Democracia, pero ¿cuál?

“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. (Francois de la Rochefoucault)

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo ha cambiado y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a una inventiva que convierta en arena las pedradas del pensamiento único imperante, un ideario cada vez más confuso, extravagante y peligroso.

Ayer se organizaron manifestaciones en muchas ciudades españolas para mostrar la disconformidad con la democracia en vigor, un sistema de libertades que despoja a los ciudadanos del placer de sentirse protagonistas, de participar en la gestión directa de los recursos. Fue una protesta contra la consigna del poder, esa que nos recomienda que es mejor ceder la capacidad de decisión a los astutos políticos de hoy en día y sumergirnos en lo efímero, en lo mío, en la indiferencia.

Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana porque aleja este oficio de la gente corriente. Esta reflexión también podríamos aplicarla a la política. 

La idea más extendida es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos imposibles de modificar. Un darwinismo social que premia la practicidad y penaliza las utopías para crear un mundo de cobardía.

El problema es que en esta historia la izquierda da la impresión de no saber ni por donde sopla el aire. Su aceptación, casi entusiasta, del mercado con su moral del éxito y, sobre todo, su convicción de que la jugada maestra no es romper con el capitalismo sino gestionarlo, les deja en una disyuntiva paralizante ante la posibilidad de armar una alternativa transformadora. “Hay que aceptarlo, la izquierda no tiene hoy ni un proyecto atractivo ni un discurso potente”, escribió un día José Vidal-Beneyto. No le faltaba razón al fallecido sociólogo valenciano.

En esta campaña electoral anodina y calumniosa en la que nos encontramos es paradójico observar como los políticos escabullen o manipulan respuestas sobre la reducción del dinero invertido en sanidad, en educación, en servicios públicos. Lo enmascaran todo con hipérboles sobre el progreso. Pero hay evidencias que deberían servir para sacarles los colores a pocas horas de unas votaciones que, como siempre, son presentadas como la oportunidad de volver al paraíso terrenal. 
Nos aturden con cifras y promesas, con discursos trenzados sobre un pensamiento económico obsesionado con el déficit presupuestario en lugar de con el déficit social, cada vez más amplio e incorregible. Parecería razonable que al menos la izquierda política centrara su crítica en esta cuestión. Pero nada. El miedo les ha devorado. Tienen pánico a considerar fundamentales los asuntos sociales. Viven paralizados por el riesgo de ser estigmatizados por los timoneles del poder, por los expertos del FMI y los sesudos analistas del mercado como irresponsables y botarates. Qué finura de representación.
Pero ya lo advirtió Marcel Mauss: “Las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”. Por lo tanto, siempre habrá quien se niegue a perder los sueños.  
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3 pensamientos en “Democracia, pero ¿cuál?

  1. Volver a la Ilustración, Gorka, pero también al Renacimiento y al modelo humanístico que bebe en las fuentes antiguas. Estamos olvidando quiénes somos y cuáles son nuestras raíces… y así nos va… Muy bueno el artículo, como siempre.

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