El miedo a lo desconocido

La peluquería es un palco excelente para escuchar el murmullo callejero sobre el momento. Y el momento para la gente es opinar de Podemos, prestar más atención a Grecia, abrigarse del frío invernal y continuar como bien pueda su camino por la vida. Sin nombres ni cifras pero con corazón.
En la silla de al lado hay un hombre, pienso que jubilado, con el pelo a medio tintar. Habla con franqueza acerca de la posibilidad de un cambio político en España y de los riesgos que acarrea. Cita al presidente del BBVA, a Alemania y, como no, a Grecia, su referente mental de lo que puede suceder aquí. Para él, Ángela Merkel es “la Rottenmeier esa” y el nombre de Tsipras muta en un explosivo “Kipras”, A Rajoy lo enviaba a reeducación ipso facto y de Pedro Sánchez, en fin, “pobre Pedro Sánchez”, dice.
La peluquera, que ha encajado el envite con profesionalidad, se lanza al contraataque mentándole a la madre “del palurdo del coletas” y a esa masa de “chiquillos con ganas de joder”. Es entonces cuando da comienzo un bello combate. 
Tras un intercambio de golpes lingüísticos más bien sucios, la peluquera saca a relucir su enorme experiencia en este tipo de reyertas haciendo uso de los pronósticos demoledores: “La alemana dice que para gobernar hay que tener experiencia y éstos de Podemos, ¡que nos llevan a la ruina! ¡que lo dicen en la tele, por dios! 
La pelea está ahora en el centro de un imaginario cuadrilátero. El señor embadurnado no se amilana ante el sorprendente argumento de su peluquera,  y le devuelve el golpe con un nítido “¿y esperas creer a los mismos que nos trajeron esto? ¿A los mismos que han robado todo lo que han podido?”. El veredicto es incierto pero no cabe duda de que la peluquera ha sentido el directo lanzado por su cliente y amigo. 
El tono ha subido varios grados pero ninguno olvida el motivo que les tiene encarados dentro de una peluquería. Una sigue tiñendo, el otro recibe el tinte con pasión juvenil. Ya no recuerdan cómo empezó el debate pero parecen decididos a aplastar a su oponente y, por el momento, todavía amigo.
“Hay miedo a lo desconocido, a que ganen y tengamos que esperar cuatro años para volver a cambiarles”, contemporiza la peluquera, cuya ofensiva comienza a dar los primeros síntomas de flaqueza. Quizá es una maniobra inteligente para apagar el incendio. “Pero también hay miedo a quedarse sin nada, a otros cuatro años de tiempo gris”, responde obstinado el hombre que quiere que termine de camuflar sus canas. 
Asoman los primeros indicios de que la escaramuza acabará en un armisticio. Los dos se prometen rezar para que los griegos consigan su propósito. “No me cae bien la Rottenmeier esa”, reconoce el señor que, a estas alturas, ya tiene el pelo tintado de negro aunque todavía húmedo. “A mi, ¿Kipras dices que se llama?”, pregunta la peluquera. El hombre asiente complaciente. “Digo que Kipras no me parece lo serio que se le supone a un presidente. Los presidentes van con corbata”. 
Por primera vez, el señor del tinte le pide que termine, que ya va siendo hora. Tiene el rostro congestionado. “¡¿Que no te parece serio, dices?!. Y Rajoy, ¿qué te parece?”, exclama son síntomas de sofoco. 
El resto no tiene ya mucha historia salvo la despedida. “Mira, reconozco que no entiendo de política pero estoy harto de todo”, dice el hombre de pelo, ahora sí, negrísimo y sequísimo. “Ni yo y te digo que no creo a los políticos. A ninguno. A Rajoy al que menos”, sentencia la peluquera. Luego me mira con una sonrisa enigmática mientras juguetea con las tijeras que tiene en el bolsillo. Es mi turno.
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