Día 6: Las vacas duermen tumbadas

Día 5: Lugo -Arzúa
86 kilómetros
Nublado
Pueblos: Sarria, Peruscallo, Portomarín, Palas del Rei, Casanova, Melide

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Las vacas duermen tumbadas. Y tienen camas, recibidor y servicio. Los caballos, no. Las vacas gallegas son unas privilegiadas. Nada tienen que envidiar a los elefantes en la India o a los monos en Tailandia. Se pasan el día pastando a su aire con cara de no ir la cosa con ellas, y cuando el sol declina, entran en el establo, les exprimen sus monumentales tetas con una aspiradora y a dormir. Son las reinas del mambo en la tierra de Fisterra, en el fin del mundo. Los caballos son los apestados.

Pilar y Luis viven en el pequeño concello de Arzúa, a 50 kilómetros de Santiago de Compostela. Entre los dos se reparten la tarea diaria de cuidar a 40 vacas. La familia. Huele a estiércol. Cuando el sol comienza a retirarse del cielo comienza la dura tarea de aligerarlas, de vaciarles esos contenedores de leche que albergan sus enormes ubres. Hasta 50 litros al día puede llegar a dar un buen ejemplar y si supera esa cifra sus dueños la convierten en una mina.

“Antes se ganaba más dinero. Hoy lo justo para vivir. Demasiado trabajo, poco resultados. Este mundo está en decadencia”, asegura Luis, 48 años y con media familia repartida entre Alemania, Argentina, Euskadi y Suiza. En Galicia sólo queda él. La historia escrita.

Se levanta a las 5 de la mañana, todos los días del año “porque las vacas no tienen descansos ni vacaciones, ¿eh?”, añade. Las saca al pasto y, con Pilar, prepara los tanques de leche a tres grados para la cooperativa láctea a la que abastecen. Una multinacional del sector.

La vaca. La ingenua vaca. El animal más femenino de la tierra. Una máquina de amamantar seres. “Come calcio. Si no lo haría, se rompería en dos”, afirma Pilar.

La vida de esta bestia se contabiliza en partos. “Tres y al matadero”, añade Luis. Cada gestación dura nueve meses y durante este tiempo vive como la reina de Saba. Los mejores pastos y los más exquisitos piensos son para la embarazada. Las demás a verlas venir entre estiércol y olores que revientan los sentidos.

Una vaca no para de comer. Su organismo ha evolucionado para extraer el máximo calcio posible de cada hierba que come. Es el combustible que abastece a su grifo mamario. En el establo tienen ración extra de pienso transgénico, rico en minerales. Si a una vaca la privaran de comer lo necesario para nutrir su surtidor lácteo, su organismo comenzaría a arrebatar su combustible mamario de los huesos, de los tendones, del cerebro. Moriría famélica, con el esqueleto quebrado, pero con las tetas igual de grandes y productivas.

En eso hemos convertido a las ingenuas vacas. En manantiales de leche, en fuentes de minerales. Ellas miran sin rencor, con sus orejas marcadas, cada una con su nombre y fecha de nacimiento. Amamantan al humano para terminar en el matadero. Allá ellas.

El crepúsculo adquiere en Arzúa un carácter indómito. Es la tierra de las vacas, donde el aire no se respira igual porque no huele a cerrado. El ganado sigue a los suyo, rumiando el tiempo bajo la brisa de estiércol. Como si no entendieran su misión en este mundo. Y Luis y Pilar, siguen a lo suyo. Desde las 5.30 de la mañana hasta que la luna reina. Entonces, los pastos son territorio de las alimañas. Y las vacas no ven en la oscuridad como los gatos.

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