El cinismo de los guerreros (actualizado)

Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda aquí…, eso es todo.

Nunca tantas personas han creído menos en la política. El mundo está cambiando y algunos soñamos con un regreso a la Ilustración, a que la transformación radique en la ironía del lenguaje y no en la inventiva lingüística, en las pedradas del pensamiento único que más que combatir el terror del pueblo, lo incrementa. La política es cada vez más confusa, extravagante y peligrosa. Decía Ryszard Kapuscinski refiriéndose al periodismo, que el cinismo es una actitud antihumana, que aleja automáticamente de este oficio a quien la cultiva porque le aparta de la gente corriente. Eso mismo podríamos decir de la política.

La idea más generalizada en la calle es que vivimos sumergidos en un régimen de intereses económicos tan poderosos que a los ciudadanos sólo nos queda adaptarnos al poder del mercado para no ser expulsados de ese nuevo mundo en construcción. Es decir, ser cínicos e individualistas. 
Pero, ¿qué hay más separado del pueblo que los reduccionistas de lo social, que los usurpadores de la política que sólo consideran a la plebe material imprescindible cada cuatro o seis años, que los economistas que ignoraron los factores clave de esta crisis que hoy padecemos o, lo que es peor, que intuyendo lo que venía prefirieron ignorar los fallos del sistema para favorecer agendas políticas destinadas a laminar derechos y libertades de la ciudadanía? 
Parafraseando a Kapuscinski, la pobreza, la frustración que provoca las distintas formas de presentarse la necesidad y la desaparición paulatina de prestaciones sociales, se manifiesta cuando la ciudadanía siente que antes había esperanza y hoy ha desaparecido. La política ha capitulado ante el fundamentalismo del mercado y está despojando silenciosamente a los individuos del placer de sentirse protagonistas. El cinismo de los guerreros. La globalización ha dilatado la grieta que separa a ricos y pobres a pesar de que hoy nos brinden la posibilidad de ser testigos directos de las injusticias del planeta casi de forma inmediata. 
La regresión de la democracia aborta las esperanzas de un mundo mejor, al menos menos hipócrita y más trasparente. Como decía Marcel Mauss, “las formas humanas de intercambio no son reductibles a la ideología utilitarista”, a perder los sueños. 
La economía debería cambiar porque ha revelado enormes fisuras pero no hacia donde la dirigen los timoneles de este modelo de desarrollo basado en lo efímero, en el mercado, en la indiferencia. Contradiciendo a los pagados dirigentes actuales, un viejo liberal estadounidense llamado Henry Thoreau escribió que el pensamiento auténtico “es un caballo que cuando llega la primavera deja todo su pienso atrás y se lanza a galope a buscar hierba fresca”. 
Quizá aun somos capaces de demostrarnos, de manera ilustrada, que los más de 5 millones de parados no somos ni tan estúpidos como nos pintan ni tan vagos como algunos nos suponen. Va por usted, jodida señora Andrea Fabra, por ser tonta del bote.

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