Hibakushas: 68 años después

El 6 y 9 de agosto de 1945, militares de EEUU cartografiaban el mapa de Japón para fijar dos objetivos donde descargar el fuego atómico del apocalipsis y poner fin a la IIGuerra Mundial. En la fotografía aparece una superviviente de Nagasaki (o quizá de Hiroshima, que más da), la segunda ciudad en servir de escabroso escenario al capítulo más vergonzoso de la historia de la humanidad. 
El bombardero estadounidense “Bockscar” dejó caer allí el engendro nuclear “Fat Man”, una bomba de 4.630 kilogramos con una fuerza de 25 kilotones, 12 veces más poderosa que la que tres días antes había destruido Hiroshima. El resultado en Nagasaki fue demoledor: 75.000 de sus 240.000 habitantes murieron instantáneamente, y otros 70.000 civiles fueron falleciendo durante los días, las semanas, los meses y los años que siguieron a causa de extrañas enfermedades y las horrorosas heridas que sufrieron tras la explosión. La hecatombe fue absoluta. 
Lo peor de todo fue que aquellos que sobrevivieron, como esta mujer y su pequeño hijo, tuvieron que soportar el estigma de la desgracia. Todos ellos fueron bautizados con el sobrenombre de “hibakushas” y penaron su maldición durante décadas en la más completa indiferencia. 
Los ojos del niño de la fotografía muestran estupor, dolor, aturdimiento, desconsuelo, desconfianza y miedo. Otra bomba, ésta de sensaciones, le había reventando por dentro. Su imagen representa la inocencia perdida en un segundo.
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