Mientras estuve con Ana (Capítulo II)

Bajo el puente (II)

Foto de Nicolás

Mi pareja regresó a casa al atardecer. Había salido dos horas antes de que llegaran los policías para pasar la mañana con su madre y yo me alegré de que no estuviera presente. Empezaba a entender cuál era mi papel en aquella historia y simplemente quise ahorrarle una preocupación innecesaria. Martina y yo compartimos casi todo pero este caso, con un cadáver en el maletero y una investigación hurgando en mi pasado, terminaría derribando su resistencia y con ella, nuestra confianza. No es quisiera engañarla sino que preferí mantenerla al margen hasta descubrir los cabos que se encontraban sueltos con los que construir mi propia explicación. Era inevitable que tarde o temprano terminaría enterándose. Así que decidí que era mejor callar mientras fuera posible. En cierto modo, Martina también forma parte de esta extraña ecuación.

Este era el primer invierno que pasábamos en Durango. Cuando llegamos a la casa, contemplamos con desazón su deterioro pero en lugar de desanimarnos, sirvió para afrontar con decisión los arreglos de una forma casi artesanal. Las paredes estaban desconchadas, no había muebles, las ventanas, viejas y apolilladas, no se cerraban. Las cañerías estaban rotas y el jardín, de cien metros cuadrados, estaba tan abandonado que parecía un bosque salvaje. El lugar era magnífico. La casa tenía dos pisos bien iluminados con un mirador privilegiado al Monte Amboto, una roca de mil metros ideal para la escalada. Otro gran atractivo era su aislamiento del pueblo, cuyo centro se encontraba a cinco kilómetros que había que recorrer por un camino endiablado. Martina utilizaba una motocicleta para ir hasta la escuela donde cada mañana daba clase de inglés a estudiantes de primaria y que duplicaba tres tardes a la semana con adultos. Eso nos reportaba una seguridad económica fundamental en un momento en el que yo escribía de forma eventual para algunas publicaciones.

Este retiro voluntario fue lo que también llamó la atención de los dos inspectores que me habían visitado. Querían conocer los motivos que me habían empujado a abandonar mi presencia cotidiana en la prensa para dedicarme a escribir sobre viajes a lugares lejanos y algún reportaje aislado sobre la actualidad. ¿Por qué llevaba mi viejo número de teléfono una persona que no conocía?, dijeron. Precisamente porque soy periodista y mucha gente guarda tu contacto sin tener ni idea de quién eres. Leen tus artículos y algo de él toca una cuerda del fondo de su alma. A veces sucede que esa persona está loca y entonces te conviertes en una parte de ella, en su referencia con la realidad. Tu firma en un periódico es algo misterioso, añadí. En el momento que sale de la imprenta y se coloca en el quiosco, cualquier cosa puede ocurrir y no puedes hacer nada para evitarlo.

Menciono estas cosas porque es así cómo lo recuerdo. Recostado junto al mirador de la casa, observando como las nubes van cubriendo la cima de la montaña y comienza a llover. Durante los años que estuve con Ana hubo días de tormentas como éste, días que nos abrieron el corazón y revelaron algunos oscuros secretos. La primera vez que la vi estaba descalza. Han transcurrido algunos años ya pero no me cuesta revivirlo siempre que lo deseo. Fue un viernes por la tarde, en septiembre, y los dos habíamos sido invitados a una charla sobre el declive del periodismo en el cine de Durango. Yo conocía a Ana a través de fotografías, suyas o en las que salía ella, todas excelentes, de viajes por Japón y reportajes en África, pero la persona que me encontré era totalmente distinta a la que había imaginado. Era una mujer fuerte, más bien baja, con el pelo siempre corto y una mirada intensa, a veces fiera, a la que no se le escapaba ni el más mínimo detalle que pasara ante sus enormes ojos.

Se detuvo en la puerta durante unos instantes examinando el vestíbulo del teatro, casi vacío aún, y giró la cabeza.
 -Supongo que eres Jon Amézaga ¿no?
 -Supongo que sí -dije-. Y tú debes de ser Ana Morgado.

 -La misma -respondió-. Se acercó hasta donde yo estaba sentado y me dio un beso. Me alegra saludarte -añadió-. He oído hablar mucho de ti últimamente y tenía muchas ganas de conocerte.

Así fue como empezó nuestra relación, sentados en aquel teatro todavía desierto que esa misma noche extendimos por los bares invitándonos mutuamente hasta que me quedé sin dinero. Ahora que Ana ya no está, me resulta insoportable pensar en aquella noche de felicidad, de sueños. Recordar el humor y la inteligencia que irradiábamos en aquel primer encuentro. Por eso me cuesta tanto imaginar que aquella mujer tan generosa con la que compartí más que una jornada inolvidable era la misma persona que la noche anterior habían encontrado dentro del maletero de mi coche. El viaje debió ser tan horrible, tan cargado de sufrimiento, que no puedo pensar en ella sin ponerme a llorar.

Soprano: Elzbieta Towarnicka
 
 
 

 

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