Indignados y europeos

“La vida no es significado. La vida es deseo”. Charles Chaplin
Europa vive un trascendental litigio sobre el futuro del continente. El camino elegido, por el momento, sólo responde a cuestiones económicas. El problema está en la manera en la que construyó la Unión.  Se dieron muchos pasos por el procedimiento de hechos consumados, quizá por miedo a que la discusión abierta debilitara a la criatura. 
Quiero decir que los órganos de decisión comunitarios han insuflado al ciudadano la somática sensación de estar viviendo en una galaxia de libertad, al liquidar las fronteras desde Irún hasta Vilnius y al unificar las monedas, mientras secuestraban su protagonismo.
La trampa está (y sigue estando) en el mercado. La táctica empleada consistía en aumentar en varios millones de personas el número de consumidores, allanando el camino a las relaciones mercantiles y derribando los muros fronterizos para que nos demostráramos un amor descontrolado a ambos lados del antiguo telón de acero. La sensación es que Europa es hoy un gran supermercado.
Las reacciones que se han encendido en España, Grecia o Islandia pretenden poner límites a estos excesos del sistema advirtiendo de que de no introducirse correcciones socialmente solidarias y de no priorizarse al que menos tiene, esta Torre de Babel jamás podrá terminarse con éxito. Cada día, la ciudadanía despierta con una nueva decepción, con otra restricción, con más recortes.

No es una cuestión de legislación común, de qué todos apliquemos idéntico IVA a las descargas de películas, de equilibrar el déficit presupuestario. Se trata de asumir conscientemente que la recesión debe ser compartida y, por lo tanto, que quien más beneficios obtenga se convierta en colchón de la debacle. En fin, los fracasos del sistema son herramientas que deberían aportan sabiduría a las sociedades, no servir de guía para vivir. Y esto es lo que quieren imponer los timoneles del capitalismo actual.

Resulta obsceno que la cuestión social se haya convertido en la mayor lacra para salir de esta crisis financiera. Aturde observar el nulo interés que banqueros, especuladores bursátiles y empresarios del primer nivel de beneficios, otorgan a esta tragedia griega. Olvidan que el grado de desarrollo del bienestar está relacionado con la vida compartida de las personas, con sus expectativas y frustraciones, con la expansión del confort en un país. No es una cuenta de resultados.
Para no marearnos entre las telarañas de las cifras, empecemos apuntando que España está a la cola de la UE en gasto social y, lo que es peor, que las políticas económicas que nos exigen aplicar nos alejarán aún más de la denominada Europa Social. El gasto público en pensiones, en sanidad, en escuelas de infancia, en servicios domiciliarios o en discapacitados, es el más deficitario de la UE. Hay otras evidencias que deberían servir para sacar los colores a aquellos que defienden que los recortes anunciados son la única vía para la salvación de nuestra economía. 
Nuestra divergencia social con países como Francia o Alemania se debe a que el incremento de los ingresos durante la época de las vacas gordas -resultado de un mayor crecimiento económico y de un incremento de la carga fiscal- no se invirtió en reducir el déficit social sino en eliminar el déficit presupuestario. Es decir, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero jamás escuchó las recomendaciones que le hicieron prestigiosos economistas socialdemócratas. Entonces, el presidente se encontraba obnubilado por los irresistibles encantos del liberalismo atroz.

El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha vuelto a borrarles la sonrisa de la cara: “Lo de Grecia (como puede ser lo que ahora se hace en España para evitar más riesgos) no es un rescate que evite la quiebra del Estado, es una protección a la gran banca europea”. 

El resultado de este cúmulo de errores es que hoy nos enfrentamos a un quilombo económico fabuloso con uno de los déficits sociales más altos de la UE. Sin embargo, la derecha pide hoy el voto apelando a la responsabilidad y al bien común de los ciudadanos. Pero, ¿de qué ciudadanos nos hablan? Parecería razonable que, por lo menos la izquierda, en interés de la población y en el suyo propio, centrara su crítica en si misma. Difícil tarea cuando el miedo se apodera de la política y lo que está en juego es el poder. Miedo a que la derecha, conforme al catecismo economicista impuesto, los estigmatice aún más. 
Vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos que aceleran decretos para dotarse de la sacrosanta legalidad. ¿Qué hay más separado del pueblo que los reduccionistas de lo social, los usurpadores de la política que sólo consideran a la plebe material imprescindible cada cuatro o seis años? 
Europa se está disolviendo entre un modelo proteccionista con los que más tienen y una clase media incapaz de asumir sus deudas. Kapuscinski escribió una vez que la pobreza, la frustración que provoca las distintas formas de presentarse el hambre, se vuelve peligrosa cuando quienes la padecen sienten que hay esperanza de cambiar la situación. Podría aplicarse también a las clases medias. El movimiento de Indignados nace de esta contradicción. Tuvieron el coraje de organizarse tras ver la pata del fraude asomando por debajo de la puerta. 
Y quienes en principio les contemplaban con una cierta indulgencia, ahora piden sus cabezas con toda clase de tergiversaciones, eufemismos, dobles sentidos, mentiras, expresiones falsarias, violaciones gramaticales y metáforas manipuladoras. Es como si masticando la chuleta cocinada que nos muestran algunos medios de comunicación, nos ayudaran a digerir las sombras del porvenir que sus amos nos venden con el rostro cementado.

Ya lo adelantó el apestado de Noam Chomsky cuando aseguró que “la propaganda es a la democracia lo que la porra al estado totalitario”. Por de pronto, la batalla campal vivida hoy en la Plaza Syntagma de Atenas ha sido solapada por quienes intentan ocultar las mentiras del negocio impuesto.

Pero incluso aquí hay niveles de petulancia, como la que ayer mostró el PP en el Debate del Estado de la Nación y su ejército de estilistas que satanizan una política económica que se ajusta a sus principios neoliberales como anillo al dedo para enarbolar la exitosa gestión de césares como Camps o Esperanza Aguirre. Olvidan que a los Indignados aun les quedan muchas armas para mostrarse de manera ilustrada, que no son tan estúpidos como los pintan, que comprenden lo que pasa y que, de sobrar alguien en esta película, son las fórmulas privadas. Tuvieron su oportunidad durante el boom del ladrillo y la desaprovecharon. ¿Qué razones hay para volver a creer en ellos?
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