Tempestades en el Cantábrico

La costa es la frontera entre la tierra y el mar. El más dinámico de los hábitats del planeta. Sus habitantes se enfrentan al reto de los cambios constantes y extremos. A las mareas descomunales. A crecidas espantosas. Sólo con mirar la foto se entienden los motivos. Casi a diario la tierra es azotada por olas que, a veces, adquieren proporciones colosales antes de agredir los promontorios con la fuerza de mil trenes de mercancías. Demasiada energía como para no transformarla en luz.

Cuanto mayor es la altura de las olas, mayor es la cantidad de energía que pueden extraer del viento, de forma que se produce una realimentación positiva y aumenta su velocidad. Y por extraño que parezca, miles de especies, entre ellas el hombre, dependen de estas perturbaciones para vivir o morir. 

Uno de los más espectaculares milagros se produce en las aguas del Mar Cantábrico, uno de las más violentos del planeta. Allí se encuentra el hábitat ideal para cientos de animales que cazan sin cesar desafiando los vientos invernales. 
Algunos pájaros, como la gaviota, se lanzan en picado contra el embravecido mar en busca de peces aunque pocas veces alcancen su objetivo. A otros, como el hombre, no les queda más opción que emprender una lucha agónica contra el oleaje atlántico para alejarse de tierra y pescar. Un esfuerzo titánico que pone los pelos de punta. 
Ahora, la mar lleva varias semanas enfurecida sin tregua. Desde cabo Roncudo en Galicia hasta cabo Higer en Euskadi. Una marea salvaje que los días de borrasca ruge como un león hambriento. Pero en la costa cantábrica, la mar, más que un medio de vida es una vocación. Y cuando no hay pesca o el tiempo se encabrona, no hay ingresos. Ahora, un temporal de tres semanas ininterrumpidas está dejando pegado en acantilados y playas una angustia infinita para miles de familias que dependen de la pesca para subsistir. 
Un marinero de Bermeo me dijo una vez que cuando las gaviotas no comen “cagan blanco y ahora yo cago blanco”. Una forma suave de explicar un futuro negro como la noche, un porvenir de migración que, a no ser que cambien las cosas, le llegará puntual como una marea lunar y sin un euro en el bolsillo.
Hoy, los puertos cantábricos han sido sellados para protegerse de tanta hostilidad marina. Diques rotos, barcos hundidos, media docena de muertos, comercios sumergidos. Cientos de millones de euros en pérdidas de todo tipo. El martes la marea subió enferma de ira. Como una galerna inesperada, tremendos nubarrones tiñeron de gris el fabuloso escenario. Un buque fantasma con miles toneladas de fuel en su interior llamado ‘Luno’ fue arrastrado sin piedad contra la costa vasca y estrujado contra las rocas. El resultado puede apreciarse en la fotografía. Un juguete roto en manos de un Leviatán que al menos perdonó la vida de su tripulación.
Pero la necesidad y la pena comienza a apretar el alma de los vivos. Para la fauna y flora del litoral vivir en un medio tan hostil es algo existencial. No podrían hacerlo en otro lugar. Para ellos, cada amanecer es un éxito y cada anochecer el momento para contabilizar sus naufragios. Exactamente igual que para el hombre del mar.
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