Carnavales gélidos

Aunque Madrid no sea una ciudad preparada para el carnaval, la diversión enmascarada tiene mucho de juego ingenioso. Hasta hoy, la excusa histórica para dar la espalda a la severa Cuaresma cristiana era el tiempo atmosférico, la nieve gélida, la lluvia pertinaz, el malvado frío.  La mundana costumbre invernal frente al desmadre colectivo. 
Pero es precisamente la condición de escenario nebuloso lo que debería alimentar una fiesta que se resiste a morir de frío en estas latitudes.

Salvando distancias siderales, la megalómana Madrid debería mirarse en el espejo de Venecia donde, a diferencia de otros carnavales grandiosos como el de Río, la lascivia se oculta bajo las máscaras. El juego aquí es un prodigio de imaginación encubierta. La de esconder el cuerpo para liberar el alma. La de ver y hacerse ver sin que nadie te reconozca.
Llega la oportunidad de convertirnos en pícaros desalmados sin tener que seguir la sensualidad rítmica brasileña que tanto hipnotiza pero que tan poco nos encaja. Madrid al menos siempre ha vivido del misterio congelado, no del sudor carnal.

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