Vértigo en la ciudad

En ocasiones, el espacio parece tan insuficiente que somos capaces de crear ilusiones ópticas como la fotografía para poder respirar. La fotografía muestra la pintura en 3D más grande del mundo que su autor, Joe Hill, ubicó la semana pasada sobre el asfalto de Canary Wharf, en Londres. Más de 1.100 metros cuadrados de lienzo destinados a batir un récord que a nosotros nada nos importa. Lo sustancial es la sensación que provoca: vértigo.
No debe de resultar sencillo hacer gimnasia al borde de un despeñadero. Y menos aún jugar al balón entre dos orillas separadas por una cascada de aguas residuales. La cloaca de Londres abierta en canal. Suerte para los figurantes que todo es ilusorio. Pero, ¿qué es en realidad lo que vemos? Quizá la verdadera vida, la que la cruda luz que esta era de la apariencia nos deja ver.
Transitamos entre escombros, entre despiadados cañones de color que no sirven para alumbrarnos sino para que contemplemos el paisaje de nuestra propia incompetencia y nos dobleguemos ante la domesticación general, entre la autoindulgencia de lo que vemos y el vértigo a lo invisible. La obra, estúpida para algunos y experimental para otros, no es más que una invitación a asomarse a la balconada de la percepción dentro de un paisaje urbano con vapores turbadores hasta la náusea. Todo apariencia  gélida e imposible.
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