Fukushima

Han pasado más de dos días del brutal terremoto que sacudió Japón. La angustia, la rabia, el espanto y la tristeza se han asentado en un duelo imposible de elaborar, como hubiera querido Sigmund Freud. Ahora el foco de la preocupación mundial se centra en la evolución de los tres reactores atómicos de la planta nuclear de Fukushima, el primero de ellos muy similar al de la Central de Garoña, en Burgos. A estas horas de domingo, los átomos de una de las vasijas han fusionado de forma parcial. A estas horas de domingo, el núcleo de otro reactor se encamina hacia su destrucción. Sólo el agua de mar y el esfuerzo del hombre podrá evitarlo. 
Quizá no sea correcto recordar ahora la catástrofe nuclear ocurrida en Chernobyl hace 25 años. Quizá tampoco lo sea rememorar a Hiroshima y Nagasaki. Los expertos se quejan amargamente de estas comparaciones porque no encuentran similitudes y sólo provocan alarmas innecesarias. Es lo que tiene el riesgo de una destrucción en masa. Es lo que provoca la imaginación incandescente de miles de seres humanos amenazados. Es lo que tiene luchar contra un enemigo invisible y no encuentra otros espejos donde mirar. Por eso resulta inevitable recordarlos. 

Por este motivo -no hay otro- seré incorrecto. He decidido recuperar dos pasajes de esos dos escenarios apocalípticos que mostraron al hombre la forma más efectiva y rápida de destruir el planeta. De autodestruirse por negligencia y venganza.

El primero es Chernobyl. Lo escribí hace unos meses para complementar el trabajo de Ángel Navarrete, un fotoperiodista español que entró en la zona de exclusión de la planta ucraniana para registrar la huella de aquel horror atómico 25 años después. 
Y encontró que sobre la zona se cernía una maldición histórica. Los eslavos siempre conocieron a Chernobyl por Ajenjo, quizá porque en sus tierras crecía casi espontánea la planta de la que se obtiene la absenta. Curiosa similitud con el nombre de la estrella mitológica citada en el libro Apocalipsis que supuestamente amargaría las aguas de la Tierra tras precipitarse desde el Cielo ardiendo como una antorcha. El destino fundió sus desgracias. 
La gente dormía cuando el núcleo del reactor 4 sufrió la explosión. Desde ese instante cualquier sueño quedó pospuesto sin fecha y toda felicidad fue arrancada de cuajo. Sucedió como si el tercer ángel del Apocalipsis hubiera tocado la trompeta del mal y toda su ira cayera sobre sus habitantes hasta volver amarga su existencia. Dos días después de la catástrofe había 174 heridos graves debido a la radiación. La cifra de muertos sigue siendo imposible de determinar. La lista aumenta cada día porque la radioactividad vaga libre por estos parajes inhóspitos .   

El segundo es Hiroshima. El reportero John Hersey logró entrar en la ciudad japonesa un año después del cataclismo atómico. Los testimonios que recabó de los supervivientes fueron publicados integramente que la revista The New Yorker n su edición del 31 de agosto de 1946. Un reportaje con más de 30.000 palabras y 150 páginas que años después convirtieron en un libro desgarrador. Este es el arranca de aquella obra.
“Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino”.
La bomba atómica mató a cien mil personas. Algunos se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno de ellos enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad –un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro– que salvaron su vida. Y ahora saben que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada”.

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