana de Andoain. La chica está ingresada en la UVI del Hospital Donostia de la capital guipuzcoana. El agresor posee antecedentes penales y tiene una medida cautelar contra él dictada por el Juzgado de Menores de San Sebastián tras verse implicado en una agresión con arma blanca. Desde el día de la brutal paliza, el angelito se encuentra en paredero desconocido. La policía le busca y su madre trasladó ayer a las autoridades el deseo de su hijo por entregarse. Ella misma le acompañará a la primera comisaría que encuentre. 

Hasta aquí los hechos oficiales de un nuevo acto de violencia contra las mujeres, agravado sin duda por el detalle de que la bestia es un menor de edad (lo que añade morbo). Pero algunos diarios ya se han lanzado a publicar que el chaval era un violador y que había zurrado a su propia madre en varias ocasiones. La policía lo ha desmentido. Historias infladas así provocan daños irreparables y desprestigian a una profesión que hoy no anda sobrada de credibilidad. ¿Cuál es el límite?
No pienso hablar de las oscuras perturbaciones psicólógicas que envuelven las agresiones físicas. No merece ni una sola letra. Pero sí me gustaría reflexionar sobre las sombrías morbosidades que atacan a algunos o algunas escribas cuando caen en sus manos casos lúgubres como éste. No entiendo la tenebrosa inclinación que sienten por entrevistar al padre, a la madre o al hermano de una víctima y, menos aún, por llevar a un titular declaraciones del tipo “ahora sólo me gustaría mirar a los ojos al asesino de mi hermana” o “sólo espero que hagan con él lo mismo que él hizo con mi hija”. ¿Qué van a decir?. Una gran película titulada El Ojo público trata sobre esta extraña enfermedad que ataca a los malos redactores. 
Aunque no tenga nada que ver con la violencia premeditada, recuerdo una ocasión en la que el redactor jefe de un periódico me mandó al depósito de cadáveres de un hospital de Bilbao para cubrir la llegada del féretro de un joven estudiante que se había despeñado practicando senderismo. Durante la espera, tuve la ocasión de entablar conversación con una persona cercana al chaval que me contó algunas anécdotas de su vida suficientemente interesantes y bonitas como para escribir algo diferente de aquel luctuoso suceso. 
Por ejemplo, la meticulosidad con la que aquel boy scout, no muy apto para los deportes de riesgo, organizaba las salidas al monte, con su lupa para observar insectos, con su libro de árboles y sus apuntes geológicos. O que era un lector empedernido de Tolkien y que por eso soñaba despierto como lo hacía dormido. Por supuesto que vi a sus padres en la morgue. Lógicamente estaban deshechos. Su único hijo acababa de morir en un estúpido accidente. No me atreví ni siquiera a acercarme a ellos. Los miraba en silencio y pensaba en cómo puede encararse un proceso traumático de aquellas características, en que nunca me toque vivir semejante suerte. Pensé en el vacío que tendrían, un agujero que no lo curaría ni el paso del tiempo. Pensé en la delgada línea que separa a los vivos de los muertos. Pensé mil cosas.
Cuando volví a la redacción, el mismo jefe que me mandó cubrir la noticia me preguntó si les había entrevistado. “No”, contesté. “Por supuesto que no”, añadí. Su enfado se escuchó en todo el edificio. Que si no había hecho bien mi trabajo, que si mi deber era conocer si se había producido una negligencia de los responsables, que si aquello era nuestra historia… ¿Qué era nuestro? ¿La incredulidad de unos padres destrozados? ¿Sus lágrimas inconsolables? ¿Su dolor extremo? ¿La apertura de la página de sucesos? ¿Un anuncio más a pie de página? En fin. Que vi las orejas del lobo y decidí que para ver lobos con colmillos de verdad, lo mejor era irse a la guerra y mandarlo todo a comer morcilla.
El caso de Virginia Acebes -una menor desaparecida, violada y asesinada por otro menor de manera tan brutal que conmocionó Bilbao durante meses- también fue tremebundo. Se abrió una veda salvaje por publicar datos, a menudo contradictorios, que algunos redactores-jefe azuzaron sin pudor. Mejor ni recordarlos.
Hay cientos de casos parecidos. En Barcelona ocurrió lo mismo con los niños del Raval que supuestamente habían sido colocados en alquiler a perturbados sexuales. La lentitud de la investigación y  de la justicia colaboró a que el rumor desbordara a la información. Mala suerte para los lectores y para esos plumillas ansiosos de truculentas historias que consideran su especialidad aunque carezcan del más mínimo estilo literario y una nula sensibilidad humana. 
Leer así las noticias me provocan el mismo efecto que el de una navaja barbera bien afilada por el cuello. Una náusea asfixiante. Por eso suelo agarrar la página con pinzas y pasar a las de deportes. Para evitar lavarme los ojos con lágrimas y mandarles a freír churros.
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