Muerte de un joven

Algo funciona mal en esta sociedad cada vez más compleja y controlada. El último capítulo en Bilbao lo ha protagonizado la Ertzaintza. Un joven de 28 años que el pasado jueves celebraba la clasificación de su equipo de fútbol en las cercanías de una herriko taberna, un bar de ideología abertzale, fue brutamente agredido en la cabeza y ayer falleció. Todavía no hay una versión oficial de los hechos pero por los testimonios recabados en algún diario y las características del golpe parece indicar que la muerte del joven se produjo tras recibir el impacto a bocajarro de una pelota de goma lanzada a poco distancia por un ertzaina y no por un botellazo, que es la versión filtrada a la prensa por el cuerpo policial vasco. La narración del suceso realizada por una joven malagueña en El Correo no tiene desperdicio.
Sea que fuera hay una familia rota, un grupo de amigos huérfanos y un Departamento de Interior extrañamente paralizado. La realidad es que hay una actuación policial bajo sospecha de perpetrar un homicidio que deberá ser esclarecido en un juzgado, con el autor condenado y con el Gobierno vasco, si se confirma  lo que aseguran varios testigos consultados por quien escribe, depurando responsabilidades políticas al más alto nivel. 
Todos sabemos que algunos policías disfrutan como temibles antropoides de su trabajo represor contra aglomeraciones ciudadanas. Lo hicieron en Madrid, en Barcelona, en Atenas y en Washington. El orden público no juega papel alguno en estos casos. Son las diferencias personales, la aceptación errática de su papel oficial de matones y la embriaguez de la inmunidad las que inflaman esa hostilidad feroz que convierte a una jauría de robocops en manadas de lobos con la mirada desafiante de quien busca convertir el apaleamiento en un escarmiento tribal. Así se acaba con la sensación de inseguridad y se reduce la incertidumbre. 
En este caso, tanta exculpación en la actuación policial del responsable de Interior (“la Ertzaintza fue recibida con gran violencia, tuvo que protegerse tras los furgones y pedir refuerzos”), tanta frase hecha (“hay que esperar al resultado de la autopsia”) y tanta arrogancia hiriente con la familia de la víctima  (“no respondo a unos carroñeros” -en referencia a la petición de dimisión solicitada por Amaiur) han expandido, de nuevo, la peligrosa sensación de que la justicia no es igual para todos, de que la vida es más valiosa dependiendo del bando en el que te encuentres. 
Algunas instituciones internacionales han denunciado prácticas ilegales de tortura en España, han formulado modos de comportamiento antidisturbios menos agresivos y hasta se postularon para ayudar a los mandos policiales en reyertas callejeras que podrían evitarse. Pero olvidan que hay gorilas con casco y porra, expertos en cargar escopetas con artefactos dañinos y disparar al cuerpo del enemigo para abatirlo en lugar de dispersarlo. ¿Qué tal si hablamos de la preparación académica de estos policías? ¿Y qué tal si contamos que su prestigio en los gimnasios se cuenta por patadas en la boca y caretos machacados?
La paradoja estriba en que los hechos relevantes de este caso corroboran, a mi entender, el fracaso rotundo de una forma de actuar que los adalides del marketing policial se encargan de ensalzar para enmascarar sus verdaderas limitaciones. Me explico:

1.- La actitud de la policía en cualquiera de sus versiones nacionales comienza a producirme una profunda desazón.

2.- Da exactamente igual si el joven muerto simpatizaba, militaba o actuaba en nombre de la izquierda abertzale. El caso es que alguien, consciente o inconscientemente, le arrebató la vida y deberá pagar por ello.

3.- A veces me pregunto cuánto debo explicarme para no tener que dedicar un folio a tratar de justificarme en temas de violencia en Euskadi.

4.- La palabra persuasión para muchos policías suele producir un picor urticante en sus musculosos cuerpos. 

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