Corea: ¿Habrá llegado la hora de despertar a los muertos? (actualizado)

El ataque norcoreano a una minúscula isla surcoreana del Mar Amarillo debería ser la prueba definitiva que necesitaban los más duros de Washington para aplastar sin contemplaciones a Pyongyang, un régimen estalinista agresivo y guerrero. El incendio político desatado podría resultar descomunal. EEUU viene advirtiendo a Corea del Norte de que no consentirá sus excesos armados y que de producirse alguno, el país entero quedaría condenado a su aniquilación. El problema es que el enemigo también muerde. No es Irak, ni tampoco Afganistán. Hace tiempo que los norcoreanos mostraron al mundo su poder nuclear. Y también el convencional.

En mayo de 2000, una fragata japonesa con una veintena de soldados de élite traspasó sus límites territoriales y penetró en aguas norcoreanas. Dos días después el barco nipón apareció a la deriva con la tripulación degollada y despedazada en un ritual salvaje. 

Los autores de la masacre fueron las tropas de élite de Pyongyang, un número indeterminado de alucinados que el régimen ha convertido en máquinas de picar carne. Entrenados en las más extremas condiciones, se dice (sólo hay pruebas testimoniales de algunos ingenuos surcoreanos supervivientes de su destreza asesina) que la última prueba de su aptitud consiste en traspasar la frontera armados únicamente con sus manos y regresar con las cabezas cortadas de militares del sur. Quien más haya recolectado, mayor reconocimiento tendrá.


Corea es el resultado de un historia contemporánea atroz. Desde 1910, cuando sufrió la ocupación militar de Japón, la peninsula coreana ha sido un campo de disputa y tensión constante. El más grave, sin duda, la que escenificaron la URSS y EE UU entre 1950 y 1953, y que partió el territorio en dos a través de una línea arbitraria de exclusión, el paralelo 38.

En el norte se estableció la única dinastía comunista del mundo presidida por un hombre, Kim Il Sung, fallecido en 1994, y hoy dirigida con mano de hierro por su hijo Kim Jong Il. Al sur se edificó un sistema obsesivamente consumista bajo la lupa que Washington instauró desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los únicos motivos comunes a ambos Estados son la enorme corrupción de sus clases dirigentes -especialmente la norcoreana- y la frontera más impermeable de la Tierra. Panmunjon es el punto fundido en negro entre los dos Coreas donde hoy conviven enfrentados miles de soldados armados hasta las cejas.
Aventurarse más allá de este límite es un privilegio al alcance de unos pocos. Según datos de las propias autoridades norcoreanas, tan sólo 200 ciudadanos de los 22 millones de habitantes de su país son extranjeros. No es de extrañar que Kim Jong Il se jacte, cada vez que puede, de estar dirigiendo el país étnicamente más uniforme e impermeable del mundo. Allí no entran ni las moscas.
Pyongyang se sostiene como un estado policial que colecciona denuncias por vulnerar los derechos humanos y por expulsar sin contemplaciones a todo extranjero que ose realizar la más mínima crítica  hacia la oscura forma de sus dirigentes de aplicar el orden social. Sin embargo, Naciones Unidas mantiene abiertas varias misiones, una de las cuales, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios –OCHA-, concede ayudas de emergencia que son distribuidas a su antojo por el propio gobierno norcoreano.
Pero no todo son espinas en este rosal asiático. Hoy en día, el sin par Kim Jong Il tiene fluidas relaciones diplomáticas y comerciales con una treintena de países entre los que se encuentran España, Reino Unido,  Rusia o China  –su principal aliado-. El negocio más lucrativo, sin duda, fue el consorcio internacional KEDO diseñado en la región de Kumho, un mastodóntico complejo de producción eléctrica con energía nuclear en el que participó EEUU junto a otros 12 países y empresas como Daewoo, Hyunday o la estadounidense ABB. Este acuerdo fue firmado en 1994 por el expresidente  Jimmy Carter.
El objetivo de la planta eléctrica era que, a cambio, los norcoreanos precintaran las instalaciones nucleares de grafito susceptibles de ser utilizadas con fines armamentísticos. Pero Kim Jong Il que además de tirano es muy listo, forzó a occidente a aflojarse los bolsillos en la construcción de otras centrales del tipo ‘agua ligera’, es decir de uso civil, y del suministro anual de 500.000 toneladas de petróleo. El primer reactor de Kumho que debía haber entrado en funcionamiento en enero de 2005 aún no se ha construido y el grifo petrolífero fue cerrado por Washington el 12 de septiembre de 2001.
Esta situación ha derivado en una crisis energética en Corea muy superior a la sufrida en 1993 cuando el mundo tuvo conocimiento de la muerte por hambrunas de 2 millones de personas. Desde entonces, las centrales precintadas por Pyongyang tras el acuerdo KEDO han vuelto a funcionar. El responsable de la Agencia Internacional de Energía Atómica –AIEA-, el egipcio Mohamed El Baredei, archiconocido por su frustrado trabajo en Irak, no se cansa de decir que Corea del Norte vive una crisis energética y alimenticia estremecedora, inversamente proporcional a su poderío nuclear.
En 2003, horas antes de iniciarse la invasión de Irak, el entonces presidente de la Fundación para la Paz en la Era Nuclear, Richard Falk, se preguntaba con estudiada retórica: “¿Cómo se puede respaldar una guerra contra un país como Irak que cooperaba con los inspectores de armas de la ONU mientras se mira hacia otro lado con Corea del Norte que ha expulsado a todo observador internacional  y decide retirarse del Tratado de No proliferación Nuclear?” . Quizá a los guerreros occidentales de entonces les faltó tiempo y reflejos para darle una respuesta: “Nadie es perfecto”.
A pesar de la tensión internacional generada, del miedo mundial al holocausto nuclear y de las penurias de su propio pueblo, el enfermo y repulsivo Querido Líder norcoreano, Kim Jong Il, sigue presumiendo públicamente de las tres únicas cosas que le han movido en esta vida: su prominente barriga de tonel, su desbordante conocimiento del cine pornográfico y su repelente peinado. 행운 (pronunciarse “haeng-un” que significa “suerte” en coreano).
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