Día 3: Sombras en el Camino

Día 3: Sahagún-Astorga

110 kilómetros
Mucho calor
Pueblos:El Burgo Ranero, Mansilla de las Mulas, León, La Virgen del Camino, Villadangos del Páramo, Hospital de Órbigo
 
La mina huele a manzana podrida. Es el olor del grisú. Cuando los mineros perciben este olor picante sólo les queda una opción si quieren vivir: salir corriendo como el viento del profundo agujero donde trabajan.
En la comarca hullera leonesa ya no huele a carbón. Los pozos se cuentan con los dedos de una mano. Hubo un tiempo en el que esta comarca tenía evocaciones de lucha. De Palacios de Invierno asediados, de voces enrojecidas por la protesta. León olía a carbón y a hierro pero hoy es una sombra de lo que fue. Entonces era una impresionante metrópoli proletaria. Cientos de manos renegridas por la hulla desfilaban con la cabeza bien alta. Esto representaba el futuro. Pero entre empresarios y políticos dilucidaron el terrible dilema de la modernización. Cerraron muchos pozos y cientos de obreros se vieron empantanados entre dos opciones: la prejubilación o esperar pacientemente a que la tos seca de la silicosis les reventara los pulmones.

En plena solana, a más de 35 grados sobre un asfalto reblandecido, Alejandro exhibe su bonita Cannondale de carretera. Pasa como un obus, envuelto en el traje naranja del Euskaltel.
-“Pero si pareces Samuel Sánchez, ¿eres asturiano?
-“No, soy minero”
Así, sin nacionalidad, sin origen. “Sólo minero”. Todos respiran igual de mal. Alejandro no está haciendo el Camino de Santiago. Más bien lo desharía. No entiende la fiebre santiaguera. Él es un comunista de manual y eso de las peregrinaciones le hacen gracia. “¿Cómo se puede ir a pedir a un santo si no crees en Dios?”, se pregunta mientras aminora su marcha ante la penuria física que observa en quien escribe.
-“Es una aventura. Muchos no van a pedir nada, ni a cumplir una promesa. Hacen esta locura en lugar de irse cómodamente en un crucero”.
Alejandro trabajó en las minas de la empresa Vasco-Leonesa. Vivió 30 de sus 57 años entre polvo de azufre, carbón y un calor volcánico. Cuando un empresario avispado se hizo con los vestigios de estas minas en estado ruinoso, su primera decisión fue despedir, prejubilar y paga a los trabajadores. “Me mandó a casa con 50 años. Dijo que ya no servía para bajar al agujero”, explica. El pozo de San Isidro se convirtió en un Robocop hullero. Toda veta, toda excavación, controlada por ordenador. El flujo del aire, la calidad del oxígeno, la humedad, la temperatura. El fallo humano fue eliminado de golpe. O mejor dicho, eliminaron de golpe a casi todos los humanos.
“Eramos muy guerreros, mucho más que los asturianos”, recuerda. A pedradas con la policía, a picotazos con el patrón pero al final les doblaron la cerviz. “Nos engañaron todos: políticos, sindicatos, empresarios. Pactaron nuestra salida”, añade. Cientos de trabajadores a la puta calle, unos en tratamiento de cáncer de pulmón, otros con las uñas rotas de escarbar la tierra. Todos con el rostro negro de carbón. Alejandro tuvo suerte con la silicosis del demonio aunque todos los años se somete a un exhaustivo control de sus pulmones. “El médico me recetó deporte aeróbico, correr, pero yo prefiero hacerme 50 kilómetros de bici todos los días”, afirma.
Sale de su casa en línea recta hacia el Este, por la N-120, recorre con Cannondale y su camiseta naranja 25 kilómetros exactos y da media vuelta. Advierte que le faltan cinco para llegar a su meta. “¿Que por qué me hice minero? Porque la opción que me quedaba era ver pasar a los burros, la desesperanza y la emigración”, explica. Las sombras de la comarca camino a Santiago .Él optó por romper una tradición familiar y sumergirse en las tripas de la Tierra, a 200 y 300 metros de profundidad. Entraba blanco y salía negro.
Algo le quedó de aquello: el olfato, que lo mantiene en forma. Es el recuerdo del miedo al grisú. De afinar los sentidos. “Bajábamos con la vela encendida pero todos confiábamos más en nuestra nariz. El olor inodoro -curiosa descripción- del grisú. El aroma del adiós muy buenas.
El minero tiene el pelo blanco y se niega a abandonar a la gente a su maldita suerte. LO hizo con dos compañeros, ya fallecidos antes cumplir los 55 años. Ahora, lo hace en la carretera, dando pedales. “No insistas. Me lo estoy pasando bien. Estoy como el abuelo cebolleta que contaba historias sin parar. Hacía tiempo que no recordaba la mina y mira por donde, lo hago en la bici”, afirma entre risas que uno tampoco puede seguir.
Alejandro guarda un secreto. Jamás ha viajado. No conoce Galicia, ni Asturias, ni Madrid, ni siquiera ha tenido curiosidad por seguir la senda de aquel tren que él  cargaba en León para saciar el apetito voraz de los Altos Hornos de Bilbao, el tren de La Robla, que aún existe. “Es demasiado lento y aburrido” . Los Grandes Hornos que calentaron España durante la época ominosa del franquismo. “Yo era comunista, como mis compañeros del pozo y no lo escondíamos. La cuenca minera leonesa tiene historia y nadie nos tosía, en todo caso les tosíamos nosotros ¡pero medio pulmón agujereado!, comenta entre risas.
La marcha con Alejandro hace olvidar el hastío de la planicie, la monotonía del paisaje, el rugido de dragón de los camiones que se deslizan por estas rectas interminables. Pero al final, justo antes de doblar la esquina y comenzar el camino de regreso a su casa, el espeleólogo leonés lanza la última pregunta: “Y tú, ¿por qué haces el Camino de Santiago? No me lo has dicho”. La historia de la vida de un proletario resumida en 25 kilómetros. Como un periódico hace en 54 páginas con las noticias de todo un mundo.
Hasta la vista, minero.
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2 pensamientos en “Día 3: Sombras en el Camino

  1. Me sumo a los ánimos. Admiro tu viaje y tu mirada.
    Estos encuentros sobre el asfalto me recuerdan a las caminatas brasileñas de Donde Miras…
    Supongo que por momentos te vencerá el cansancio, pero vas a llevarte de esas miradas un equipaje que te acompañará siempre. Y a nosotros, que desde aquí te leemos, también.
    Nos vemos muy pronto en Madrid.

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