La montañas de la Luna

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Observad la imagen. Este es el lugar donde un pastor egipcio llevaba a beber a sus cabras. Es el río Nilo y en esta zona no hay cocodrilos. El pastor se llama, o quizá se llamaba, Moussa. Tenía 25 años y anhelaba estudiar veterinaria cuando la vida era visible en su país.

Moussa tenía el pelo negro y revuelto, y era el propietario de unas pupilas que salían de sus ojos como dos cuerdas aferradas a la realidad. Vivía en una humilde cabaña a orillas del Río Nilo, un hogar que él convirtió en un centro de cura para animales y hombres. Hoy me he acordado de él. Desapareció durante la revolución que derrocó al tirano Hosni Mubarak. Nunca más he sabido de él.

Puede que se encuentre en El Cairo. Puede que no. Una vez me contó que su sueño era remontar este cauce milagroso y llegar hasta las Montañas de la Luna para allí descansar. Pero siguió en su mundo, con su sonrisa y sus enormes ojos clavados en estas aguas turbulentas que cuando soplaba el viento convertía las gotas de humedad en un juego de dardos con las caras de los vivos.

El escritor surafricano J.M. Coetzee, escribió en su libro ‘En medio de ninguna parte’ que “el hombre se odia solamente por no atreverse a amar”. Moussa amaba este río. Hablaba con sus peces. Sonreía a las cabras. Acariciaba los árboles. Si esto es así no entiendo porqué nuestros ojos sólo ven tinieblas.

Fatoumata Diawara

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