Raúl González

En un mundo donde el hombre es un lobo para el hombre, y el deporte es un ejemplo lapidario de la inspiradora frase de Plauto, comportamientos como el de Raúl González con el mundo del fútbol deberían encabezar las crónicas deportivas de cada jornada. Mientras que por las hiedras del Santiago Bernabeu trepaban camaleones codiciosos de toda laya, va el ex capitán del Real Madrid y abandona el equipo por la puerta de atrás, en silencio, sin alharacas, con el espíritu humilde del barrio de San Cristóbal de los Ángeles, en el distrito madrileño obrero de Villaverde, donde nació. “Para mí nunca existió la rendición”, afirmó poco antes de su despido de la Casa Blanca por un Florentino Pérez más amante de maniquíes deslenguados y estrellas sin brillo social que de canteranos entregados a una causa como él. Sólo recuerdo un gesto controvertido dentro de la cancha:  aquella vez que mando callar al Camp Nou tras marcar un gol. 
Hoy visita San Mamés con el Schalke 04. Quizá sea la última vez que lo haga. No estaría mal, como escribía ayer Jon Agiriano en El Correo, que todo el mundo viera que La Catedral le despidió como se merecía porque el presidente del Real Madrid, que nunca congenió con él, no quiso hacerlo en su día. Me gustaría añadir que tampoco estaría mal que el Athletic apuntara en su libro de diamantes los buenos detalles de un futbolista que durante 18 años compitió con limpieza contra el equipo rojiblanco aunque fuera recibido con artillería pesada en cuando ponía un pie sobre el verde tapid de La Catedral. 
Es cierto que ganarle al Madrid siempre es un placer en Bilbao pero no olvidemos la nobleza. El de hoy es un partido en el que el Athletic jugará con la dignidad de un gladiador y que el fútbol debe aprender muchas cosas del rugby pero si San Mamés reconoce al final del partido la honradez de un deportista ejemplar como Raúl González volveré a reconciliarme con este deporte, ganemos o perdamos. En mi memoria quedarán las carreras de Raúl, un estandarte del Madrid “señorial”, del que me hablaba mi padre cuando era niño. No quiero traicionar a un deportista que no vive el tercer tiempo de los partidos como si fuera una continuación de la guerra. En mi opinión, merece una ovación cerrada.
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