Día 5: El hombre animado

Día 5: Villafranca del Bierzo-Lugo
96 kilómetros
Calorcillo, nubes, algo de lluvia
Pueblos: Trabadelo, Alto de O Cebreiro-Piedrafita, As Nagais, Becerreá, O Corgo

Hermann Hesse hubiera encontrado inspiración en As Nagais, un pueblito lucense con un núcleo urbano compacto pero con decenas de casitas escondidas por los bosques, para escribir una segunda parte de su Lobo estepario en versión gallega. El protagonista se llama Euloxio, tiene 57 años y odia la civilización. Así, como suena. Vive de lo cultiva, come en vasijas que él mismo fabrica, cocina con leña que recolecta y se lava con agua de lluvia que almacena en dos grandes contenedores. No percibe un euro ni de la empresa maderera en la que trabajó 15 años ni tampoco del Estado. Renunció a todo “por no aguantar a los facinerosos que manejan el cotarro”
Su casa está escondida en uno de los santuarios vegetales más sobrecogedores de Galicia, junto a un cristalino riachuelo, gigantescos helechos y árboles de 15 metros de altura que entrelazan sus ramas en la lucha denodada por ver la luz. El calor y el paisaje han provocado un efecto hipnótico en quien escribe. Bajo a bañarme convencido de hacerlo en la más absoluta soledad. Pero, a veces se activa el sexto sentido, ese que te dice que pese a la calma y al silencio, alguien te está observando.
En pleno chapuzón veo a un hombre en la orilla, junto a mi ropa. Como una aparición en el bosque de la Bruja de Blair.
-“Coñoooo. Buenos días. ¿No hago nada ilegal, verdad?
-“No, no, siga. Está fresca, ¿verdad?”
Tengo que reconocer que en ese instante mi memoria rescató del baúl de los recuerdos todo el repertoria de películas de terror que se han proyectado: Desde La Matanza de Texas hasta Los chicos del maiz. Pero Euloxio no es un asesino, sólo un tipo malhumorado y algo brusco pero amable.
Me invitó a conocer su casa, un caserío de dos pisos que él mismo construyó sobre la tierra heredada de sus padres. La mitad de la fachada principal está decorada con cristales de colores. De nuevo la cabeza regresa al cine, a la infancia: La casa  de la bruja de Hansel y Gretel. 
 
-“Perdone, si le asustado, señor. No suele venir nadie aquí y he sentido curiosidad.
Sólo tiene agua, y leche, de sus dos vacas que ordeña, Felisa y Tina. “Mire, a mi no me gusta mucho hablar. Hace tiempo que dejé de hacerlo a no ser lo imprescindible. Porque si hablas más de la cuenta, amigo, esté seguro de que lo malintepretarán”, añade. Euloxio aglutina las dos características que la mitología nacional atribuye a los gallegos: sólo saben quejarse y tocar la gaita.
Los porqués de su negación social y de vivir tan apartado del pueblo, en medio un bosque que parece animado sin luz eléctrica ni agua corriente, se los pasa por la suela del zapato. Simplemente contesta otra cosa. Muy a la gallega. Pero Euloxio no se detiene, es hiperactivo. Recoge un tendal, limpia la huerta de hierbajos, observa los tomates, toquetea los pimientos, va a por agua. No se sienta ni un segundo. Es como un lobo husmeando el rastro de su próxima pieza. Al final, se interrumpe. “Venga, quiero enseñarle algo”, dice.
Damos la vuelta a su casa y descubre su jardín, algo primoroso, uno de los más peculiares que he visto jamás. No tiene sillas sino troncos, y se ha construido unas sombrillas con forma de alas de mariposa revestida de cristales que cuando el viento las hace girar iluminan el entorno hasta agotar el espectro. Como un ciclorama en una discoteca.
-“Lo siento pero no saque fotos. No quiero. Se lo enseño y usted lo guarda en la memoria porque nunca volverá por aquí. Si quiere contarlo, hágalo, me da igual”
Me quedo perplejo y le digo que no pensaba fotografiar nada, que si tenía la cámara en la mano era por descuido. Euloxio tiene prisa. Ya no le quedan palabras. Ni ganas de tener compañía. “Mi vida es mi vida, yo no cuento mi pasado”, concluye. Y como apareció, se desvaneció. Como harían los lobos en un bosque animado como éste. Euloxio, grande y gordo como un globo de feria, camisa de cuadros pese al calor estival, manos ásperas que saben hablar a la tierra, ¿no te despides? Nada. Se ha ido del corazón a sus asuntos. Sin preguntar de dónde vengo. Tipos raros los gallegos.
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