Mala conciencia

“La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria. El hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad”
Joseph Conrad
©James Nachtwey
El hambre. El gran jinete del Apocalipsis continúa paseándose a galope por buena parte del mundo en pleno siglo XXI. En América, en Asia, en África y también en Europa. Resulta difícil poner palabras a una de las mayores infamias de la humanidad de la que todos, de alguna manera, somos un poco culpables. Seré sincero: La elección de esta foto de James Nachtwey pretende herir la sensibilidad del observador.

El motivo del autor para apretar el botón del obturador fue provocar una reacción, un cambio de actitud en aquellas sociedades a las que superabundancia les ha insensibilizado frente a unas temáticas que ni les impone ni las rebela. Un moribundo en África es un moribundo alejado de nuestra casa. Poco más. Un muerto es un simple número dentro de una pantalla de televisión.

Convivimos a diario con ello y nos hemos inmunizado ante el espanto, en gran parte, porque asumimos que representa al lado más perverso de la globalización. Ahora pongamos la secuencia de la ciudad siria de Homs, que podría ser también Alepo o cualquier otra que todos los bandos han destruido durante cinco años de guerra:

¿Qué nos provoca? La primera sacudida, probablemente, es de incredulidad. Como si lo que nos muestra fuera la introducción a un videojuego de guerra. Lo vivimos como un estado natural de la cosas, con la resignación de que nada podemos hacer para evitarlo porque el destino de sus habitantes está en las manos sucias que hoy se disputan el control del planeta.

Así es el mundo. Unos arriba y otros abajo, sazonado todo con unas pequeñas dosis de mala conciencia.

El hombre de la foto es un despojo humano a punto de cruzar el umbral de la muerte. Basta con que echemos un vistazo detallado a su rostro afilado, a esas extremidades finísimas y quebradizas, a los omóplatos salientes como los de un recién nacido, las costillas marcadas que semejan una triste marimba y ese vientre tan hundido que parece que ha empezado a devorar su propio cuerpo. Es la pura imagen del fracaso humano, el reflejo obsceno de lo que puede hacer la humanidad por codicia y egocentrismo.

La ciudad de Homs (o Alepo o cualquier otra población de Siria rodeada por los frentes) es un escenario devastado por las bombas. Inhumano, fantasmagórico y demencial. Un cuadro de la infamia más absoluta cometida por el hombre contra el hombre durante cinco años de guerra. Algo inaceptable en sí mismo pero que por su extremada dureza produce sorpresa.

Pero ambas situaciones representan el ejemplo granado de nuestra humana obra, del horror que producimos y de la vergüenza que ocultamos si dedicamos un sólo segundo a la reflexión. La explícita fotografía de Nachtwey sobre la humillación humana tiene un sentido: fue tomada en Sudán en 1993 para evitar el olvido dos décadas después. La secuencia de Homs podría ser una respuesta a lo que en Europa se conoce como “el problema de los refugiados”. Da igual de donde proceda y cuáles sean sus intenciones. El horror es el horror.

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