Café Unión, una vida plena

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Jorge fue uno de esos personajes imaginarios que un día se sentó en la silla de una taberna y se quedó toda la vida. Cuando aterrizó en Madrid, hace más años de los que quiere recordar, se encontró con una ciudad áspera e indescifrable. Un amigo de la infancia, el profesor Antúnez, le explicó que no se consternara, que llegaría un día en que no podría pasar sin ella, que descubriría los insondables misterios que este emporio de algarabía urbana encierra y, entonces, algo cambiaría de repente.

No tardó en ocurrir. Una noche le invitaron a cenar a una casa en el barrio de los Austrias. Había vino pero no cervezas. Eran más de las doce, pero eso no amilanó a Jorge que se echó a la calle y empezó a recorrer sus estrechas callejuelas. Arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que encontró lo que buscaba. Después de salvar barricadas sonoras y resistir las embestidas de algún músico noctámbulo, se topó con el Café Unión escondido en una esquina con aroma a pizza recién horneada.

El Café Unión resultó ser como el bar de Casablanca, donde músicos, profesores, periodistas, pintores, vagos, escritores, carniceros, taberneros, vividores, políticos y espontáneos de toda laya aprovechaban, sin duda, para regresar al interior de un espejo imaginario, como el de Alicia, el que nunca debieron abandonar. Allí tomaban cócteles extravagantes o simples cervezas -“tercios”, gritaban los embriagados-, y reían y reían mientras sembraban las paredes de palabras.

Entre la sorpresa y un cierto espanto, Jorge creyó en su buena fortuna al encontrar aquella cueva mágica en medio de una ciudad enorme como Madrid, que primero hay que entenderla si después se desea conquistar. Y aunque es cierto que en el Café Unión nunca hubo un piano ni una Ingrid Bergman que dijera “tocalá otra vez, Sam”, todos los que aquí bebían se lo imaginaron en más de una ocasión. No había duda. “Ponte otra, Fernando”. Jamás faltó una voz dulce a la cita.

El Café Unión subsistió presa de una voluntad febril y de barra de madera que multiplicaba las risas y saldaba las lágrimas que a lo largo de sus 34 años de historia pudieron verter sus insignes bebedores. Hablo en pasado del Café, querido lector, porque desde hoy se ha mudado al infierno. Una víctima más de está crisis exterminadora que, además de borrachos, produce penas. Era el lugar del eterno deseo, el rincón donde los aspirantes sentían que la vida, a veces, puede colmarse de gloria. Fuego para el gélido ambiente crepuscular que muchas noches después, cuando la soledad quema, también acompañó a Jorge.

Es por todo esto que el Café Unión habría sido un lugar ideal para que Tennesse Williams hubiera encontrado la escuela para su Blanche en ‘Un tranvía llamado deseo’. Reconfortaba, sin duda, comprobar cómo la gente consolaba aquí a los desconocidos. Tal vez ésta sea una razón de peso, la más importante al menos, para que sus puertas no se cierren nunca. Al menos no en mis recuerdos. Porque ahora que ya no quedan Palacios de Invierno que asaltar y que las palabras razonables las disuelven los vientos de guerra, si un día abriera la bodega de su memoria muchos, como Jorge y como yo mismo, nos entregaríamos gustosos a la misma locura que atacó al Ulises de Kafka, la del silencio de las sirenas.

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