Día 8: El santo veronés

Dia 7: Santiago – Santiago
0 kilómetros
Sol y calor
Pueblos: Santiago

Sábado 24 de julio. Mañana soleada en Compostela. Hoteles llenos, calles saturadas, plazas en ebullición, atasco general. Tras seis días de trayecto en bicicleta, esta es la primera jornada que un sillín no me tortura el culo.

Estrella habla a media voz, aparentemente inaudible para evitar contratiempos supuestamente con la polícia. Alquila habitaciones de forma ilegal. A 30 euros la noche. Tiene 65 años y un cerrado acento gallego complicado por su orfandad dental. Cojea de la pierna derecha y tiene una piel despigmentada a ronchones, como la de un dálmata.

-¿Y sabe usted quién era Santiago, el apostol?
-Un tipo muy raro
-¿Se cree la historia de que está enterrado en algún lugar de Compostela?
– Pues mire usted, que quiere que le diga… no
Rosalía es su hija menor. Dirige esta empresa eventual. Es fría como un contable aunque la apariencia invita a pensar todo lo contrario. Viste lo justo. Chancletas, un pantalón mínimo y una camiseta blanca que deja asomar unos pechos como misiles intercontinentales.
-¿De dónde viene?
-De Madrid
-Dos noches, 60 euros. Pague por adelantado. Estas son las llaves. Son tres. Su habitación es la C. Puede dejar su bicicleta en el balcón.
Corro al habitáculo y me encierro. Ducha compartida. Ahora está ocupada. La sorpresa llega al ver salir a su usuario. Es Mario, un italiano de Verona, que aunque parezca lo contrario ha venido a Compostela por motivos paganos. Es una estatua andante. Su personaje es el apóstol Santiago y de esta guisa sale del baño.
-Pero bueno, y ¿usted?
-Llegué el viernes
-Buena ropa de viaje
-No se crea. tardé tres días más de lo normal porque la gente quería sacerse fotos conmigo. A mi no me importa. Se ríen y a mi me divierte
Mario se sube a una peana a la entrada de la Plaza del Obradoiro y con cada persona que le echa una moneda se saca una foto. Posa como un actor de método. Un Charlton Heston en Moisés pero en versión bufa. La barba rala le envilece la compostura. A los niños les da miedo. Creen que es el Lucifer que esta noche lanzará llamas del infierno contra la fachada principal de la Catedral.
A Mario le gusta Rosalía. Eso creo. Lo deja entrever en las conversaciones tras su jornada de trabajo, aún con todo ese ropaje a cuestas que haría sudar a un muerto. Beber tranquilamente una cerveza con Mario es algo complicado. Todos le ríen, le llaman y hasta le jalean. Entramos en una pulpería. Él vestido de apóstol. Hay un alemán disfrazado de bávaro devorando a unas francesas con la mirada. Canta su borrachera en voz alta. Este Santiago se la trae al pairo.
-¿Por qué te vistes así?
-Por ella
-¿Por quién?
-Por Rosalía. Fue mi mujer.
-¿La de la pensión?
-Sí. Nos conocimos hace 20 años aquí, en Compostela, y nos casamos.
-Y…
-Un año vine de Verona y ya estaba con otro, pero yo ahí sigo y ella me cede la alcoba gratis.
Mario, ojos de niño, el veronés, el hijo adoptivo de Romeo y de Julieta, sigue trayéndole a Rosalía cielos púrpuras para que sepa que él heredó la pasión de su tierra.
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