Osama Bin Laden

“Si luchas con monstruos, cuida de no convertirte también en monstruo. Si miras durante mucho tiempo un abismo, el abismo puede asomarse a tu interior” (Friedrich Nietzsche)

No es necesario viajar a Pakistán para saber que los mariscales de la guerra –Obama y todos los gobiernos democráticos que aplauden rítmicamente cualquiera de sus gestos- han celebrado la muerte de Osama Bin Laden, el Mal hecho hombre, bajo el fuego del Ejército de la libertad
Las dudas razonables que me quedan, aparte de las pruebas que corroboren la ejecución del malvado islamista, es la certeza de que los tribunales de justicia no son suficientes para impartir Justicia mientras la doctrina de “Guerra contra el terrorismo” que algunos pensaban desterrada con la desaparición política de George W. Bush siga vigente en el planeta. Omitiré mi opinión sobre la respuesta de José Luis Rodríguez Zapatero a la muerte de Bin Laden. 
Desnudemos la conciencia durante un minuto y echemos la vista hacia atrás para escuchar a Darío Fo, Saramago y Gavras susurrando un grito ensordecedor para abrir la brecha. “¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar una llamada al desarme en el punto más álgido de la Guerra Fría, opuestos a las abusos estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: ‘y así prevenir el crimen del silencio’?” 
Algo falla cuando el mundo libre necesita contar con un enemigo poderoso e impredecible a quien aniquilar. Primero porque se traza una raya en el suelo para agrupar junto a sí a los apoderados del bien y arrojar a las tinieblas exteriores a quienes no comulgan en su iglesia. Después, porque ante este escenario la física de los cuerpos se decanta por difundir toda clase de tergiversaciones, eufemismos, dobles sentidos, mentiras, expresiones falsarias, violaciones gramaticales y metáforas manipuladoras con tal de justificar sus actos. Es como si masticando la carnaza que hoy muestran nos ayudara a digerir las sombras que planean sobre el dogma de que “el Bien no necesita razones ni juicios para aplastar al Mal”. 
Ya lo adelantó un apestado como Noam Chomsky cuando aseguró que “la propaganda es a la democracia lo que la porra al estado totalitario”. Y en un giro propio de Orwell, los fabricantes de opinión han desplegado toda la artillería de esta diversión: vender la muerte del autor intelectual de los atentados del 11-S como si con él se fueran uno de los grandes males que nos asolan.

Tengo la extraña sensación de que algo no encaja. Quizá no tengamos la certeza de lo que, de verdad, ocurre en la oscuridad. Puede que tanta arrogancia solape un control social y un totalitarismo oculto. Quién sabe. Por de pronto, el cadáver de Osama Bin Laden sirve a estas horas de alimento para los peces ante el jolgorio festivo de la plebe. Es la venganza universal (que no justicia universal) a la que seguirán otras venganzas impredecibles. Hemos entrado en la espiral de la pescadilla que se muerde la cola.

Pero este interrogante es ya muy viejo porque esta democracia que nos venden, en la que Rafael Sánchez Ferlosio hurgaría hasta llegar a la aptitud de los políticos, empieza a generar otras dudas. “¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?”. Estas preguntas sin respuestas que un día se hicieron Fo, Gavras y Saramago continúan teniendo actualidad.
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