El dominio del lobo

“La religión sólo sirve para que las masas se resignen a las muchas frustraciones que presenta la realidad” (Eric Fromm)

El polvorín en el que parece encontrarse el mundo volvió a estallar ayer en Oslo para sumergirnos un poco más en el fango de ponzoña en el que ya nos encontramos. Mientras, en el el cuerno de África, en Somalia, miles de personas se enfrentan a una hambruna obscena. Algo funciona rematadamente mal en la política que dirige este planeta. Es cierto que poco o nada se puede hacer para cambiarlo. La idea asumida es que nada depende de nuestros actos. La situación no está en nuestras manos. Está fuera de control. Bastante tenemos con sortear de la mejor manera posible los graves problemas cotidianos que nos abruman. Deberíamos dar las gracias por ser unos privilegiados.

Pocos meses antes de declararse la II Guerra Mundial, el escritor alemán Heinrich Böll vivió un episodio que le resultó revelador. Viajaba plácidamente en un tren cuando unos pasajeros comenzaron a proferir insultos racistas a un ciudadano judío. Pudo haber intercedido a favor del agredido pero prefirió callar para no enfrascarse en una agria discusión y quien sabe si algo más. Algún tiempo después, Böll reconoció que el fascismo comenzó para él ese maldito día. 
Algunos dirán que su actitud fue irreprochable porque todos somos cómplices habituales del silencio, de no responder, de pasar de largo, de mirar hacia otro lado. En el trabajo, en la calle, con los abusos del recibo de la luz, con los diferentes comportamientos que mantenemos dependiendo de la máscara que tengamos delante. 
Al fin de cuentas, como Böll aseguró, los supervivientes —nosotros— comemos en abundancia y dormimos plácidamente mientras ellas —las víctimas— buscan sentido a su sufrimiento en medio de un desierto de desesperanza. Por eso resulta tan improcedente la indolencia ante la situación general que nos ha tocado en suerte. El miedo se ha instalado en medio de las sombras.
Creo sinceramente que este desconcertante conflicto actual habría desembocado en una guerra global de haberse producido en otro siglo. La diferencia es que el aplastamiento armado ha sido sustituido por la laminación ingeniosa de valores universales como la política, la solidaridad o la justicia social. El nuevo fascismo ha llegado invocando falsos mitos de la libertad. La riqueza material, la hipocresía, el silencio y la indiferencia son los símbolos de esta nueva religión.
Hermann Hesse hubiera encontrado inspiración en este escenario actual para una de las novelas que mejor han iluminado las sombras de la humanidad. Porque el lobo estepario ya recorre a dentelladas algunos lugares comunes donde las consecuencias de la imposición de estos valores se zurce con las mimbres del miedo: Somalia, Siria, Pakistán, Haití, Afganistán. Pero también Europa, China, Japón y hasta EE UU. Sociedades que se están convirtiendo en estepas desoladas, donde el frío corta la respiración y el cielo se vuelve cada día más inhumano. Se palpa en las miradas y en las palabras. El futuro ya ni se cita, simplemente porque los cálculos fallan. Entramos en los dominios del lobo. Y tengo la sensación de que salir no va a resultar sencillo.
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