Mientras estuve con Ana (Capítulo III)

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Ana tenía entonces 38 años y la fotografía era para ella lo más parecido a una competición. Una carrera de fondo entre los deseos y su articulación, lo que a veces se convertía en un muro casi infranqueable que arruinaba su estado de ánimo. Tenía un archivo privado que en nada se parecía al que mostraba en público. Un material excelente donde las imágenes se emparejaban de manera asombrosa con historias alucinantes. Lo que para mi suponía un esfuerzo narrativo agotador, para ella no era un problema. Atrapaba la esencia de la historia en unos minutos de observación y rara vez se equivocaba. Cada imagen tenía una disposición tan apropiada que daba la sensación de que poseía la misteriosa llave que abre el túnel secreto entre la cabeza y las manos. Sus inseguridades eran de otro orden, más relacionadas con la inconsciencia de su propio talento y con una insoportable infantilidad emocional que la paralizaba en terribles pesadillas producidas, casi siempre, por su predisposición a confundir pensamientos con hechos.

En una ocasión me echó de su casa por un asunto trivial, carente de importancia, un malentendido doméstico por el que no hubiera merecido la pena discutir ni dos minutos. Ocurrió casi un año después de conocernos. Unos amigos nos invitaron a una fiesta en la playa. Llegamos tarde, cuando el jolgorio ya se encontraba en todo su apogeo. Por pura casualidad coincidimos con Berta Manrique, la editora jefe del principal diario local y a la que conocíamos por una serie de reportajes sobre América Latina que habíamos hecho juntos.

Nos pusimos a hablar de proyectos de forma frenética hasta que notamos que Ana no estaba. Fue cuando Berta, una mujer seductora con mucho alcohol corriendo por sus venas, aprovechó para iniciar un ingenioso juego provocativo que me resultó incómodo. Entre bromas y burlas, me abrazó con la suficiente fuerza para que notara sus pechos restregándose sobre mi espalda mientras con su mano izquierda estrujaba mi nalga. Fue un momento brevísimo pero lo suficientemente impertinente como para separarme de su lado y buscar a Ana.

Berta se quedó mirándome con una expresión de sorpresa. No pasó nada más. Unas horas después Ana y yo llegamos a casa. Hicimos el amor, dormimos y a la mañana siguiente desayunamos. Más tarde, lo que se presentaba como una soporífera velada de resaca, se tornó en una batalla campal. No recuerdo qué dije pero debí rozar una de las cuerdas que ese día ahogaban su existencia porque desplegó toda la artillería pesada y comenzó a dispararme sin compasión. Llegó a lanzar las zapatillas contra la pared y a apuntarme con su puño cerrado en medio de reproches incoherentes hasta que de repente soltó: “Y también vi cómo disfrutaste del abrazo de Berta. Llámala. Estará deseándolo”. Ana no se había perdido la noche anterior, como pensé, sino que se camufló deliberadamente entre el gentío para estudiar mis reacciones a las esperadas envestidas de Berta. Era una de las maneras que tenía de golpearse duro, de soliviantar a su herido ego, de restregarse sin rubor por ese mundo de la humillación que tanto la angustiaba. El incendio ya estaba fuera de control. Me agarró del brazo y me echó de su casa.

Pero también sabía mostrar su rostro sociable de forma impecable. La noche que nos conocimos en el teatro compartimos cervezas con sus amigos, un grupo de lo más variado en el que también estaba Martina, mi actual pareja. Según me confesaron, apenas tenían relación pero parecían haberse tratado desde la infancia. Compartieron risas, copas y alguna que otra confidencia pero, sobre todo, coincidieron en amargarle la velada a un tipo con aspecto de jugador de rugby y un humor inteligente que cautivaba la atención de todos.

Aquel tío se llamaba Tomás Biesteri, trabajaba en una fundición de Bilbao y, según supe poco después, mantuvo relaciones ocasionales con las dos. Hablo en pasado de él porque es probable que ahora tenga otro nombre o, quien sabe, quizá esté muerto. Tomás había salido de la cárcel tres años antes después de cumplir 11 años de condena por participar en varios atentados de ETA. Su discurso era singular pero se las apañaba para esquivar los temas de política y mostrar una admiración sin pliegues por el trabajo de Ana, con quien mantenía constantes desafíos intelectuales. Para ella se trataba de una fuente de información privilegiada sobre un mundo que se movía en las sombras y que de alguna manera deseaba descubrir. Todos lo sabían y a todos les parecía normal. Menos a mí.

Con Martina su juego era más físico. Aquella noche estaba radiante, vestida con un ceñido vestido negro que dejaba ver su espalda desnuda y unas largas piernas que los zapatos de aguja hacían interminables. Era notorio el deseo de Tomás por la mujer que hoy amo y hasta es probable que aquel día acabaran juntos en la cama. Nunca se lo pregunté y dudo mucho de que algún día me lo cuente. Ya no importa. Es un pasado que enterramos en cuanto descubrimos lo que Tomás escondía bajo aquella máscara de seguridad que se había fabricado.

Comenzamos a intuirlo algunos años después, cuando Ana ya sólo era un hermoso garabato en el libro de mi vida. Solía verme con Martina en Durango donde, poco a poco, fuimos conociéndonos hasta enamorarnos. Un día íbamos de bares, otro al monte con su perro, alguna vez cogíamos el coche y nos fugábamos un fin de semana.

Una mañana fuimos a Ibardin, una colina que separa Navarra de Francia desde donde se puede ver la costa casi con la misma precisión que los Pirineos. Nos pusimos a caminar sin rumbo fijo por un frondoso sendero hasta que el cielo se cubrió de nubarrones y rompió a llover. La niebla echó su enigmático telón hasta el punto de que casi nos perdimos. No veíamos más allá de cinco pasos pero llegamos a un pequeño refugio para montañeros. Y allí, en un recodo protegido del porche, escondido tras un tronco hueco, oímos un lamento. Era el de un hombre que sentado de espaldas sólo alcanzaba a balbucear algunas palabras arrasadas por las lágrimas.

-“Qué jodidamente fea es esta puta vida”, repetía y repetía de manera entrecortada hasta que el sobresalto de vernos cortó su lamento.

Era Tomás Biesteri y el motivo de su pena procedía de un encargo detestable por el bien de su familia y que estaba obligado a cumplir. No nos dijo de qué se trataba con claridad pero sí que le llevaría algún tiempo, que debía dejar el trabajo en la fundición y que era en el extranjero. “Un asunto de importación”, sentenció con cierto desdén. En unos minutos volvió a ser el Tomás que conocimos, alegre, inteligente e irresistiblemente seductor con Martina pese a que conocía de sobra que manteníamos una relación. Bajamos de Ibardin a Bera de Bidasoa, le invitamos a un caldo caliente en una cantina con chimenea frente al caserío que un día habitó Pío Baroja y, tras una larga conversación sobre recuerdos compartidos, le anunciamos que era la hora de regresar a Durango. Tomás prefirió quedarse allí. Y bajo el fondo grisáceo de aquella fría noche crepuscular vimos alejarse su silueta, alta, atlética, el cuerpo de un jugador de rugby, conscientes de que también nos desvinculábamos de un terrible misterio.

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