Mientras estuve con Ana (Capítulo IV)

raining

Ha pasado ya una semana desde que encontraron el cadáver de una mujer en el maletero de mi coche. Lo único que han averiguado es que fue estrangulada antes de que desfiguraran su cuerpo. Un agente me ha llamado esta mañana para decirme que, pese a los avances de la investigación, su identidad continúa siendo un misterio. Mi coche, un Seat Altea negro, ha sido desmontado en la base de la policía científica. Me comenta que es el último recurso para encontrar una huella. No tengo dudas de que al final aparecerá algo.

Vuelve a llover en la montaña. Días como el de hoy abren las mazmorras de esa melancolía que me tiene enredado como una serpiente al tronco de un árbol. Ahora que intuyo que jamás volveré a ver a Ana me resulta doloroso pensar cómo era, su pragmatismo salvador, la forma de explicar las cosas y esa extraña habilidad para volver trascendentes asuntos sin importancia. Recordarla me provoca un vacío insoportable pero necesito contar esta historia hasta dónde alcanzo a saber, porque de lo contrario estaría traicionando la memoria de una persona que amé con pasión pero también con desgarro.

– Hasta hace dos meses nunca había oído hablar de ti. Primero, encontré un reportaje tuyo que publicó la revista News cuando buscaba documentación sobre las bandas juveniles en Colombia. Me pareció excelente, bien hilado y con mucho curro detrás. Sin embargo, no me convencieron las fotografías. Creo que eran de John Caviedes, un tipo que piensa más en el arte que en la información, aunque claro, está dónde está por algo y sabe moverse en esa jungla. Dos semanas después me llamó Berta, la editora del diario, para proponerme un trabajo sobre ETA, sumergirme en el lado oscuro de un mundo en el que nadie ha estado, todo muy peligroso y sombrío. Me dijo que iba a intentar convencer a un buen tipo para que me acompañara en esta ocurrencia. Un periodista que no está pasando su mejor momento -me añadió- pero con ganas de regresar al periodismo de siempre, el de las buenas historias. Y mira por dónde esa persona eras tú.

– Así que es eso lo que me ha traído hasta este teatro, ¿no? -dije un tanto sorprendido por tan exagerado elogio e incapaz de matizar la completa información sobre mi que desplegó casi de memoria. Era cierto que no pasaba por un momento estelar pero aquello era algo que mi estúpida vanidad había encerrado bajo los cerrojos de mi vida. Llevaba meses sin proponer un solo artículo de interés, un tanto perdido, alejado del ruido, planteándome seriamente cambiar de país y de profesión. Quería resetearme por completo, como si fuera un ordenador fastidiado. A unos les fallé yo y otros me dejaron tirado después de cerrar el periódico en el que trabajé. Sin embargo, cuando quieren saber de uno no hay puertas blindadas tras las que esconderse. Ana sabía que aquella propuesta me despertaría del letargo en el que me encontraba.

– Bueno, puede que la conferencia no haya salido como esperábamos. El teatro ha estado medio vacío pero mira el lado positivo del tema. Por fin nos conocemos.

– Puede que la ocurrencia de Berta de la que me hablas sea sólo eso, una ocurrencia más de las muchas que tiene, pero por si acaso prefiero esperar a que ella me la proponga en persona, más que nada para saber en qué consiste. Por lo menos sabré si puedo contar con agarraderas cuando me flojeen las piernas –añadí intentando camuflar los efectos del subidón aeroespacial que me produjo aquella propuesta.

– Me alegro de que primero quieras considerar los riesgos que conlleva pero te adelanto que serán muchos. Es más, te diría que puede convertirse en un tormento. Tú decides pero piénsalo con detenimiento.

– Te agradezco tanta franqueza, Ana, pero imagino que también tendrá su lado positivo. Nadie en sus cabales elige para si mismo embarcarse en el sufrimiento extremo, ni siquiera por una causa justa.

– Según lo mires, Jon Amézaga, pero te confesaré algo. Estuve casi cuatro meses sin salir de Libia durante la guerra que terminó con Gadafi. Viajé por todos los frentes sin cesar. Hoy en Bengasi o Misurata, mañana en Trípoli o Sirte. Un día, cerca de Nalut, me despertó una mujer en plena noche. Estaba muy nerviosa. Hablaba muy bajito, para que nadie se enterara. Me pidió que la acompañara hasta una pequeña presa que acababa de ser bombardeada. No entendía nada de lo que decía. Ella insistía en que entrara en una humilde cabaña que había allí, un hogar que supuse que era el suyo. Al principio no veía nada hasta que, por fin, descubrí en el suelo una pequeña trampilla camuflada entre alfombras hechas a mano. Al abrirla me encontré con cinco cuerpos colocados uno encima de otro en posiciones inverosímiles. Todos sido habían sido torturados hasta la muerte. La escena era tan espantosa que no pude sacar ni una foto que sirviera al menos para denunciar aquello, para que el mundo supiera las atrocidades que se estaban cometiendo. Lloré de dolor, Jon. Al día siguiente decidí irme de Libia porque entendí que ya no podía continuar trabajando allí. Me había involucrado demasiado. Volví con mi familia, con mis amigos, y me refugié en su cariño para liberarme de un cúmulo de cosas que ya empezaban a pasarme factura. Salí de allí para volver a ser otra vez yo misma. Tuve esa suerte, cariño. Es posible que lo que ahora nos propone Berta no alcance aquellas cotas de crueldad pero si entramos es posible que no se nos presente la oportunidad de renunciar y que tengamos dificultades para encontrar la puerta de salida. ¿Comprendes a lo que me refiero?

– Creo que sí aunque la cuestión podrías haberla planteado en otros términos. Incluso puede que te equivoques al planteármelo así.

– De acuerdo – dijo Ana, dando una palmada en su pierna. Me apetece tomar una cerveza. Estoy empezando a animarme después del fiasco de esta conferencia. ¿Qué quieres tomar?

– Lo mismo que tú –respondí atónito.

Creo que nadie ha logrado desarmarme de la forma que lo hizo Ana aquella noche. Percutió como un martillo contra mis defensas y fue derritiendo una por una las ilusiones que ya me estaba haciendo. Las dudas que me asaltaban, repentinamente, se hicieron grandes como casas. Aquella era su manera natural de actuar ante este tipo de asuntos. Un comportamiento descarnado, quizá, pero también franco. Te ponía al límite frente al inexorable tribunal de tu propia existencia y una vez logrado su objetivo, se retiraba paciente a esperar tu decisión.

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