Ballenas en peligro

imagenes-de-la-ballena-yubarta

La fotografía muestra a una ballena yubarta, una criatura fabulosa de 16 metros de largo y 36 toneladas de peso. La imagen registra el momento previo al clímax del cortejo sexual que cada año se produce en aguas del Atlántico Sur, cerca de la Antártida. El juego es apoteósico, un espectáculo único. El macho tiene la costumbre de llamar la atención de la hembra de una manera tan aparatosa que le convierte en cebo para la avidez de un gran depredador: el hombre.

Desde 1986 rige una moratoria a la caza de cetáceos. Un parón que ha servido para dar una tregua al futuro de estas especies y, de paso, para abrir una puerta a la creación de una zona de exclusión a los balleneros. Sin embargo, desde el pasado año todo esto se tambalea. La Comisión Ballenera Internacional (CBI), el organismo mundial que se encarga de cuidar a las poblaciones mundiales de cetáceos y que está integrada por 88 países, ha decidido posponer para otro momento estelar la conversión de la Antártida en un lugar de recreo para estos enormes animales. Una zona libre de arpones y mataderos flotantes. Un santuario para estos gigantes del mar.

A pesar de los esfuerzos y las grandes esperanzas depositadas en la 67 ª reunión de la CBI celebrada el pasado año en Florianópolis, Brasil, la cumbre concluyó con un nuevo fracaso. La propuesta no obtuvo los dos tercios de votos que necesitaba.

Japón, Dinamarca, Islandia y Noruega lo impidieron. En realidad, ninguno de ellos aceptó nunca la moratoria en vigor y han seguido cazando en aras de una cultura alimenticia ancestral. El pasado año, los noruegos cazaron 536 ejemplares para usos comerciales. Los islandeses, 38; y los japoneses, 507. Y para el próximo año anuncian una guerra abierta. Tokio, por ejemplo, que se ha dedicado durante las últimas décadas a comprar voluntades con ayudas al desarrollo y sobornos a países africanos o a Estados que ni siquiera tienen salida al mar, ya ha anunciado que no permitirá que grupos ecologistas torpedeen su implacable trabajo de caza. Advierte que hundirá los barcos molestos porque su actividad no es comercial sino “científica”, una manera de encubrir el ojo tuerto de la mentira.

A la yubarta de la fotografía sólo le queda una opción para sobrevivir: ser discreta en el amor porque el perverso juego del ratón y el gato ha comenzado. Y ella, pese a su enormidad y poderío, es el ratón.

Anuncios

Malaspina, el explorador ilustrado

alejandro-malaspina

Fue un marino listo. Un lobo de mar. Alejandro Malaspina fue el buscador de gloria perfecto en el momento perfecto, en los tiempos de la expansión colonial. Seductor, líder, comprometido, culto, riguroso, osado y, sobre todo, muy vanidoso. Nació cerca de Parma en 1754 y con 19 años ya era cadete de la Escuela de Guardia Marinas de Cádiz, lo que le permitió participar en combates navales donde pudo demostrar a sus superiores militares el valor que atesoraba para enfrentarse a pruebas extremas. Capitaneó la fragata Astrea, que dio la vuelta al mundo entre 1777 y 1779. Tiempo de hastío suficiente para encajar su ambición personal con las necesidades del Imperio, que tras años de conquista sufría un bloqueo de conocimiento. América era un gigantesco territorio inexplorado, donde incontables especies de flora y fauna desconocidas crecían como por ensalmo.

Con la Ilustración llegó a su plenitud una idea del progreso asociada a la expansión del saber, a las ciencias naturales. La corona española puso fin a los viajes de aventura y fe, para impulsar su influencia mundial en descubrimientos de botánica, zoología, geología y también cartográficos. La carrera del conocimiento había comenzado.

La expedición de Malaspina zarpa en 1789 del puerto de Cádiz y pone proa al Río de la Plata. Dos corbetas de 33 metros de eslora y 306 toneladas de peso, Descubierta y Atrevida, más de 200 hombres en su interior —entre ellos pintores y naturalistas— y por delante un mundo por descubrir. El motivo oficial era estudiar en profundidad las peculiaridades de las colonias. El objetivo real se centraba en recabar información política y estratégica del planeta, con el fin de superar los éxitos que comenzaban a obtener británicos y franceses en su expansión colonial. Fue un espía ideal. Mientras unos estudiaban, él acaparaba datos estratégicos para un imperio en decadencia como el español.

Cuando Malaspina regresó a España, fue recibido como un héroe, casi como un cruzado de la Edad Media. Sus oficiales fueron condecorados con destacados cargos políticos. El capitán José Bustamante y Guerra fue nombrado gobernador de Montevideo. El cartógrafo Juan Gutiérrez de la Concha alcanzó la gobernación de la provincia argentina de Córdoba. El teniente de fragata Francisco Xavier de Viana ocupó el Ministerio de Guerra de la provincia del Río de la Plata.

La expedición fue inmensa. Rastrearon el Río de la Plata, las costas patagónicas, las Islas Malvinas, la Isla de Guam, las Filipinas y la Polinesia, donde recabaron datos inéditos de 14.000 especies desconocidas de plantas, realizaron 900 ilustraciones, entre ellas gran parte del litoral atlántico, y estudiaron 500 especies de animales. Y aunque la estrella de su artífice fue apagada por las intrigas palaciegas durante mucho tiempo, el éxito de sus descubrimientos colocan a Malaspina a la misma altura de exploradores como James Cook o Louis Antoine de Bougainville. Su historia tuvo que ser reescrita.

El culpable del injusto olvido fue Manuel de Godoy, el hombre más influyente en la corte de Carlos IV y un envidioso patológico. Temía que el prestigio alcanzado por el marino italiano amenazara el inmenso poder político que amasaba, y convenció al rey para ordenar su destitución y su ingreso en prisión. A partir de ese instante, la poderosa e ilustrada expedición de Alejandro Malaspina comenzó a acumular polvo en el fondo de un cajón. Todo se olvidó durante un siglo. Hoy existen más de 600 publicaciones relacionadas con los aportes científicos y artísticos de la expedición Malaspina, entre ellas una extraordinaria panorámica del Puerto Deseado, la primera representación en colores de un lugar del territorio argentino.

De aquel instante, Malaspina escribe: “Más felices en sus tareas los señores Pineda y Née, habían aprovechado todos los instantes para aumentar sus respectivas colecciones científicas; el primero, adicto particularmente al examen de piedras, de las conchas, de los cuadrúpedos y de las aves, encontró tan crecido número de curiosidades que podían muy bien suministrarle material de estudio en la siguiente campaña algo dilatada alrededor del Cabo de Hornos. Don Luis Née, con su acostumbrada perspicacia, constancia y asiduidad, logró, a pesar del semblante árido que tenían aquellos contornos, recoger muchas plantas de una rareza y méritos singulares”. El Jardín Botánico de Madrid es una excelente representación de aquello que observaron. Un lugar de encuentro. La fusión natural entre los mundos.

Malaspina pasó siete años en la cárcel y fue puesto en libertad gracias a la mediación del vicepresidente de Italia. El marino y explorador regresó a Massa-Carrera para morir en Pontermoli en1810.

Tres cuartos de siglo más tarde, España decide restaurar su nombre y, sobre todo, se comienza a divulgar la gran aportación que su expedición supuso para la ciencia. Las sorpresas que se encontraron deberían ser destapadas en otro momento. Con pausa y más dedicación. Dan para muchas palabras, para muchos suspiros. Malaspina no merece que vuelva a olvidarse sus instantes de pasión. Él fue un explorador ilustrado.

Shackleton, el superhombre de los hielos

download

La aventura antártica de Ernest Shackleton nunca levantó las ardientes pasiones que propagó el fracaso de Robert Scott. Y no deja de tener gracia, porque aunque ninguno de los dos aportó al Imperio Británico de principios del siglo XX la gloria de la conquista, al menos Shackleton sobrevivió a una experiencia inhumana, casi sobrenatural. Su hazaña duró veinte meses.

La pesadilla de este irlandés corpulento y obstinado comenzó el 20 de enero de 1915, cuando el Endurance, un rompehielos de tres mástiles y 356 toneladas de peso, quedó cercado irreversiblemente por el helado mar de Weddel, muy cerca de la Península Antártica, en el extremo occidental del continente. A partir de ese momento, los 28 hombres que componían la tripulación —entre marineros, oficiales y siete científicos preparados para estudiar las estrellas, la fauna y el influjo magnético— comenzaron una denodada lucha por la vida bajo las peores condiciones climatológicas imaginables. Temperaturas que superaron los 50 grados bajo cero, furiosas ventiscas de hielo que congelaban los pulmones y la oscuridad absoluta de dos inviernos sin vida. Cuando fueron rescatados el 30 de agosto de 1916, el mito de Shackleton cobró una nueva dimensión: tras más de 600 días perdidos en el abismo, ni uno solo de los hombres que el 8 de agosto de 1914 habían zarpado de Inglaterra había muerto. ¿Cómo fue posible semejante prodigio? ¿Qué sucedió en aquel escenario espeluznante?

Un historiador del Polo definía a Shackleton en una entrevista concedida a The New Yorker como una persona atormentada por una obsesión feroz pero muy flexible. “Si la batalla por la conquista de la Antártida hubiese sido entre Amundsen y él, en lugar de Scott, no me cabe la menor duda de que el encuentro entre ambos no habría acabado en una mala digestión como le sucedió al inglés, sino en una borrachera de equipos de rugby tras un partido de calvario”.

Pero en tierra conquistada, el objetivo de Shackleton era explorar la tierra al oeste del cabo Adare, en el mar de Ross. Una zona inexpugnable, inhóspita, inclemente y cruel. En su ajado mapa trazó la travesía. Sus planes consistían en atravesar la Antártida desde la Bahía Vahsel, alcanzar el Polo Sur y continuar hasta la Isla de Ross, en el extremo opuesto del continente. Más de 3.000 kilómetros que los 28 tripulantes del Endurance recorrerían a pie y en trineos arrastrados por una jauría de 69 perros que compraron en Buenos Aires.

Una gigantesca locura que requirió de toda su apasionada persuasión de aventurero para equilibrar el presupuesto fijado y partir el mismo día que Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Era su tercer intento por explorar los confines del sur de la Tierra. Los dos anteriores, el primero de ellos a la sombra de Scott, concluyeron en sonoros fracasos de conquista pero sirvieron para que Shackleton engrandeciera su perfil público de líder razonable, optimista y tenaz. En 1909 se quedó a menos de 160 kilómetros de llegar al Polo por guiar a sus exhaustos hombres en el largo camino de regreso a casa.

Pero la epopeya vivida por el Endurance superó los límites de la imaginación. Entre el 18 de enero de 1915, la fecha en la que el barco quedó definitivamente cercado por los hielos, y el 21 de noviembre de 1915, el día en el que el buque se hundió, la tripulación desarrolló una suerte de organización comunal que sirvió para que no se mataran a dentelladas. El pegamento de aquel experimento social fue Shackleton.

Para mitigar la enorme tensión psicológica que provoca permanecer inmóvil en una situación extrema, estableció una rígida rutina sin distinción de cargos ni funciones. Repartió entre los tripulantes la ropa de invierno destinada a los grupos de tierra y reorganizó la distribución del barco con el fin de construir un cuartel de invierno cálido. Este habitáculo fue bautizado con el pomposo nombre de El Ritz. Ahí comían, bebían y dormían de dos en dos en los pequeños camarotes de dos metros cuadrados construidos por un artesano llamado Chippy McNish en tiempo récord, reutilizando materiales inservibles de las distintas cubiertas. Todos se trasladaron al Ritz excepto Shackleton, que continuó pernoctando en la fría cabina del capitán.

Lo peor fue bregar para no caer en las llamas del aburrimiento. Se organizaron partidos de rugby, de fútbol, carreras de perros, partidas de cartas, concursos de canto y hasta de adivinanzas. Un reto solventado con relativo éxito hasta que el hielo redujo el barco a astillas y no les quedó otra opción que comenzar la travesía definitiva. A vida o muerte.

El viaje épico comenzó en trineo a través del helado mar de Weddell. Esta primera etapa duró cinco largos meses. Desde noviembre a abril. Un vez superado el hielo, construyeron varios botes para alcanzar el archipiélago de las Islas Shetland del Sur, o Islas Piloto Pardo para los chilenos. Desembarcaron en la isla Elefante, maltrechos, hambrientos, semicongelados. Allí sacrificaron a los perros supervivientes y prepararon la segunda etapa, la decisiva.

Shackleton decidió que sólo zarparían seis personas dentro de un pequeño barco de 6,7 metros de eslora y sin protección contra el frío. El objetivo era la isla San Pedro, en las Georgias del Sur, a través del Paso Drake. Una ruta de infarto sin parangón en la historia de la navegación. Tras 16 días de travesía, tocaron tierra en la costa sur de la isla. Pero ahí no concluyó el penoso viaje. La salvación se encontraba en una estación ballenera situada en la costa opuesta al lugar del desembarco. Entre ambos puntos, una cordillera que aún no había sido cartografiada. Lo lograron en 36 rocambolescas horas. Volvían al mundo de los vivos. Así concluyó una de las odiseas más increíbles a las que el hombre se ha enfrentado jamás. Fueron 28 hombres los que embarcaron en Londres. Todos sobrevivieron.

Por cierto, Ernest Shackleton volvió a estos parajes inhóspitos seis después. Pero esta vez, el destino le aguardaba en el hoy casi deshabitado pueblo de Grytviken, en la costa norte de la isla Georgia del Sur. Mientras aguardaba la mejoría del tiempo para enfilar hacia la Antártida, un infartó le mató. Su cuerpo está enterrado bajo una lápida con aspecto de petroglifo milenario cerca del puerto. “Aquí yace Ernest Henry Shackleton, el explorador”. Fue el 5 de enero de 1922. Tenía 47 años.

John Franklin, el explorador errante

“Este fuego a tal punto nos abraza el cerebro, que queremos sumergirnos en el fondo del abismo. ¿Qué importa?” Charles Baudelaire, poema El Viaje.

Franklin

Hay misterios que perforan la voluntad de los vivos. Uno de ellos lleva el nombre de John Franklin, capitán de la Royal Navy y explorador del Ártico durante el febril siglo XIX. El 19 de mayo de 1845, Franklin partió de Londres al mando de 128 hombres enrolados en dos poderosos barcos de guerra, el Erebus y el Terror, con el objetivo de abrir el infranqueable Paso del Noroeste, en el ártico canadiense. 36 días después, el ballenero Prince of Wales encontró a la expedición amarrada en la bahía de Baffin, cerca del estrecho de Lancaster, esperando un cambio de tiempo para acometer definitivamente la conquista del Paso y adelantarse a otra expedición de nacionalidad rusa.

Ese día fue el último en el que un hombre blanco vio con vida a Franklin y todos los miembros de su amplia tripulación. Jamás se supo de ninguno de ellos. El destino que corrieron fue un gran misterio hasta que, 14 años más tarde, la tenacidad de una poderosa mujer enamorada logró movilizar una flota de once buques para conocer la desastrosa suerte de la expedición. Anteriormente se habían organizado 16 intentos para encontrar alguna prueba, indicio, huella o señal que indicara que a Franklin y a los 128 tripulantes no se los había tragado la Tierra. Nada.

Por fin, en 1859, el capitán irlandés Francis McClintock encontró un documento en un mojón de piedras levantado en la Isla del rey Guillermo, en el archipiélago ártico del Canadá, en el que se relataba de forma breve el funesto destino de Franklin y sus hombres: el Erebus y el Terror quedaron atrapados en el hielo el 12 de septiembre de 1846, Franklin murió el 11 de junio de 1847 y el resto de los supervivientes comenzaron una desesperada huida hacia un sur gélido que terminó cazándoles uno por uno hasta que acabar con todos. La desesperación y el hambre atroz provocaron que se practicara el canibalismo en la expedición. Así lo indicó McClintock tras encontrar varios cuerpos momificados bajo la nieve. Sin embargo, nunca se hallaron los restos del explorador. Hasta hoy.

John Franklin era un tipo curioso. Tras dos intentos fallidos, no cejaba en presionar al Almirantazgo británico para que organizara una nueva expedición al Ártico con el fin de encontrar el Paso del Noroeste, una ruta crucial para acortar los tiempos del tráfico marítimo entre Europa y Asia. Pero la obsesión británica había mudado de Polo. Los ojos de la Corona estaban ya en la inhóspita Antártida. Su conquista era un cuestión de orgullo imperial.

Su mujer, Jane Griffin, volcó todas sus ambiciones personales en el sueño de su marido. Maniobró, manipuló, mintió y hasta compró voluntades en la Royal Navy. “Nunca seré una persona feliz porque vivo demasiado a través de los otros”, escribió en su diario. Revelador.

Los mares boreales. El sueño y la pesadilla. Un día pidió cita con Lord Haddington, el máximo responsable del Almirantazgo. Franklin sabía que tras años de avidez antártica, los mandos militares británicos comenzaban a plantearse el regreso a la conquista del norte. El Paso del Noroeste continuaba siendo un enigma. ¿Por qué no podía ser él quien lo resolviera?

Lo único que se conoce de aquella reunión entre Franklin y Lord Haddington fue la cruda exposición de las dudas que asaltaban al militar respecto a la eficacia del explorador. Se produjo en febrero de 1845.

“Tiene usted 59 años”, dijo el lord.

“No es cierto. Aun me faltan dos meses para cumplirlos”, respondió Franklin.

Tres meses después partió al mando de la mayor expedición a los polos de todos los tiempos. “Y al frente de los 128 hombres iba un hombre que consiguió el empleo sólo porque el mundo sintió lástima por él”, señaló el periodista y escritor canadiense Pierre Berton. Otros expertos observaron también graves errores en la organización del viaje. En primer lugar, John Franklin —un hombre cuyo perfil psicológico presentaba rasgos infantiles con un carácter vulnerable— rechazó los consejos de un reputado marino, John Ross, sobre la vestimenta y los alimentos. La ropa que llevaron era de lona y lana, en lugar de las pieles propuestas. La comida fue enlatada, carne en conserva para tres años.

Latas construidas con una base de plomo. Esta pudo ser la perdición. Las autopsias realizadas a los esqueletos y muestras de tejidos blandos de los cuerpos encontrados bajo el hielo detectaron evidencias de una muerte por envenenamiento masivo por ingesta de plomo. Y el escorbuto. Ninguno de los tripulantes tenía experiencia en caza mayor, por lo que pasaron tres años sin comer alimentos frescos. Ni carne, ni pescado, ni vegetales, ni fruta. Sus órganos reventaron. Y allí quedaron, esparcidos en tumbas de hielo sin nombre. De John Franklin nada se sabe. Hoy es, para la memoria marina británica, un explorador errante. Una emocionante leyenda del pasado en busca de un sitio para descansar en la eternidad.

Amundsen, la leyenda del rey de los hielos

amundsen

El Polo Sur es un lugar inhóspito. Un escenario de absoluta desolación. Una extensión plana de hielo barrida por vientos huracanados, cegadoramente blanca bajo el claro verano y envuelta en sombras impenetrables durante la larga noche invernal. Es la zona más gélida del planeta. Y también la más silenciosa.

Sin embargo, el 14 de diciembre de 1911, los gritos de Roald Amundsen y cuatro compañeros rasgaron el silencio de aquel paisaje desolado. Acababan de conquistar el Polo Sur. La hazaña aun se mantiene en la cumbre de la historia de las exploraciones. Amundsen, un enjuto marino noruego de 39 años, describía así a un periodista el valor de su conquista: “No puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto de mi vida. Sería novelar descaradamente. Más me vale ser honesto y aceptar con sencillez que no he conocido nunca a un hombre que se encontrara en una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel momento. El Polo Norte es el que me ha atraído desde la infancia pero yo estaba en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?”

Quienes conocieron al explorador más famoso de todos los tiempos señalaron que en esta explicación se resume la existencia de un hombre que no veía la vida como una aventura sino como muchas encadenadas. Según admitió en una ocasión el propio Amundsen, su carrera se había forjado con una meta definida desde que tuvo 15 años. “Todo lo que he realizado ha sido fruto de una planificación, de cuidadosa preparación y de un trabajo concienzudo y duro”. El primer hombre máquina.

Lector obsesivo de expedicionarios polares, Amundsen empezó a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno para imitar las sensaciones extremas de sus héroes infantiles. Pésimo estudiante, tuvo infinidad de problemas en su escuela de Oslo debido a las continuas ausencias injustificadas. En una de ellas su madre le siguió a escondidas. La sorpresa fue fabulosa cuando descubrió que el joven Roald se adentraba en solitario en uno de los bosques cercanos a la capital y allí se perdía. Cuestionado por su secreto, respondió decidido: “Voy para aumentar mi habilidad para caminar por el hielo y la nieve y para endurecer los músculos”. Su desconsolada madre reaccionó arreándole un buen sopapo.

Pero el problema mayor para Amundsen llegó al intentar enrolarse en el ejército, una condición casi indispensable para hacer realidad su gran sueño. Era miope, un obstáculo insalvable que intentó compensar con un estado de forma física descomunal. De hecho, fue el primero de su promoción y dejó tan sorprendido al médico que olvidó examinarle los ojos por lo que recibió instrucción militar.

A los 22 años realizó su primera locura. En compañía de su hermano intentó cruzar sobre esquís una cadena de montañas al oeste de Oslo. Casi mueren en el intento. Mal equipados y peor aprovisionados, quedaron cercados por la nieve. El terror les paralizó y el hambre hizo el resto. Volvieron a casa de milagro pero aprendieron la lección. A partir de entonces, cualquier expedición de la que formara parte era escrupulosamente planificada. Controlaba hasta el mínimo detalle, incluso la media de agua al día que puede consumir un grupo de cinco hombres en condiciones extremas de frío.

A los 25 años le llegó una oportunidad. Se alistó en el Bélgica y zarpó hacia la Antártida como primer piloto de una tripulación internacional. El resultado fue un desastre. Inexpertos como exploradores polares, los guías permitieron que les sorprendiera el invierno y que el hielo atrapara el barco. Sin víveres ni ropas de abrigo adecuadas, la vida pendía de un hilo. Dos hombres enloquecieron y solo tres, entre ellos Amundsen, esquivaron el temible escorbuto.

Cuando el capitán cayó mortalmente enfermo, él se encargó de organizar a la tropa. A unos los envió a cazar focas y pingüinos, a otros les puso a coser ropa de abrigo con las pieles. Tras varios meses de aislamiento en aquel oscuro desierto de hielo, los supervivientes lograron abrir un canal que les llevó hacia mar abierto. Sin intención, Amundsen acababa de participar y sobrevivir a la primera invernada que el hombre hacía en la Antártida.

Una vez superado el mal trago, Roald Amundsen puso manos a la obra para su siguiente expedición: la búsqueda del mítico paso del Noroeste que se había tragado a su gran héroe infantil, John Franklin. Para esta empresa, unió al descubrimiento geográfico un objetivo científico con el fin de facilitar apoyos financieros. El anzuelo fue el magnetismo polar. En tres años obtuvo el dinero que necesitaba. Compró el Gjoa, un pesquero de 47 toneladas y poco calado, seleccionó a seis expertos marinos y científicos, y zarpó.

Cruzó el Atlántico Norte y se dirigió por la costa occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una vez allí, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear hacia el sur entre un laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hicieron penosa la marcha pero a finales del verano descubrió un puerto natural en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Allí pasó dos años prolíficos en materia científica ya que los datos recogidos suministraron material para 20 años de evaluación.

Pero aún quedaba lo más duro: llegar a Alaska. La ruta fue extenuante. Día tras día midiendo la profundidad, probando aquí y allá para meter el barco entre témpanos de hielo. Finalmente, el segundo de a bordo gritó: “¡Una vela, una vela!”. Era la de un ballenero.

Completado su paso por el noroeste y sus proyectos acerca del polo magnético, Amundsen empezó a preparar su aventura ártica suprema: conquistar el Polo Norte. Sin embargo, en 1909, el estadounidense Robert Edwin Peary se había adelantado y todo se vino abajo. “En ese mismo instante”, escribió Amundsen, “decidí mi cambio de rumbo: volverme… al sur”, la única conquista polar que seguía en pie. Todos sabían que el inglés Robert Scott preparaba una hazaña similar y, entonces, comenzó la carrera.

Para empezar, Amundsen no reveló su cambio de plan ni siquiera a quienes le respaldaban económicamente ni a los miembros de la tripulación. Ante la opinión pública (y los servicios secretos) seguía empeñado en llegar al Polo Norte con propósitos científicos. Y con ese secreto partió de Noruega el 9 de agosto de 1910. Llevaba 100 perros groenlandeses a bordo y materiales para construir una morada donde cupieran diez catres y una cocina. En mar abierto difundió la verdad: el rumbo era la Antártida, no el Ártico.

En enero de 1911, varó la nave en un rincón de la barrera de hielo de Ross, una extensa zona congelada que cubre el mar en una enorme escotadura del continente antártico. Amundsen había elegido este lugar -la bahía de las Ballenas- porque sabía que estaba 90 kilómetros más cerca del Polo que la base que había levantado Scott, en el otro extremo del campo de hielo.

En febrero, recibieron la visita inesperada de los miembros de la expedición de Scott. El encuentro fue muy cordial aunque todos sabían allí, como dijo posteriormente el propio Scott, que “el plan de Amundsen era una amenaza muy seria para nuestro objetivo”. Aparte de estar más cerca del Polo, Amundsen, con sus tiros de perros, estaba en condiciones de emprender su jornada antes que Scott, que llevaba caballos de tiro.

Durante febrero y marzo, sus hombres dispusieron siete depósitos de provisiones y señales en la barrera de hielo para su viaje al Polo en la primavera siguiente. La carrera arrancó el 19 de octubre de 1911. Provistos de esquís, Amundsen y cuatro compañeros se lanzaron hacia el sur con cuatro trineos ligeros tirados cada uno por 13 perros. Escalaron la cordillera de la Reina Maud sacrificando a dos terceras partes de los animales para alimentar y guardar carne para los hombres y los perros más fuertes. Era parte de su plan.

El 7 de diciembre, el grupo alcanzó los 88′ 23′ S, el máximo sur al que había llegado Ernest Shackleton en 1909. Estaban a 156 kilómetros de la meta. Reducidos a 17 perros y tres trineos, aligeraron su carga estableciendo el último depósito de abastecimiento (depósito 10) allí mismo. De pronto, la niebla gélida se disipó y la superficie se volvió lisa, como un desierto de sal sin brisa. Era, pensó Amundsen, como si los elementos hubieran contado con ellos. La meta llegó a las tres de la tarde del 14 de diciembre de 1911. “Entonces se rasgó el velo para siempre, y dejó de existir uno de los mayores secretos de nuestro planeta”, escribió en su bitácora.

Pasaron en el Polo casi cuatro días alternando celebraciones con observaciones científicas. Alzaron una pequeña tienda con un mástil donde ondeaba la bandera noruega y dejaron dos notas, una para Scott y otra para el rey de Noruega. “Fue un momento solemne cuando nos despedimos. Nos pusimos inmediatamente en camino sobre nuestro propio rastro. Muchas veces nos volvimos para echar una última ojeada… Descendieron los vapores blanquecinos y nuestra banderita no tardó en desaparecer de la vista.”

El 25 de enero de 1912 estaban de vuelta en su base. Habían recorrido 3.000 kilómetros en 99 días. Les quedaban once perros y los hombres padecían congelaciones, quemaduras por el viento, ceguera por el resplandor de la nieve y agotamiento. Pero habían triunfado. Y su historia no acabó ahí. Amundsen siguió escribiendo capítulos increíbles con otras hazañas. Quizá otro día termine como merece el rey del hielo.

A mi tío Iñaki, in memoriam

FB2

Si supiera que esta fuese la última vez

Que te veo salir por esa puerta,

Te daría un abrazo, un beso

Te llamaría de nuevo para darte más…

Si supiera que esta fuera la última vez

Que voy a oír tu voz

Grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas

Una y otra vez indefinidamente…

Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo

Diría te quiero

Y no asumiría tontamente

Que ya lo sabes.

Siempre hay un mañana y la vida

Nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien,

Pero por si me equivoco

y hoy es todo lo que nos queda

Me gustaría decirte cuanto te quiero

Que nunca te olvidaré…

“Si supiera”, Gabriel García Márquez

Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

340102_255364674512405_154604044588469_656682_425243769_o

El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.