ETA, Chávez, el Papa y los amos del mundo

Quizá por el azar de haber nacido en Euskadi o por disfrutar de una profesión hoy tan devaluada como el periodismo, decidí en su día indagar en los raíces del terrorismo que se practica en mi tierra sin que ello me haya impedido contemplar con absoluta indignación lo que sucede en otros lugares del planeta.

A la hora de escribir sobre el laberinto de fantasmas en los que vivimos encerrados, siempre he pensado que la mejor forma de encarar el embrollo era mantenerse esterilizado frente dogmas, estereotipos o simpatías que pudieran restar efectividad al objetivo de comprender nuestra contradicción existencial, las razones que (nos) empujan a unos y otros a patrimonializar sobre el dolor, la verdad, la pertenencia, el poder y, como es el caso de este post, los hilos que mueven un mundo (el nuestro) con un nivel de vida alto y una autonomía sobresaliente.

Para lograrlo (ya desistí de ello) se requiere un compromiso inquebrantable con la honestidad porque el camino está salpicado de escollos perturbadores que parecen diseñados en el laboratorio del Dr. Mabusse. La experiencia puede llegar a ser frustrante. Con esto quiero decir que escribir sin prejuicios maniqueos sobre ETA, sobre Hugo Chávez o sobre el Papa, puede convertirse en una prueba decisiva para ser expulsado del paraíso. Precisamente por ello me pregunto tantas veces cuánto debo explicarme para no tener que dedicar un folio a tratar de justificarme. Pero el esfuerzo resulta tan incongruente como intentar saltar sobre tu propia sombra o jugar al ajedrez contra uno mismo.  

1.- ENEMIGOS. El odioso terrorismo que ha practicado ETA nos ha otorgado a miles de ciudadanos un gigantesco capital político y moral para reclamarles cuentas. A la vista está que los asesinatos que han cometido desde hace más de cuatro décadas han servido para acumular una ira que las instituciones democráticas están condenadas a enfriarlas porque si dejáramos que se desaten, dos de nuestras principales conquistas, la palabra y la justicia, pueden verse seriamente (o aún más) afectadas. Ya ha ocurrido en otros lugares. Muchos pensamos que contra ETA hay que tomar partido. No caben las medias tintas: ella o nosotros. Pero este axioma que nos une, también nos divide. Cuando hemos tratado de encarar la realidad compleja de su solución, surge una revelación visceral como ahora sucede con la abrupta gresca desatada por el ‘caso Cubillas’.

Presionar para forzar un cambio de relaciones con el Gobierno venezolano urdiendo un argumentario destinado a hundir aún más en el fango del descrédito a un político controvertido como Hugo Chávez -pero no por ello más espantoso que Álvaro Uribe o Felipe Calderón- es el origen de durísimas trifulcas dialécticas. De la misma manera, la reunión mantenida entre el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, y la abogada abertzale, Jone Goirizelaia, ha sido la preciosa gasolina que se necesitaba para avivar el fuego de los infiernos. Incluso con el aplauso sincrónico de personajes como José Blanco y el verbo incendiario del inefable Antonio Basagoiti. 

2.- PATRIMONIO DE LA VERDAD. Bajo el paraguas de la evidencia moral de que a la maldad, cualquiera que sea su naturaleza, sólo se le combate con la fuerza y leyes de emergencia como las que permiten privar de ciertos derechos civiles a quienes apoyan o justifican la brutal expresión de la violencia política (como en Euskadi), han ido apareciendo argumentos preciosos para empezar a laminar cualquier atisbo de disidencia.

No es mi intención lavarle la cara a nadie, especialmente a un Gobierno que no anda sobrado de talento ni de audacia. Pero sí me parece sangrante lo que este ruido ensordecedor genera en amplios sectores sociales. En el caso particular de las víctimas del terrorismo etarra, no es más víctima Irene Villa que Eduardo Madina por la capacidad de racionalización de su dolor, como tampoco era más honesto Álvaro Uribe que Hugo Chávez por el volumen de su grito. Desde luego, no me imagino a los supervivientes del Holocausto nazi discutiendo entre ellos por quien está más legitimado para hacer valer su testimonio por encima del de otras víctimas. Un juego fácilmente manipulable y perverso.

3.- SIMPLIFICAR LA REALIDAD. La bronca cansa a la gente y termina haciéndola insensible. Se aplauden rítmicamente calificativos infrahumanos para referirse a determinadas personas y se pide catalogar como actos de justicia lo que sospechosamente empiezan a parecer operaciones de venganza. Y eso no refuerza la legalidad sino que la erosiona. La elevación de importantes problemas (crisis económica, paro, inmigración, pobreza, radicalismos religiosos) a la categoría de peligros desestabilizadores es simplificar una realidad compleja y menospreciar la esencia de la democracia.

4.- LA PRENSA. La beligerancia, de la que la clase política es la principal responsable, ya ha provocado víctimas colaterales. Una de ellas es la prensa, la primera en dar el paso al frente en la cruzada  del “cambiemos todo para no cambiar nada” obviando que con ello se desertaba de su histórica función de contrapoder y de bastión intelectual. Si algún capítulo de nuestra biografía reciente sirviera para interiorizar los efectos devastadores de la verdad, la prensa vería hoy que toda manipulación es absurda.

De ahí que cuando los adalides de mantener tensas las bridas de la ética imperante se empeñan en repetir que se está cediendo al chantaje terrorista, o que Venezuela es socio del Eje del Mal, o que las advertencias del Papa (obviando sus perversiones) sobre la laicidad conlleva peligros colosales, uno ya no sabe a que carta quedarse: si con la de la ceguera calculada o con la de la confianza en unos dirigentes que ven en estos dislates una oportunidad histórica para que comulguemos con ruedas de molino. ¿Cuánto cinismo se oculta en quien plantea que o las cosas se hacen como yo quiero o no se juega?

5.- EPÍLOGO. Presiento que lo que ahora se solventa no es el futuro de la humanidad, ni la libertad individual, ni siquiera el rumbo de una economía maltrecha. Lo que se dirime en esta encrucijada es quien debe mandar ahora que los cimientos se tambalean. Y en ese escenario todos tienen su parte de culpa aunque algunos pensaremos que unos tengan más que otros. La retórica aterradora que llevan vendiéndonos como inevitable si nos salimos del carril marcado no se asienta en el vacío sino en una ansiedad que ha empezado a manifestarse entre yugos y flechas. Un pesado péndulo ha comenzado a mover la cordura hacia la periferia de nuestro particular mundo.

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