Maestros: La revolución verde

Nadie del PP ha leído ‘Corazón’ de Edmundo D’Amicis. Lo tengo comprobado. Si lo hubiera hecho,  Lucía Fugar o Esperanza Aguirre tratarían a la educación pública con propiedad y respeto. Por eso insisto y resumo de nuevo el argumento del libro, por si alguno de sus asesores se siente conmocionado: En el colegio literario de D’Amicis, los hijos del banquero comparten pupitre con los del minero. Se insultan, se pelean y se ríen de los mismos chistes. 
Pero esta prodigiosa novela es hoy una antigualla maravillosa. A punto de cumplirse 125 años de ser escrita, la escuela “realista” que nos adelanta el PP en Madrid (y que se presume como un adelanto de sus intenciones a partir del 20N), discurre por una metodología que examina al principio de cada curso para separar a los inteligentes de los tontos, a los trabajadores de los vagos, a los ricos de los pobres, a los niños de las niñas. Que trata a los maestros como operarios de un fábrica de tornillos, como mano de obra de una fundición. 
Conozco a varios profesores vocacionales, todos ellos defensores a ultranza de una renovación pedagógica urgente y pospuesta en España desde la postrimerías del franquismo. Militantes del papel social (no empresarial) de la escuela pública y laica, defensores de su importancia angular en el desarrollo de un pueblo que aparenta ser culto. Lo normal, vamos. Pero hoy están desencajados, indignados como nunca, cabreados con la sarta de mentiras que el PP madrileño repite como un mantra para minimizar la importancia capital de su trabajo. Para ellos, la “contrarreforma” educativa que políticos reaccionarios como la consejera Lucía Figar y dirigentes arrogantes como Esperanza Aguirre pretenden llevar a cabo es una de las burradas más graves de la democracia en España. 
La idea de modernidad que nos vende el PP corre el riesgo de provocar un pavoroso incendio cultural. Ya lo explicó Karl Popper, “la verdadera ignorancia no es la  ausencia de conocimientos, sino el hecho de rehusar a adquirirlos”. El PP quiere que haya ciudadanos que renuncien a aprehender conocimientos o, al menos, reservarlos a quien pueda pagarlos. En un memorable artículo, el catedrático Vicenç Navarro relataba hace años la sorpresa que le produjo el desconocimiento que sus alumnos tenían del papel de la Iglesia Católica durante el franquismo. “No tenían ni idea que había sido clave en la depuración política y educativa del país o que había sido el eje ideológico de aquel régimen, influenciando todas las dimensiones del comportamiento, tanto individual como colectivo, de la sociedad española”, escribía el perplejo profesor.  
Y esto por no hablar del monumental enfado laboral que tienen los artesanos de la enseñanza que son los maestros y los interinos. Ayer, 68.000 personas desfilaron por las calles de Madrid vestidos con una camiseta verde para pedir a Figar, a Aguirre y al PP en su conjunto que no son dueños del patrimonio público y que no pueden mercadear con ello. A ellos también les quieren marcar con el hierro del dinero, con la crisis. ¿Cómo entender sino ese rocambolesco giro hacia las cavernas que tratan de imponer?  ¿Qué nos quedará si dilapidan los servicios públicos para salvar el capital de unos pocos? ¿La vergüenza? Quizá. Por eso los maestros en huelga luchan hoy por mejorar la autonomía de los centros, por la calidad de la enseñanza pública, por sus alumnos y por el futuro de un país en ruinas. Esa es la revolución verde.
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