El beso

 “De todos los animales, el hombre es el más cruel. Es el único que infringe dolor por el placer de hacerlo” (Mark Twain)
Esta mamá hipopótamo celebra con su bebé el placer matinal de un buen baño. El pequeño parece agradecérselo de la forma más natural que sabe: con un beso “hipohuracanado”. Ambos exudan ternura por todos sus poros y parecen sonreir. Pero todo es figurativo, producto de una mente racional como la nuestra. Lo que hace esta hembra de hipopótamo con su hijo es darle una lección. La primera y más importante es no acercarse a sus embrutecidos congéneres machos porque le aplastarán sin compasión con tal de mantener su privilegiado sitio en el río. 
La segunda, y no menos importante, es desconfiar de un animal bípedo con extrañas vestiduras: el hombre. El bebé deberá aprender muy bien el consejo porque su futuro dependerá de ello y no tendrá muchas oportunidades para comprobar el miedo de su sufrida madre. Cuando aparece, el hombre suele ser infalible. Se coloca a una distancia prudencial, apoya una rodilla en el suelo, se coloca un artilugio en el hombro y comenzará a expiarle a través de una mirilla. Luego escuchará un ruido que estremecerá la sabana, ¡ziang! y su cabezota puede volar por los aires entre los gritos guturales de satisfacción de otras bestias salvajes. Lo mejor es correr.
Desde 2006, el hipopótamo forma parte de la lista de especies en peligro de extinción. Cierto es que no ocupa los primeros lugares pero se ha sumado al grupo con decisión. La caza ilegal persigue su carne y el marfil de sus dientes y la industria maderera su hábitat natural. La ultimas estimaciones sugieren que entre 1994 y 2006, la población de hipopótamos como los de la imagen de hoy ha disminuido 7.20%. Se calcula que a día de hoy subsisten unos 150.000 ejemplares, especialmente en Zambia y Tanzania.
En la República del Congo, el gran paraíso de estos peculiares animales, han desaparecido el 95% durante los últimos 10 años. La turbulenta situación política en ese país ha contribuido a una caza indiscriminada y a la deforestación excesiva de vastas zonas donde el hipopótamo habitaba. Con estos datos en la mano resulta difícil entender cómo a esta madre y a su pequeño hijo aún les quedan ganas de reír y de besarse tan amorosamente.


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