Mineros

Cuando el ministro español de Industria, Juan Manuel Soria, puso en jaque a los mineros por el escándalo del ajuste presupuestario, se repitió hasta la saciedad que su decisión no se debía a una mala gestión de los dineros sino a que en este país en aguda crisis ya no hay razones para seguir extrayendo carbón a cuenta del erario público, de las ayudas. 
La sensación que provoca está reflexión es que sobran 50.000 personas de este país. Como si la extinción de la minería fuera un imperativo del progreso para un país económicamente muerto. Es cierto que el minero puede o no puede comprender el objetivo que busca el ministro de turno. Siempre han renunciado a entender de déficits presupuestarios, primas de riesgo o recesiones estructurales porque lo suyo es mirar a los ojos en las entrañas de la Tierra. 
Sólo saben que cuanto menos cueste un kilo de carbón, más cara estará su vida. Lo extraño es que se responda a estas políticas con tan poca contundencia en la prensa. Ellos, los mineros, caminan durante días desde Asturias y León hasta la sede del ministerio en Madrid, bloquean las carreteras de las Polas con barricadas incendiarias pero los medios de comunicación sólo les dedican una pequeña llamada en portada camuflada bajo el partido de “La Roja”. 
Esta Depresión económica puede tener mucho que ver con la eutanasia minera y el asesinato obrero. Desde que España garabatea su mapa productivo en los despachos de especuladores bursátiles, ni un solo minero ha tenido la oportunidad de defender su cultura en la prensa. O mejor dicho, lo ha tenido que defender desde una barricada y a hostias con la Guardia Civil ¿Cómo se puede defender el futuro de un obrero de Siero o el de un pescador de Bermeo, si para sentarse a una mesa en Bruselas es condición indispensable ser un ‘señoritingo’ burócrata que no entiende el lenguaje de la tierra ni la mirada del mar? 
Quizá el motivo sea que arrancar el carbón al subsuelo o cultivar patatas en Teruel sea ya algo marginal para nuestra rapaz civilización. Pero claro que existe tradición a trabajar la tierra en León y Asturias, como existe en la costa la costumbre de pelear con la mar en Gran Sol. El problema es que la idea de la modernidad tiene una arista que es hacer invisible a la tierra, sorda a la minería y mudo al mar. 
En Bélgica, donde hay una división social muy acusada entre flamencos y valones, con intereses muchas veces contradictorios, se tiene la sana costumbre de enviar negociadores alternativos según el asunto vital que se trate. Si se discute de los excedentes de la producción lechera, están los flamencos. Si el problema son las redes pelágicas, van los valones. En el Reino Unido pasa igual. La minería para los galeses, la agricultura para los escoceses y la industria para los ingleses. 
En España siempre andamos quién es el mejor preparado para discutir sobre cuestiones tan trascendentales. Al final va el político y la jode, claro, porque a su incompetencia natural para negociar estos temas pone su irrefrenable interés por defender a quien siempre gana: el capital privado.
Hay un libro de relatos de John Berger titulado ‘Puerca tierra’ en el que cuenta historias de pequeños campesinos en la Europa de los grandes monopolios. Y el genial escritor británico remata su obra con una frase que ilumina: “despreciar al agricultor como si fuera una antigualla, es negar el valor de demasiada historia y de demasiadas vidas”. Lo mismo puede decirse hoy de los mineros.
Fotografías: Emilio Morenatti
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