España secuestrada

Creer en las palabras grandilocuentes de un gobierno es un gesto de educación. El presente es tan hiriente que cualquier éxito debería traernos un beneficio colectivo, un respiro laboral, por muchas diferencias conceptuales que podamos tener. Ya lo dijo el dramaturgo rumano Eugène Ionesco: “Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen”. 
Sin embargo, los cineastas, el mundo de la ciencia, la sociedad de la información y de la tecnología, el famoso I+D+I, la juventud, los pequeños empresarios, los autónomos, los parados, los jubilados y un sinfín de sectores clave llevan varios años estupefactos en España ante las resoluciones de las quinielas político-sociales del jefe de Gobierno y su ejecutivo. 
La eliminación de gasto público y el incremento de los costes de la vida con triquiñuelas de trileros desvergonzados, léase el recibo de la luz por ejemplo, siembra de dudas el trabajo de miles de personas que aguardaban silenciosos una fumata blanca favorable con el que dar salida a angustias personales que en muchos casos están terminando en desesperación cuando no en suicidio. Léanse también las estremecedoras cifras que acaban de ser publicadas
No ha supuesto una sorpresa. En el lenguaje del actual partido en el Gobierno de España, la competitividad siempre se ha utilizado como sinónimo de reforma laboral y de moderación salarial. Neoliberalismo de matriz neoclásica. La inversión en educación, cultura y desarrollo es una tarea privada y, por lo tanto, inestable ante los vaivenes de los mercados. 
Los esfuerzos públicos en este tipo de áreas son vistas como inversiones escasamente rentables a corto plazo. No cotizan en bolsa. Quizá tengan razón y resulte mejor apoyar sin remilgos a empresas que mejoran las prestaciones de seguridad de misiones de “paz” como la que se produjo la semana pasada en Ceuta contra inmigrantes subsaharianos. Parece que entramos en un periodo en el que la clave está entre la bolsa y la vida. Quizá estemos confundidos pero lo que parece evidente hoy es que, por mucho que se esfuercen los dueños de las palabras, la vida en esta España secuestrada es insalubre y nada esperanzadora. Cierro comillas.
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