La felicidad y los dogmas

“Cargar sobre vuestros hombros el sufrimiento del mundo”. Este mensaje del Papa a la juventud que le aclama me parece pernicioso. En mi opinión, esta frase es obtusa e hipócrita con los principios que representa porque sólo refleja una imagen sospechosa de la felicidad. Cada vez me quedan menos dudas de que el objetivo del Santo Padre, y de la institución que representa, es neutralizar al hombre como ser libre (o al menos contradecirlo y debilitarlo). Pero esto no es patrimonio del Vaticano. Es el sentido de muchas religiones: prometen mucho pero no cumplen casi nada.


Quizá sea culpa de sus máximos representantes en la Tierra. Y sino, ¿por qué el Papa insiste en que la única manera de cambiar la situación de este mundo es aplicándose en una intensa penitencia? Porque en la enseñanza terrenal que difunde todo depende de la voluntad de Dios. A los hombres sólo nos reserva el rezo para convencerle de que otro mundo es posible. Con esta filosofía de la vida, los culpables del estropicio jamás se sentirán incomodados.

Me resulta confuso escuchar al Pontífice cuando anima a sus fieles a socializar la infelicidad como un estado natural de las cosas (enmascarando el mensaje con cruzadas apocalípticas siempre huecas porque ni el hambre ni otras injusticias evidentes que dice combatir un hombre de su poder e influencia han retrocedido un milímetro, ni por la gracia de Dios ni por su mediación política). Pero lo que me provoca cortocircuitos es que este apóstol del Bien haya borrado de su diccionario la palabra rebeldía ante la opresión del hombre por el hombre. Teólogos como Leonardo Boff y sacerdotes como Camilo Torres, Ernesto Cardenal, Samuel Ruiz, Jon Sobrino o Ignacio Ellacuría, concebían el papel terrenal de la Iglesia católica y los evangelios de otra manera.

Recuerdo un día en Bagdad. Para sus habitantes, aquello sí que era cargar con la cruz del sufrimiento ajeno. Celebraban la fiesta del Aid al Fith, la navidad musulmana, el momento de recuperar la moral perdida durante 25 días de ayuno a base de pan, cordero y verdura. En una escuela de primaria al sur de la ciudad, dos familias cantaban una canción de fiesta que parecía una triste melodía árabe: “¿Dónde crecen las rosas, viejo amigo, si mi jardín ha sido pisoteado? Por favor, tráeme un resquicio para la esperanza”. Y cuando tocaban palmas, era como si los zíngaros expulsados de este mundo resucitaran en la noche iraquí. “Mohamed, Alí, Hussein ya no os vemos en este mundo. ¿Donde estáis?”, recitaban con parsimonia. 
En aquel momento, la capital iraquí se había vuelto enigmáticamente silenciosa. Se escuchaban menos morteros y se veían menos ráfagas de trazadoras iluminando la oscuridad de la noche. De los 26 millones de habitantes que tenía Irak, cerca de 15 habían seguido aquel año el Ramadán. Hambre y sed saciadas con fuego de morteros. El resto, salvo los 10 millones de pobres en vigilia perpetua, pertenecían a otras religiones. 
En una esquina de la calle Karrada, lo que entonces era lo moderno y peligroso de Bagdad, estaba la casa de Hamid. Una tarde, una bomba colocada al paso de un convoy estadounidense, afectó a su puerta. “Explotó a 30 metros, tres minutos después de yo entrara”, me comentó. Al final de un pasillo de 5 metros con techo bajo había un jardín transformado en un trozo de polvo. Sobre el tronco de una vieja palmera, sus invitados esperaban para celebrar el Aid al Fith. Alumbrados por lámparas de aceite, como en la Edad Media, eran simples sombras fumando en la oscuridad. 
Azhar bebía té recostada en una banqueta medio rota. Era una mujer delgada y tenía la cabeza tapada por un pañuelo negro. Su marido había sido ingresado en el hospital psiquiátrico Al Rasheed. Su hijo, enfermo de leucemia, había muerto meses atrás. Ella vivía en una casa de la Calle Damasco pero ya no abandonaba la de Hamid. 
-¿Por qué?-, respondió a una pregunta indiscreta algo indignada, y sacó una foto ajada de su bolsillo sin decir más palabras. El papel mostraba la imagen borrosa de algo que un día tuvo que ser un hogar. La conquista de Bagdad comenzó por su calle y muchas viviendas fueron dinamitadas. “Tengo 35 años pero siento una anciana. Mi pelo está blanco y las rodillas no me sostienen. ¿Para qué rezar, para qué creer, si mi esperanza no depende de Dios sino de mis semejantes”, añadió con voz pausada. Estaba cansada del estigma de las culpas y del dolor.
Hamid le daba alimentos –cordero, pan iraquí y cebollas- pero a cambio le pedía que cantara porque lo hacía muy bien. Era el momento de la sonrisa, leve pero sonrisa dulce y de inmediato, bajaba la mirada. Una niebla de oro teñía aquella tarde el cielo de Bagdad. Las calles estaban vacías y los sonidos de los morteros parecían haber terminado para siempre. Sólo la voz del muecín procedente de una mezquita cercana desgarraba aquel silencio triste iraquí. Es cierto que era un caso extremo en la existencia del hombre pero me sorprendió que todos habían cambiado de fe. Fue como si, de repente, pensaran que su futuro ya no dependía de la providencia, de esquivar el pecado, de cumplir el dogma. El porvenir se había vuelto tan terrenal como las arenas del desierto. 
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