La gran trampa

La fórmula para salir de la crisis que nos venden corre el riesgo de provocar un pavoroso incendio social. Dice Alfredo Pérez Rubalcaba sobre esta contrarreforma constitucional que “es necesaria y razonable porque nada hipoteca más a un país que una deuda que no se puede pagar”. La sensación que produce, si se analiza con frialdad, es que vivimos en un sistema concebido como un gran supermercado. Respuestas como las del candidato socialista sólo incrementan la zozobra de que nada está en nuestras manos. Ansiedad que se acumula ante la ausencia de un proyecto realista que llene de significado un proceso de reconstrucción económica, que no es una cuestión de obligar a que todos nos apliquemos en pagar lo que consumimos sino que se trata de consumir lo necesario. Es decir, la coherencia es asumir de que la clave contra la crisis no es proteger al insaciable mercado sino solidarizar la cultura ciudadana actual.


La reforma constitucional debería sancionar las amenazas veladas de quienes en nombre de la libertad de mercado acumulan enormes cantidades de riquezas. Me refiero a que resulta inquietante escuchar a un empresario de éxito censurar una supuesta subida de impuestos a las grandes rentas pero aun es más hiriente observar sus negativas a declarar la guerra a los paraísos fiscales. Su respuesta es banal: el Gobierno que aplique estas medidas corre el riesgo ruinoso de provocar la huida de quienes consideren que estos privilegios son amenazados. ¿Y si se les limitara los derechos constitucionales por semejante intimidación?

El debate de la reforma constitucional ha abierto el litigio sobre qué queremos hacer con nuestra economía. Y la fórmula elegida –a tenor de los discursos de unos y otros- confirma dos cuestiones. La más clara es que por el procedimiento del pacto entre los dos principales partidos se intenta neutralizar una discusión que pueda debilitar a la criatura. Este método tiene mucho que ver con la presumible indiferencia con que los ciudadanos deberían seguir este tipo de procesos enmarañados. Es fácil. Se aprueba y ya se puede patalear en la calle lo que se quiera, que el artículo no lo cambia ni dios.
El otro mecanismo puesto en marcha para mitigar la impacto negativo de la reforma constitucional está en los grandes medios de comunicación. Ante el miedo a que un referéndum deje al bipartidismo imperante en situación comprometida, nada mejor que montar un debate preventivo ante al ojo catódico que todo lo ve. Que bien. El debate se ha organizado porque al PP le convenía y al PSOE le parece bien. Mismo tiempo de exposición de ideas para cada uno, dos políticos amortizados para sus causas frente a frente y allá en su horizonte, el 20 de noviembre. La democracia liberal se ha estancado en las tinieblas mientras prepara el camino hacia una fase en la que las meninges ciudadanas serán estigmatizas de violentas y antisistema. 
Quizá si se lograra una oportunidad para los demás, la cosa cambiaría porque las minorías suelen ser el espejo del pueblo. Ya lo dijo Rousseau. Ellos cuadran el círculo. Son el voto útil porque hablan de la pluralidad al estar excluidos del debate; discuten de la diversidad, el respeto y la vertebración de las diferentes culturas porque están obligados a vivir en la periferia del monoteísmo político imperante, es decir, del mercado. Es decir no pillan nada. ¿Se dan por aludidos? Me temo que no. La monedas sólo tienen dos caras y hablan idiomas parecidos.
El otro día escuché las explicaciones de Rajoy y Rubalcaba. Casi me duermo. Una compañera de fatigas me contó al menos diez bostezos en 15 minutos de telediario. Creo que entré en una especie de ensoñamiento en el que estaba atrapado en una habitación a oscuras ambientada con las voces de ambos políticos. Me desperté empapado en sudor y llamando a mi madre para que me salvara del ‘Hombre del saco’. Uno de ellos (o los dos) pusieron a dios por testigo que España no volverá a pasar hambre. Unos artistas en la representación magistral de un papelón de cuidado y ríanse ustedes de la Scarlett O’Hara en ‘Lo que el viento se llevó’. El problema es que luego regresas a la realidad y te deprimes.
Olvidaba decir que lo que ahora está en juego en la calle es la voluntad del pueblo. Para la clase política tiene un valor capital porque se juegan su prestigio. ¿Y para los ciudadanos? Las cifras, que son gélidas pero que a veces sirven de candelas, indican que más del 60% de quienes viven en España creen que esta crisis es un buen negocio para los banqueros y una pesadilla para los pobres. Dicho de otro modo que a base de críticas a las reformas constitucionales y recortes sociales terminaremos convertidos en enemigos de España. Vamos, que ayer pregunté a un taxidermista amigo qué va a votar el 20N y me respondió que en blanco porque incluir la Autodeterminación en la Constitución no le mola pero quiere dar caña al límite del déficit.
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