La democracia tiembla en España

“Y así paso la noche yaciendo al lado de mi querida; mi querida, mi vida, mi novia. En su sepulcro junto al mar; en su tumba a orillas del mar” (Edgar Allan Poe)

Sopla un viento reaccionario en España (y en el mundo) que acojona. La estrategia es muy fácil: comenzamos haciendo concesiones a los voraces mercados y terminamos recibiendo una reforma laboral para que el empresariado pueda sellar el control político del país. Luego llegan los recortes sociales, el copago sanitario. Las grandes vergüenzas de un país socialmente en liquidación. Los neocons están encantados de conocerse y dibujan, sin ambages, sonrisas de satisfacción en sus orgullosas caras de vendedores de patrimonio. Qué asco, oiga.

Tenemos un gobierno que reúne todos los atributos para convertirse en los traficantes de ideas del nuevo Contrato Social: ambiciosos por el capital, devotos religiosos, leales al mercado y lucen bellas gestos de arrogancia cada vez que hablan de derechos sociales o laborales. En un excelente artículo, Pere Rusiñol explicaba no hace mucho tiempo los ocho derechos que el PP ha puesto en el despeñadero.
La idea de modernidad que nos venden los neocons en el poder (y el PSOE por abdicación de sus principios progresistas) es una estocada salvaje al valor práctico de las teorías de Jean-Jacques Rousseau. Y no hay nada más sencillo que comenzar por reducir los derechos de los ciudadanos y aumentar sus deberes. 
La monumental indignación que hoy prolifera camuflada de miedo por las esquinas de Europa, por corrillos y tertulias alejadas de los escenarios mediáticos, en barricadas griegas, es directamente proporcional a la rapidez con la que los tecnócratas vacían el sentido público de la política y el valor de la democracia. A los ciudadanos europeos nos están marcando con el hierro incandescente del neoliberalismo salvaje. ¿Cómo entender sino este rocambolesco giro hacia las cavernas de las relaciones laborales, del derecho a la huelga, de la responsabilidad social corporativa?

Porque el PP no habla jamás de los excesos del mercado, de las maniobras orquestales en la oscuridad de la economía global de especuladores sin escrúpulos, de los aviesos intereses secretos de las agencias de calificación, de la fuga de talentos al servicio público que se está produciendo en España, de la desigualdad creciente que padecemos. Dirigentes como Sáenz de Santamaría hablan de un peligro de intervención externa que está al acecho y ponen de referente a Grecia y los países latinoamericanos que han dicho no a las recetas de crecimiento de instituciones como el FMI.

No es de extrañar, por lo tanto, que pretendan liquidar buena parte de los bienes que el Estado, como equilibrador social, destinaba al bienestar de los necesitados, a la cultura, a la sanidad y a tantas otras áreas de la vida. Y es que lo que bajo ningún concepto van a poner en peligro, como se encargan de decirnos cada minuto estos especialistas del capital, es el modelo de vida actual sin que que pueda entreverse críticas a su discurso arrogante y vacío. Cualquier disidencia es convertida automáticamente en enemiga de la libertad, del progreso y de la recuperación económica.

Y para evitar que les lluevan piedras utilizan el “razonamiento” de la necesidad de las reformas para el desarrollo de la humanidad porque fuera de la sociedad de mercado -de un mercado sin rostro humano donde serán las grandes corporaciones  las que dicten las normas políticas o se las salten a la torera- no hay vida. Nada de sucios partidismos. En ese escenario estamos: en el despliegue de un nuevo modelo de desarrollo basado en la privación paulatina de derechos para gran parte de la población en edad de trabajar. Un mal que dibujan como necesario en estos tiempos negros de recesión o depresión pero que en realidad es la situación ideal para que los dirigentes actuales puedan mantenerse en el poder. La crisis es aliada de gente como Sánz de Santamaría, De Guindos o Rajoy. El problema es que este maximalismo revestido de miedo que nos obsequian cada vez que abren la boca también  devora parte de la verdad.

Ya lo advirtió George Orwell: el nuevo fascismo aparecerá invocando la libertad. Libertad para culpabilizar de los males a quienes no comulguen con las ruedas de ese molino neoliberal que están edificando. Esto demuestra que no hay mérito en ser intolerante siendo conservador. Lo que tiene valor de verdad es protestar en las plazas de España. A quien logre desafiar esta cruzada neoliberal en curso deberían condecorarle.

PD: Todo el apoyo del mundo para el canal de televisión local de Vallecas TeleK y Canal 33, dianas de la intolerancia de Esperanza Aguirre

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