La plaza de Tahrir en el corazón de Madrid

Para Dani ha sido una noche dura. Nueve horas bajo la lluvia, organizando grupos, limpiando el suelo y mandando mensajes desde su IPhone4 cobijado en la techumbre de hule que los “indignados” han montado en la Puerta del Sol de Madrid. Al despuntar el día mete sus cosas en una mochila y se despide satisfecho de sus camaradas: “Voy a desayunar y luego a clase. Vuelvo a las 7 de la tarde. Ciao”. Dani tiene el pelo corto, los ojos azules y 21 años. Posee además una feroz irritación con el mundo que le rodea, la misma que ha alimentado la argamasa que ahora une a ciudadanos de diferente condición y procedencia . Apropiadamente se les ha comenzado a llamar “la generación de los indignados”.

Exhaustos por años de corruptelas en el ámbito del poder, estos grupos comparten la esperanza de una regeneración de una clase política que consideran agotada. Hoy impulsan con tesón un mensaje de prosperidad futura para todos. Y no falta diversión: en la Puerta del Sol, de lo único que se habla es de la magnitud creciente de su protesta, un acontecimiento de gran calibre que ha comenzado a traspasar las fronteras de España. “No tenemos miedo”, dice la mayoría de los acampados a las televisiones alemanas, italianas, venezolanas, británicas y francesas que aquí se encuentran.

Los carteles están húmedos, como los mensajes impresos en letras negras que cubren la marquesina de cristal que sirve de acceso al metro en Sol.  “Si no nos permitís soñar, no os dejaremos dormir”, reza una proclama emocional de esta revuelta. Sin embargo, esta noche lo novedoso es que ya no hace falta añadir advertencias de que los acampados en la Puerta del Sol pueden ser desalojados por la fuerza ante el recelo cada vez mayor de los dos principales partidos políticos del país.

Desde hace cuatro días, esta plaza madrileña es el campo de batalla de un pulso que algunos no lo esperaban, el que han comenzado a librar ciudadanos decepcionados con la clase dirigente. “No nos quedaba otra posibilidad. Tenemos que propiciar un cambio de conciencia global, una regeneración ética de la política, una democracia real. Aquí no hay ideologías, no hay banderas. Aquí hay personas, ciudadanos, individuos, que exigimos participar en las decisiones, en la gestión, en la justicia. No hay disfraz ni promesas que valgan”, afirma Carmen, una jovial secretaria de 42 años que parece acostumbrada a seleccionar y transcribir proclamas en Twitter a la velocidad de un parpadeo.

Deciden en régimen asambleario, en diferentes grupos que han comenzado a trabajar. La idea contiene elementos revolucionarios que determinarán el progreso del movimiento a lo largo de los próximos meses. Y, a juzgar por sus líneas maestras, está repleto de esperanzas. Embarcados en la tenacidad, pretenden la reconstrucción del Estado del bienestar sobre la base de dos principios sustanciales: trabajo y derechos. Dos ideas que parecían desterradas en los últimos tiempos. Ambos objetivos están fielmente reflejados en el programa de debate y que identifica nada menos que 46 metas. En uno de ellos se debate una reforma de la Ley Electoral. “Exigimos la inhabilitación de imputados por corrupción para que no pueden incluirse en las listas electorales, una legislación de responsabilidad política transparente, la reforma inmediata del Senado y la abolición de las pensiones vitalicias para los parlamentarios”, explica Antonio Ibarra, uno de sus portavoces.

La vivienda es el centro de otro intenso debate. Desde el jueves se discute la posibilidad de exigir al estado un alquiler social universal y el uso público de aquellos pisos que lleven vacíos más de 10 años. La reforma fiscal a favor de las rentas mas bajas, la modificación del impuesto de sociedades y la imposición de la Tasa Tobin para frenar la especulación financiera y las transacciones internacionales de capital se han convertido en banderas reivindicativas de la protesta. “Normas en vigor como la Ley Sinde, Bolonia, la de partidos o la recién aprobada ley laboral deben ser derogadas”, comenta Ibarra.

Para no entorpecer las discusiones han impuesto un estricto orden interno. El día anterior un hombre que bebía ansiosamente una litrona de cerveza mientras orinaba bajo la gran estatua de Carlos III fue invitado a abandonar el recinto por los organizadores. “Esto no es un acto festivo”, comentaron con seguridad. Saben que son vistos por un sector de la ciudadanía como un grupo de alborotadores sin identidad, sin líderes, sin propuestas y sin experiencia. Pero en Sol lo que hay es orgullo. En la entrada de la librería de unos grandes almacenes, una rolliza señora bien vestida felicita a un grupo de mozalbetes que exhiben al aire sus manos como pájaros que echan a volar. “¿Por qué me gusta esta protesta? Porque están demostrando que los príncipes de este país, los que han vivido en una torre de cristal, al fin han despertado”, afirma.

Varios chavales hablan de los mensajes que se vierten en algunos canales de televisión y radio. Un joven muestra en su móvil Android un recorte de prensa. Tenían que ver con las duras críticas que están recibiendo, el aturdimiento que ha provocado la magnitud de su protesta. Todos estallan en carcajadas. “Mira”, afirma finalmente uno de ellos que prefiere no dar su verdadero nombre, “primero nos acusaron de ser unos alborotadores antisistema, de ser unos inadaptados, unos vagos. Ahora dicen que estamos instrumentalizados, dirigidos por no se quién. Mañana dirán que no aportamos soluciones”, asegura. Pero detrás del cliché, lo que esta primavera española ofrece a muchas partes del mundo son múltiples manifestaciones de que la frustración social ha reventado. Una de ellas es la disposición de estos jóvenes a acatar las mínimas reglas del juego que se les exige, la ausencia de violencia en sus manifestaciones, la tenacidad de los mensajes. Esto está proporcionando que cada día tengan más y más seguidores.

“Hay definitivamente un cambio en el aire”, comenta filosóficamente Javier, un restaurador de casas antiguas que, al igual que numerosos estudiantes, comerciantes, parados y profesionales autónomos, dice estar inesperadamente emocionado. “La gente está cansada de tanta trampa. Quiere un cambio. Después de tanta promesa incumplida y tanta tolerancia con los banqueros quiere hacerse escuchar sobre cuestiones concretas. Como se ha hecho en Islandia”, asegura.

De una de los tiendas levantadas apresuradamente en la plaza, emergen fugazmente dos caras. La de una joven y la de un anciano. Armados con panfletos y un enorme plano del recinto, tratan de reestructurar las diferentes casetas desde donde coordinan el flujo de información. “Tenemos las firmas necesarias para evitar el desalojo. Aquí nos quedaremos hasta el 22 de mayo”, señalan.  La indignación se ha incrementado muchos grados desde el inicio de la protesta, el pasado día 15. La policía mantiene desplegados a numerosos efectivos en los alrededores del kilómetro cero de España. Las calles están selladas y los controles de identificación son continuos.

Bajo los hules de color azul que cobijan de la lluvia, se respira un aire de satisfacción y confianza en el futuro. “Es sólo cuestión de tiempo”, repetía Pablo, licenciado en Administración de empresas. El “tiempo” al que se refiere no son las elecciones municipales del día 22. Es el término que usan para hablar del “cambio real” de un sistema electoral y de unos partidos políticos que para ellos es absolutamente irreal y nada representativos.

Una chica muestra un chiste de ‘El Roto’ en el que se lee: “Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron”. La mayoría de los aquí congregados se sienten identificados con esta contundente visión. Es una advertencia que los políticos en ambos extremos del espectro parecen haber captado con celeridad durante el rush final de la campaña electoral. “Es hora de un cambio para el bien de todos”, opina Verónica, la joven gerente de un local de la vida nocturna de Madrid.

Pero tanto en las oficinas del PSOE como en el cuartel general del PP sus representantes parecen haber abandonado, al menos hasta el lunes, la inicial retórica hostil hacia esta movilización social. En los últimos actos de campaña, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero han empleado constantemente palabras como “frustración lógica”, “fin de la crisis”, “futuro” y “prioridades sociales”.

¿Tiene futuro esta protesta? La pregunta es inmensa y depende de muchos acontecimientos futuros pero algunos medios, como la edición digital de la cadena británica BBC, ha empezado a compararla con las manifestaciones registradas en Egipto que llevaron a la caída del presidente Hosni Mubarak. Cauto, uno de los portavoces de la acampada advierte de que no conviene olvidar que esto, a fin de cuentas, sólo es el principio.

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