Spanish revolution

Desde 2009, jóvenes y no tan jóvenes comenzaron a movilizarse por toda España con el fin de atraer la atención de los poderes públicos, los medios de comunicación y la población sobre el deterioro de las condiciones de vida y sobre la corrupción interna que asola a todos los partidos políticos sin excepción. El Gobierno socialista no entendió estas marchas. Después de vivir una decepción tras otra -de reformas laborales impresentables para la gran mayoría de la sociedad, de agresiones indignas a los servicios públicos conquistados y de rescates económicos insufribles con un 20% de paro- estas personas se fueron agrupando entorno a la idea de la incomprensión mutua.
Estudiaron, analizaron y presentaron propuestas concretas a los poderes públicos para paliar el mal que afecta a una sociedad de la que el Estado se desentiende cada vez más. A su lado, el principal partido de la oposición siempre ha tratado las protestas contras las privatizaciones en masa y contra la sangría laboral provocada por el capital como un problema de seguridad, de alteración del orden público. Su única respuesta es la represión.
Las demandas de la gente indignada terminaban olvidadas en un cajón. Jamás entendieron qué representaba esta nueva forma de sociología. El PSOE nunca afrontó el problema y el PP, viendo su progresión en la intención de voto, aprovechó la dramática situación para escarbar en la herida. Entre todos arrancaron al tejido social cualquier esperanza de desarrollo. Nadie fue capaz de embarcar a los indignados en una nueva aventura. Ningún partido, todos ávidos de poder, emitió la más leve señal de aliento, ni un solo signo de motivación para existir.
En un entorno patógeno, mal concebido, mal cuidado, con una cultura del enriquecimiento ilícito a flor de piel, España no sólo no ha aplicado una verdadera política de solidaridad interna, de participación democrática, sino que nunca ha integrado en la mentalidad de la clase dirigente la cultura de la limpieza ética y la responsabilidad compartida. Hay un clima malsano ya gobierne la izquierda o la derecha.
Pero hoy España vive un despertar abrupto. Descubre que su geografía humana no es tan indiferente como creían, no es tan acomodada y aborregada como esperaban, sino que es organizada y exigente por lo que ahora empiezan a tomarla en consideración. Claro está que el desempleo, la desvergüenza de la clase dirigente y la desesperación no bastan sólo para explicar esta protesta que ha empezado en la Puerta del Sol de Madrid y se ha propagado a otras ciudades.
Las tensiones políticas y sociales desatadas ya se han mostrado. Son el reflejo de que España no ha hecho bien su trabajo, de que ha olvidado atender a esa población que sólo pedía mantener su empleo, sus derechos y vivir con dignidad y en paz. Ahora, en el centro de esta revuelta palpita el emocionante deseo de que la palabra unida puede cambiar el curso de las cosas. No ahora, ni el 22 de mayo sino después. Hay tiempo. Todo el tiempo del mundo. No hay prisa.
La derecha, con el poder al alcance de su mano, se empeña en demostrar que ellos no son los responsables y hacen muestras de firmeza acusando a los jóvenes de soliviantar su libertad, de intentar mancillar su cantado triunfo electoral del próximo domingo. Difunden pesadillas para confundir y aterrar.  Quizá quieran maquillar que no son capaces de controlar los nervios, o quizá pretendan transmitir el mensaje a los electores de la extrema derecha de que sin seguridad no hay democracia real. La suya, claro. Es su estilo desde el 11-M.
La gente de la Puerta del Sol no es pobre, no es sólo de izquierda. Muchos son españoles que temen venir a menos con las políticas en vigor, con el destino frustrado que les ofrecen por la falta de iniciativas, por un entorno social malsano que propaga que la corrupción es válida en política y por un presente que se ha convertido en una desventaja para todos. Son españoles de segunda clase por haberse rebelado. Pero la represión no resolverá los problemas de esta juventud, sino que la provocará y la empujará a rebelarse con más fuerza.

Hace falta una nueva política en España, una política que reconozca la realidad y se comprometa a hacer partícipe a toda población del futuro, no sólo a los empresarios y banqueros reuniéndolos en La Moncloa como ha hecho dos veces José Luis Rodríguez Zapatero. Estos jóvenes dicen y proclaman que España es su país, que Europa es su país, que el Mundo es su mundo. Pero los políticos no siempre los escucha. Ellos tienen otros intereses y no son el servicio público ni la libertad colectiva.

FOTOGRAFÍA: ©Ángel Navarrete
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