Striptease

Hace tiempo escribí lo que hoy me cuesta escribir. Mucho. Quería terminar una historia en la que ando pero no me llegan las ideas. Lo que ayer era el tema, hoy me parece algo lejano. Cuando se produce el cortocircuito entre mi cabeza y las manos sólo me queda el esfuerzo de superarme. Escribo porque vivo, pienso, y como estoy vivo escribo con el mismo ánimo que pondría en ascender una pendiente odiosamente vertical. Todo es más lento al principio y el teclado me parece la obra de un fakir. Duele apretar las teclas, queman. 
Vivo en Bilbao de tránsito y reconozco que algunas veces dudo si nacer tan cerca del arco de San Mamés fue una decisión acertada. Muchos dicen que tuve suerte. Mi abuela me lo repetía cuando era niño. Para ella, buena suerte era salir en bicicleta con otros niños y que todos regresaran heridos menos yo. O, como un día clamó mi padre con las manos extendidas al cielo: Suerte es que te despidan del trabajo y al día siguiente alguien te reclame para proponerte algo mejor.
Mala suerte es que te mueras de un cáncer fulmimante cuando comienzas a sentirte plenamente realizado, o tener un accidente de coche cuando vas a trabajar. Así se fue un buen amigo este año. Nos conocimos en el equipo de rugby del pueblo y eso deja huella.  
Me apasiona el rugby. A veces sueño que vuelvo a jugar pero mi sobrino ya me gana. Me entran sudores frios y entonces me despierto. Tengo el tabique nasal un poco torcido. Me la cinceló un cabrón que jugaba en el Ordizia de un puñetazo, aunque ya no me acuerdo de su puta cara. Olvido con facilidad ese tipo de caras y estoy contento de su obra.
Se olvidan los malos momentos. En una ocasión, los curas del colegio donde estudiaba llamaron a mis padres muy preocupados. “Su hijo se olvida de estudiar y tiene mucha inventiva. No sirve para esto”, les dijeron. El disgusto inicial fue colosal. Debía de tener unos 12 años. Con el tiempo reflexionaron y no se resignaron. Me sacaron de aquel centro que para mi era un antro de intrigas palaciegas. Es verdad que veces se me ocurren ideas pero pocas veces aportan beneficios. Soy un desastre para los negocios, lo reconozco, tengo la mesa de mi escritorio llena de papeles desordenados y pierdo en los juegos de azar. Mañana, por cierto, tengo apalabrada un partida al Risk. 
Las balas que matan son las que no oyes pasar. Las que hieren suenan como el chasquido de un alambre en el aire. A Abel Ruiz de León casi le vuelan la cabeza en Bagdad por transmitir una crónica en directo para el programa de Gabilondo. Todos apostados en la otra acera gritándole que se tirara al suelo y él, nada, más erguido que un chopo a ver si le acertaban. Hoy prefiere no contar aquello. Lo ha borrado de su mente. 
Hay un cuento de Lord Dunsany en que los personajes dicen a modo de despedida: “Hasta que el recuerdo vuelva al corazón del hombre”. Yo recuerdo que mi padre se compró un coche verde. Era su sueño y lo disfrutamos todos. Al poco tiempo de estrenarlo, le detectaron cáncer. Cuando ya no pudo conducir me lo cedió y el primer día el volante miré el cuentakilómetros: 483 km. Me pareció que el destino trampeaba con él. Eso tampoco se olvida. La vida posee un cincel imaginario que graba mensajes en la corteza del alma. Pocas semanas después de aquello mi padre falleció pero tuvo un entierro de rey, al aire libre, con las golondrinas jugando con el viento y un cielo turbulento que parecía un óleo de Turner. Un día de realismo mágico inolvidable. Y eso es lo que hay.
Epílogo. Algún día iré a Nueva Zelanda y este striptease mental me ha sentado de maravilla.
“Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. (…) El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío”
Carlos Piera, a Tomás Segovia. En el libro de Alberto Méndez, Los girasoles ciegos


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