Shalom, Salam

Un palestino de 21 años fue abatido ayer por soldados israelíes en un control militar en el paso de Bekaot-Hamra, al norte de Cisjordania. El sábado, una palestina murió en un hospital de Ramala a causa de la inhalación de los gases lacrimógenos disparados por militares israelíes durante una manifestación en contra de la ocupación del territorio. Dos cruces más que añadir al mayor relato de la infamia contemporánea.
La historia de Israel y Palestina es un interminable episodio plagado de humillaciones, fracasos y agonías. Incluso el mapa actual de Oriente Medio parece diseñado por un sádico. Las aldeas parecen diminutos hormigueros con las salidas bloqueadas. Una forma lenta y dolorosa de liquidar a sus residentes. Si el poderoso verdugo recurriera a una inundación masiva del territorio, las hormigas apenas tendrían forma de defenderse salvo que otras, más fuertes pero tan humanas como ellas, decidieran tomar cartas en el asunto para impedir su exterminio. Así es Tierra Santa. Cinco millones de judíos y cuatro de palestinos enfrentados a muerte por un pedazo de polvo no más grande que Sicilia. Como hormigas desquiciadas.

Hoja de Ruta. Hasta al camino de la paz le pusieron nombre de pretenciosa guía viajera. ¿Será para que no pierdan el ánimo de vivir?

Paz y territorios. Alcanzar un acuerdo es una tarea difícil si se escarba en la memoria colectiva y se analizan las causas de los fracasos, algunos de ellos cosechados en tiempos menos críticos que el actual. El problema es que los itinerarios diseñados hasta hoy no parecen equilibrar una mesa donde todos parecen guardar su trampa. ¿Cómo creer en la indulgencia de un político como Benjamín Netanyahu que ha flirteado con el crimen y el terror siempre que ha creído necesario? ¿Qué liderazgo puede ejercer una Autoridad Nacional Palestina tan fragmentada como su pueblo? ¿Acaso Barack Obama ha demostrado aptitudes para mediar en conflictos de semejante calibre? Pero dicen que la esperanza es como un beso. Siempre sabe bien.
Es verdad que grupos como Hamas aspiran a destruir el sionismo, a crear una república islámica en toda Tierra Santa y que algún día deberán explicar sus atrocidades ante los familiares de cientos de inocentes judíos que han asesinado pero no es menos cierto que, en la mayoría de los casos, han sido ellos los acusados de provocar los naufragios de la paz. Casi nadie cita nunca a rabinos como Goren de Jericó, que además de kipa y barbas hasta el ombligo reparte fusiles de asalto bien engrasados. Ni al partido derechista Likud, reventador oficial del proceso de paz abierto por el laborista Yitzhak Rabin y Arafat en 1993. 
Al fallecido Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2002, Edward W. Said, le dejaba perplejo la obstinación por presentar al pueblo palestino como la cantera mundial del terrorismo islámico y a Israel como su angustiada víctima. La realidad es que los israelíes han demolido más de 2.000 hogares palestinos en Cisjordania, han expulsado a 750.000 palestinos de sus tierras, han construido casi 300 asentamientos ilegales en Gaza, Cisjordania y los Altos del Golán; han perpetrado matanzas estremecedoras como la de Dueima o Sabra y Shatila, han bombardeado, destruido e invadido países limítrofes hasta el punto de que, en la actualidad, ocupan territorio libanés, sirio y palestino contraviniendo la ley internacional. “¿Puede todo esto jugar algún papel en el ‘odio islámico’ que dicen combatir?”, se preguntaba Said. Tanta ponzoña enraizada en Tierra Santa pone en duda que este conflicto pueda tener fin pese a la insistencia de intelectuales como el famoso Fukuyama.
Con toda esta batería de presión, lo lógico es que la situación en los territorios ocupados navegue dramáticamente a peor, hacia el despeñadero, hacia la asfixia total. Informes elaborados cada año por organizaciones como Naciones Unidas o Human Rights Watch revelan que en los ingresos anuales de los palestinos siguen reduciéndose hacia la nada y la pequeña franja de Gaza se ha convertido en el lugar con mayor densidad demográfica del mundo –2.350 habitantes por kilómetro cuadrado- y con el índice de paro más alto –el 65% de la población activa-. “Cada demolición de casas, cada piedra expropiada, cada gesto de arrogancia y de humillación intencionada revive el pasado y recrea las ofensas contra el espíritu de los palestinos. Hablar de paz en ese contexto es tratar de reconciliar lo irreconciliable”, aseguraba Edward Said, un pensador palestino de calibre largo. 
No cabe duda de que la historia de Oriente Medio sigue sufriendo una de esas extrañas retorsiones que utiliza la política para explicar una mentira. 
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