Libia sangra, el mundo observa

“¿Qué está haciendo Gadafi?” La respuesta que estremece al mundo se encuentra bajo el resplandor catastrófico de las bombas que a estas horas caen sobre Bengasi. Los gritos desgarrados procedentes, imaginamos, de las víctimas deberían ayudarnos a pulir la réplica: los intereses económicos de Europa y EEUU en Libia están retardando la caída definitiva de este dictador sanguinario. 
Pero otros dos intereses se superponen equívocamente aquí. El de aquellos que encuentran argumentos, como los checos, para apuntar que Gadafi es un mal necesario para los prósperos negocios europeos en la región y el de aquellos, como EEUU, que sólo alcanzan a denunciar la psicopatía de un sátrapa bizantino que masacra arteramente a una población indefensa sin hacer ahora absolutamente nada. Ni siquiera en el ámbito diplomático. Y junto a estas dos imposturas, una razón más compartida: la de ver a 6 millones de libios atrapados por una kafkiana situación de miedo atroz, con su aluvión de preguntas a cuestas. “Pero, ¿nadie va a detener a este loco?”. 

La maquina de encauzamiento de la información puesta en marcha por el Gobierno de Libia para intentar disipar cualquier escepticismo internacional sobre la naturaleza del mal no ha germinado. La patética imagen mostrada por Gadafi frente a la cámara asegurando que las revueltas de Bengasi (y Trípoli, aunque lo omitió) son obra de “un pequeño grupo de borrachos y drogadictos armados que buscan romper el país” produce pavor. Rizando el bucle de los silogismos más perversos que he escuchado en los últimos años, Gadafi se atrevió a comparar su sangrienta  decisión con las que otros guerreros tomaron en Tiananmén, Moscú, Irak o Waco. En medio de su delirio televisado, el dictador libio reclamaba a las dueños del mundo una dosis de confianza para aplastar al enemigo. Como ellos hicieron.
Pero al margen de matanzas e hipocresías, lo que de verdad alimenta la angustia del pueblo libio es que el brote agudo de paranoia que ahora devora el cerebro de Gadafi puede durar un tiempo. Una inquietud que se vuelve irresistible a medida que la palabrería se prolonga y la ONU (o lo que sea) no revierte una situación imposible. Por eso también hay quien ve un perverso juego de intereses ocultos en la posibilidad de forzarle al tirano a que detenga la carnicería. El más insistente está siendo Fidel Castro. 
“Lo que para mí es absolutamente evidente es que al Gobierno de Estados Unidos no le preocupa en absoluto la paz en Libia, y no vacilará en dar a la OTAN la orden de invadir ese rico país, tal vez en cuestión de horas o muy breves días”, indicó ayer el líder cubano. Como si el pueblo libio fuera tonto. Dejando al margen la última reflexión de Castro, hay dos preguntas que flotan en el aire como una pesada losa: ¿qué nueva solución final para Libia se está permitiendo? Y tras escuchar (y ver) a Gadafi en televisión, ¿qué otro botón de muestra hace falta para derrocar a este tirano? El futuro libio depende de las respuestas. 
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