Herencia atómica (III): Ojos de hielo

Los habitantes de Chernobil solían alardear, para envidia ajena, que el río Pripyat era su madre. No era para menos. Desde el siglo XV, la mayor parte de su riqueza procedía de la pesca y de una agricultura variada como pocas por gracia de un caudal rico en nutrientes. Pero eso acabó con el accidente. 
Desde entonces, los rostros perdieron la sonrisa, las arrugas marcaron su territorio carnal como trilladoras de una tristeza interna y la carcoma de la pobreza puso en fuga a gran parte de su población. En 1986, Chernobil tenía 40.000 habitantes. Hoy sólo resisten 2.000 personas, entre ellas Vera, el duro rostro de esta foto.
Fotografía: ©Ángel Navarrete
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