Wikileaks y el mañana

Hay que ver el horror para concebir su verdadero estruendo porque el cinismo no parece tener límites. Mientras la secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton clama al cielo por las revelaciones de Wikileaks sobre matanzas y violaciones de los derechos humanos perpetradas por sus soldados en Irak, influyentes medios de comunicación se encargan de flagelar la imagen de Julian Assange, fundador y editor del sitio web más famoso del mundo.

Para quienes estuvimos en Irak, estas revelaciones no son ninguna sorpresa. Muchos testimonios que recabábamos en 2003 hacían referencia a la impunidad con la que actuaban los militares estadounidenses en muchas zonas del país. Ahora comienzan a aparecer pruebas escalofriantes que si no son juzgadas servirán para hundir a esta sacrosanta democracia en el fango de la hipocresía que la sostiene.
Recuerdo a Khadair Abbas, un periodista del clausurado diario Al Jamburia, fustigando el nombre de José María Aznar por haber arrastrado a los españoles a aquella carnicería de forma tan embustera. Recupero dos de las preguntas que me hizo y que publiqué en el diario Deia: “¿Qué puedo pensar de una liberación que anuncia democracia y prosperidad, y lo que nos ha traido es miseria y desconfianza? ¿Qué pensar de las poblaciones sitiadas y bombardeadas periódicamente, de los civiles asesinados tras juicios sumarísimos, de aquellos que fueron obligandos a huir de forma desesperada con métodos bárbaros y no de la civilización que dicen representar?”
Khadair Abbas vivía como un mendigo dickensiano en Al Yarmouk, un barrio rebelde de Bagdad. Casi desnudo y con una boca desdentada que se hundía como un pozo oscuro entre sus mejillas, tenía el cuerpo encorvado y flaco hasta los huesos, casi descarnado. Sin embargo, su nivel cultural era sobresaliente. Había leído a  Cervantes y Bukovski, y conocía con todo lujo de detalles las relaciones fraudulentas entre el vicepresidente estadounidense Richard Cheney y la firma Halliburton, el codicioso lobby empresarial que alimentó la guerra y la mentira.  Abbas me contó que dos noches antes de conocernos, un comando de marines sacó a cinco supuestos muyaidines de sus casas para ejecutarlos en el parque que había frente a su desvencijada vivienda. Decía que él mismo ayudó a enterrar los cuerpos. Sin embargo, aquel día sólo me mostraba cinco tumbas vacías. “Robaron los cadáveres para no dejar pruebas”, juraba. Quien sabe si entre los papeles que maneja Wikileaks se encuentre este caso. Aquello era un caos tan descomunal como hoy Afganistán es un fabuloso desastre.

Pero, ¿y qué ocurría con los cientos de personas que cada día eran detenidas? Para los corresponsales que cubrimos la posguerra de Irak siempre será una cuestión pendiente.

El Centro de Información de Prensa de la Coalición (CPIC) se encargaba de mantenernos lejos de la actualidad. Todas las tardes hacían un inventario de los incidentes armados ocurridos en diferentes puntos del país y los depositaba amablemente en nuestros buzones electrónicos. Tantos ataques rebeldes, tantos detenidos, tantas víctimas. Era un goteo tan abrumador de enfrentamientos y muertos que a la mayoría de la prensa no le quedaba aliento ni para contrastar lo que había ocurrido. Pero las sombras sobre la suerte de los detenidos nunca se disipó del todo. Se sabía que en Irak existía un archipiélago de prisiones construidas por Sadam Hussein que los estadounidenses no habían desmantelado: Erbil, Basora, Kirkuk y Abu Ghraib, en Bagdad, cuyo acceso estaba restringido en un perímetro de varias decenas de metros.

Una prueba. En diciembre de 2003 corrió el rumor de que el único hospital psiquiátrico de Bagdad había sufrido un brutal saqueo por parte de grupos de ladrones. En el centro Al Rashaad, un abandonado lugar al sur de la capital, convivían esquizofrénicos con neuróticos, disminuidos con perturbados mentales y asesinos. No había sillas, ni camas ni tampoco electricidad. Las ventanas estaban selladas con barrotes de acero. Algunos enfermos, perdidos en un delirio atroz, voceaban ásperos sonidos tras unos cristales rotos. Todas las mujeres, alrededor de 700, habían sido violadas por los asaltantes durante los dos días que duró el asedio. Aquello era un inmenso basurero concentrado de dolor humano. Un cuadro esperpéntico y lamentable situado a un kilómetro de un inmenso cuartel estadounidense.

Allí escuché por primera vez el nombre de la vergüenza escondida: “Abu Ghraib”. Haifa Salman, la única psiquiatra que no desertó de aquel horror, fue la autora de la cita.  “No sé si usted conoce ese lugar. Es una prisión que construyó Saddam para torturar a los disidentes. Algunos de los violadores del centro proceden de allí. Les dejaron libres al poco de consumarse la ocupación”, apuntó. La cárcel prácticamente no había sufrido alteraciones. Continuó funcionando como una Colonia penitenciaria, el relato de Kafka en el que los reos eran condenados a que la sentencia les fuera escrita con una aguja en la espalda. La letra con sangre entra y con la tinta, la muerte.

La difusión de las fotografías prohibidas en el semanario New Yorker y en la CBS desató una furiosa tormenta política y una gigantesca ola de indignación. Pero no detuvo la sangría. Ni siquiera las revelaciones del periodista Seymour Hersh asegurando que las violaciones de los derechos humanos eran sistemáticas en los campamentos de prisioneros estadounidenses y que su reportaje sobre Abu Ghraib sólo era “la punta de un gigantesco iceberg” sirvió para fiscalizar comportamientos y depurar responsabilidades más arriba de soldados sin cabeza.

Bajo la lupa desenfocada que nos proporcionan para entender este estado del mundo -la que nos regala  la prensa- se nos cuela la comadreja de la impunidad, la depredación económica y el desarrollo de unas ganancias incalculables para la industria armamentística que tanto contribuye a mantener nuestro PIB en unos límites tolerables. Pero en esta ocasión, las filtraciones a Wikileaks pueden haber empezado a girar la rueda de la justicia ante el jurado de la Historia.

Con estas pruebas comienza a intuirse la verdadera dimensión de tanta guerra infinita, de tanta cruzada artificial. De ahí que los patronos del desbarajuste sólo acierten ahora a pronunciar palabras como ‘poner en peligro a los soldados del frente’. No tienen otra escapatoria.

La canadiense Naomi Klein observa en todos estos disparates una estudiada intención de alimentar el caos y la inseguridad para bloquear la dinámica de la negociación, la estructuración de un discurso político alternativo y la emergencia de interlocutores y liderazgos políticos estables. Al hilo de esta reflexión, el escritor británico John Berger dice con demasiada frecuencia que vivimos un mundo incierto, demasiado oscuro y excesivamente turbador como para predecir con esperanza el futuro cercano. ¿Qué ocurrirá mañana?

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