Fotografías: Argelia en cuarto creciente

Hay fotografías que delatan el estado de las cosas. Ejemplos sobrados están llegando durante los últimos días del mundo árabe. Imágenes que arrojan tan cruda luz a nuestros ojos que provocan de todo menos indiferencia. Desde que el 14 enero Zine El Abidine Ben Ali fuera expulsado de Túnez  tras casi 25 años de satrapía consentida, toda la región parece haberse transformado en un gran espejo en el que mirar un presente apático y frustrado. El 11 de febrero caía el tirano egipcio Hosni Mubarak en medio de una revuelta ciudadana ejemplar y perseverante. Estos hechos han reportado una carga tan colosal de confianza en los ciudadanos que malviven en los países de la región que a estas horas todos calibramos probabilidades sobre quién será el siguiente dictador en ceder.

Las imágenes de este post corresponden a las movilizaciones registradas el sábado en Argelia. Podrían ser de Yemen, de Jordania, quizá de Libia, Marruecos, pero es Argelia, el tercer cartucho que prende con virulencia desde que comenzó este 2011 apasionante.

Las fotografías que aquí vemos muestran rostros que revelan historias. En la foto superior puede observarse a dos policías procediendo a la detención de un mujer que exigía la renuncia del dictador Abdelaziz Buteflika. La chica está asustada ante lo que se le viene encima. Probablemente será golpeada en cuanto los protagonistas salgan del cuadro. Al menos, los servicios secretos del anciano presidente son pudorosos: El agente que le agarra de los brazos también es mujer. Quizá pretendan mostrar que su represión se practica con alma sensible. Nada de eso. La policía muestra un gesto de rabia producto de la misma obstrucción cerebral que un ‘homo antecesor’ y su mirada desafía con idéntica ferocidad a la que lo haría un macho alfa.

Hay una segunda foto. Ésta de al lado. Aquí se ve a un hombre agarrado del cuello por un miembro de la mujabarat que sirve a Buteflika. 

Tiene el rostro congestionado en su intento desesperado por desembarazarse del animal indomable que le mantiene estrangulado. Otro gendarme, éste con gorra blanca, le estira del jersey con absoluto desprecio. Dos catetos de paisano impartiendo justicia callejera. Con dos cojones.

Pero aparece un tercer individuo en esta imagen que llama la atención. Está en primer plano. Va pertrechado con un casco antidisturbios y armado con una porra. No arremete físicamente contra nadie pero su máscara facial es la del odio y agarra su garrote como la culata de una escopeta. Incluso su dedo índice parece echar de menos el gatillo de una pistola.

La fotógrafa Inge Morath confesó poco antes de su muerte que jamás disfrutó utilizando sus cámaras como ametralladoras porque lo consideraba un despilfarro. No discutiré a la dueña de una mirada tan admirable pero hay que reconocer el mérito de los autores de estas imágenes. Y menos mal que estaban allí porque sin su presencia sería imposible aguijonear una realidad que grita hastío y clama libertad.

Sus fotos son destellos que aclaran estas cosas aunque a otros también nos refleje la eterna cuestión de si el periodismo tiene más porvenir que la injusticia y la represión. Esta vez parece que lo han logrado. La fotografía como máquina de la verdad.

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