"Un día tomé entre mis manos", Rainer Maria Rilke

Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
sumergido bajo el llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,
tenía que durar casi como una cosa.
y con todo nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.

Oh, porque desembocamos en estos lugares,
se apresuran hacia la pequeña superficie
todas las ondas de nuestro corazón,
voluptuosidad y desfallecimiento,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a aquellos siervos, que nos han maniatado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
ya la quietud, la perdedora.

Lluvia, Federico García Lorca

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Llueve en Santiago
mi dulce amor.
Camelia blanca de aire
brilla acariciando al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Yerbas de plata y de sueño
cubren la nueva luna llena.

Fíjate en la lluvia por la calle
lamento de piedra y cristal
Fíjate en el viento desvanecido
soma* y ceniza de tu mar.

Soma y ceniza de tu mar
Santiago, lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

*Soma es una palabra sin traducción al castellano y se refiere a la tierra que deja el arado a sus costados cuando abre surcos.

Federico García Lorca. “Chove en Santiago” es uno de los “Seis poemas galegos” que el autor granadino publicó en 1935. A esta letra, Luar Na Lubre  le puso música en su álbum “Cabo do Mundo”.

 

Roald Amundsen: 105 años del triunfo del rey de los hielos

Hoy se cumplen 105 años de la última gran hazaña del hombre. La que lideró Roald Amundsen en la Antártida en medio de una locura inquietante.

El Polo Sur es un lugar inhóspito. Es un escenario de absoluta desolación. Una extensión plana de hielo barrida por vientos huracanados, cegadoramente blanca bajo el claro verano y envuelta en sombras impenetrables durante la larga noche. Es la zona más gélida del planeta. Y también, la más silenciosa. Sin embargo, el 14 de diciembre de 1911, los gritos de Roald Amundsen y cuatro compañeros noruegos rasgaron el silencio de aquel paisaje desolado. Acababan de conquistar el Polo Sur. Ellos eran los primeros.

Aquella hazaña aun se mantiene en la cumbre de la historia de las exploraciones. Amundsen, un enjuto marino noruego de 39 años, describía así a un periodista el valor de su conquista: “No puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto de mi vida. Sería novelar descaradamente. Más me vale ser honesto y aceptar con sencillez que no he sabido nunca de un hombre que se encontrara en una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel momento. El Polo Norte es el que me ha atraído desde la infancia, pero yo estaba en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?”Quienes conocieron al explorador más famoso de todos los tiempos señalaron que en esta explicación se resume su vida, la de un hombre que no veía la vida como una aventura, sino como muchas encadenadas. Según admitió en una ocasión el propio Amundsen, su carrera se había forjado con una meta definida desde que tuvo 15 años. “Todo lo que he realizado ha sido fruto de una planificación, de cuidadosa preparación y de un trabajo concienzudo y duro”. El primer hombre máquina.

Lector obsesivo de expedicionarios polares, Amundsen empezó a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno para imitar las sensaciones extremas de héroes juveniles. Pésimo estudiante, tuvo infinidad de problemas en su escuela de Oslo debido a las continuas ausencias injustificadas. En una de ellas, su madre le siguió a escondidas. La sorpresa fue fabulosa cuando descubrió que el joven Roald se adentraba en solitario en uno de los bosques cercanos a la capital y allí se perdía. Cuestionado por su secreto, respondió decidido: “Voy a aumentar mi habilidad para caminar por el hielo y la nieve y para endurecerme los músculos. Solo pienso en la gran aventura venidera”.

Su desconsolada madre reaccionó arreándole un buen sopapo. Pero el problema mayor para Amundsen llegó al intentar enrolarse en el ejército, una condición casi indispensable para hacer realidad su gran sueño. Era miope, un obstáculo insalvable que intentó compensar con un estado de forma física descomunal. De hecho, fue el primero de su promoción y dejó tan sorprendido al médico que olvidó examinarle los ojos, por lo que recibió instrucción militar.

A los 22 años realizó su primer locura. En compañía de su hermano, intentó cruzar sobre esquís una cadena de montañas al oeste de Oslo. Casi mueren en el intento. Mal equipados y peor aprovisionados, quedaron cercados por la nieve. El terror les paralizó y el hambre hizo el resto. Volvieron a casa de milagro pero Roald Amundsen aprendió la lección. A partir de entonces, cualquier expedición de la que formara parte era escrupulosamente planificada. Controlaba hasta el mínimo detalle, hasta la media de agua al día que puede consumir un grupo de cinco hombres en condiciones extremas de frío.

A los 25 años le llegó su primera oportunidad. A bordo del Bélgica, zarpó hacia la Antártida como primer piloto de una tripulación internacional. El resultado fue un desastre. Inexpertos como exploradores polares, los guías de la expedición permitieron que los sorprendiera el invierno y que el hielo atrapara el barco. Sin víveres ni ropas de abrigo adecuadas, tanto marineros como científicos temieron por sus vidas. Dos hombres enloquecieron y solo tres, entre ellos Amundsen, esquivaron el temible escorbuto.

Cuando el capitán cayó mortalmente enfermo, Amundsen organizó a la tropa. A unos los envió a cazar focas y pingüinos, a otros les puso a coser ropa de abrigo con las pieles. Tras varios meses de aislamiento en aquel oscuro desierto de hielo, los supervivientes lograron abrir un canal que les llevó hasta mar abierto. Sin intención, Amundsen acababa de participar y sobrevivir a la primera invernada que el hombre hacía en el Antártico.

Una vez superado el mal trago, Roald Amundsen puso manos a la obra para su siguiente expedición: la búsqueda del mítico paso del Noroeste, que se había tragado a su héroe infantil, John Franklin. Para esta empresa, Amundsen unió al descubrimiento geográfico un objetivo científico, con el fin de facilitar los apoyos financieros. El anzuelo fue el magnetismo polar. En tres años obtuvo el dinero que necesitaba, compró el Gjoa, un pesquero de 47 toneladas y poco calado, seleccionó a seis expertos marinos y científicos, y zarpó.

Cruzó el Atlántico Norte y se dirigió por la costa occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una vez allí, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear hacia el sur, entre el laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hicieron penosa la marcha, pero a fines del verano, descubrió un puerto natural de invierno en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Allí pasó dos años prolíficos en materia científica ya que los datos recogidos suministraron a los expertos material para 20 años de evaluación.

Pero aún quedaba lo más duro: llegar a Alaska. La ruta fue extenuante. Día tras día midiendo la profundidad, probando aquí y allá para meter el barco entre témpanos de hielo. Finalmente, el segundo de a bordo gritó: “¡Una vela, una vela!”. Era un ballenero. La victoria era suya.

Completado su paso por el noroeste y sus proyectos acerca del polo magnético, Roald Amundsen empezó a preparar la aventura ártica suprema: conquistar el Polo Norte. Sin embargo, en 1909, el estadounidense Robert Edwin Peary se le había adelantado y todo se vino abajo. “En el mismo instante”, escribió Amundsen, “decidí mi cambio de frente: volverme… al sur”, la única conquista polar que seguía en pie. Por todos era conocido que el inglés Robert Scott preparaba una hazaña similar. Entonces, comenzó la carrera.

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Para empezar, Amundsen no reveló su cambio de plan ni a los que lo respaldaban económicamente, ni a los miembros de la tripulación. Ante la opinión pública (y los servicios secretos) seguía empeñado en llegar al Polo Norte con propósitos científicos. Y con ese secreto partió de Noruega el 9 de agosto de 1910. Llevaba 100 perros groenlandeses a bordo y materiales para construir una morada donde cupieran diez catres y una cocina. Solo cuando el barco cruzó el ecuador, difundió la verdad: el rumbo era la Antártida, no el Ártico.

En enero de 1911, varó la nave en un rincón del filo de la barrera de hielo de Ross, vasta extensión congelada que cubre el mar en una enorme escotadura del continente antártico. Amundsen había elegido este lugar -la bahía de las Ballenas- porque sabía que estaba 90 kilómetros más cerca del Polo que la base que había levantado Scott, en el otro extremo del campo de hielo. Estableció de inmediato el cuartel general de la expedición a unos tres kilómetros hielo adentro, y los hombres empezaron a desembarcar equipo y provisiones.

En febrero, los noruegos fueron visitados por miembros de la expedición de Scott. El encuentro fue muy cordial, pero ambos grupos sabían, como dijo posteriormente el propio Scott, que “el plan de Amundsen es una amenaza muy seria para el nuestro”. Aparte de estar más cerca del Polo, Amundsen, con sus tiros de perros, estaría en condiciones de emprender su jornada antes que Scott, que llevaba caballos de tiro.
Durante febrero y marzo, los hombres de Amundsen dispusieron siete depósitos de provisiones, y señales en la barrera de hielo para su viaje al Polo en la primavera siguiente.La carrera arrancó el 19 de octubre de 1911. Provistos de esquís, Amundsen y cuatro compañeros se lanzaron hacia el sur con cuatro trineos ligeros, tirado cada uno por 13 perros. Escalaron la cordillera de la Reina Maud, sacrificando a dos terceras partes de los animales para alimentar y guardar carne para los hombres y los perros más fuertes. Era parte del plan diseñado por Amundsen.

El 7 de diciembre, el grupo alcanzó los 88′ 23′ S, el máximo sur a que había llegado Ernest Shackleton en 1909. Estaban a156 kilómetros de su meta. Reducidos a 17 perros y tres trineos, aligeraron su carga estableciendo el último depósito de abastecimiento (depósito 10) allí mismo. De pronto, la niebla gélida se disipó y la superficie se volvió lisa, como un desierto de sal sin brisa. Era, pensó Amundsen, como si los elementos hubieran contado con ellos. La meta llegó a las tres de la tarde del 14 de diciembre de 1911. “Entonces se rasgó el velo para siempre, y dejó de existir uno de los mayores secretos de nuestro planeta”, escribió Amundsen.

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Pasaron en el Polo casi cuatro días, alternando celebraciones con observaciones científicas. Alzaron una pequeña tienda con un mástil donde ondeaba la bandera noruega, y dejaron dentro dos notas, una para Scott y otra para el rey de Noruega, que pedían a Scott que recogiera por si acaso ellos no volvían. “Fue un momento solemne cuando nos descubrimos y despedimos. Nos pusimos inmediatamente en camino sobre nuestro propio rastro. Muchas veces nos volvimos para echar una última ojeada… Descendieron los vapores blanquecinos y nuestra banderita no tardó en desaparecer de la vista”

El 25 de enero de 1912 estaban de vuelta en su base. Habían recorrido 3.000 kilómetros en 99 días. Les quedaban once perros y los hombres padecían congelaciones, quemaduras por el viento, ceguera por el resplandor de la nieve y agotamiento. Pero habían triunfado. Y su historia no acabó ahí. El explorador noruego más grande de la historia siguió rellenando capítulos con otras hazañas. Quizá otro día terminemos contándolas. Este hombre fue el rey del hielo.

Dario Fo, abre una brecha

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Hoy, el teatro no levantará el telón. La muerte de Darío Fo (Sangiano, 1926) los ha llenado de pena. Con él desaparece una de las armas más formidables que contábamos en esa lucha desigual que libramos contra la injusticia que asedia la conciencia del hombre.

Pero, al menos, nos queda su legado y el manifiesto.que, junto a Costa-Gavras, José Saramago y José Luis Sampedro, redactó en 2003 para validar su compromiso contra el pensamiento único, contra todos los poderes políticos que utilizan la democracia para asentar una plutocracia paralizante. Lo tituló “Abrir una brecha” como podía haber sido “Meter una cuña”, “Pasar a la ofensiva” o “Rebelión”. Cualquiera de ellos serviría.

Porque, a fin de cuentas, se trata de un pronunciamiento que llama a la movilización contra este sistema corrupto, a provocar la sedición contra las mentiras y las falsas palabras de una clase política que vive cómoda bajo la escandalosa situación en la que nos mantienen encerrados y se vanaglorian de ello. Porque en esta guerra de clases que emprendieron de forma silenciosa, ellos están ganando.

No lo digo yo. La frase pertenece a una de las fortunas más grandes del Mundo: Warren Buffett.

“¿Dónde están hoy los Bertrand Russell, capaces de lanzar, en compañía de Einstein, un llamado al desarme en el punto más algido de la Guerra Fría, los Bertrand Russell, opuestos once años más tarde a las exacciones estadounidenses en Vietnam mediante la creación de un Tribunal internacional contra los crímenes de guerra? ¿Quién guarda aún en su corazón las últimas palabras de su alocución: “pueda este tribunal prevenir el crimen del silencio”?

¿Dónde están las mujeres, que con el manifiesto de las 343, se atrevieron a ponerse públicamente fuera de la ley al declarar haber abortado para reclamar el libre acceso a métodos contraceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo?

¿Dónde están los Stephan Zweig o los Heinrich Boll contemporáneos que desafíen con fuerza el poder? ¿Los oasis de Ivan Illich se han desecado definitivamente?

¿Dónde están los Henri Curiel, que se negó a abandonar Egipto para resistir al Afrikakorps de Rommel? ¿Los Henri Curiel anticolonialistas encarcelados durante dieciocho meses en Fresnes por su apoyo al FLN?

¿Dónde están los Gandhi, que entregó su vida para acelerar la caída del imperio británico de las Indias?

¿Dónde están los 121 que justificaban sus actos de rebeldía y la ayuda a los insurrectos estimando que ‘una vez más, por fuera de los marcos y las consignas preestablecidas, nació una resistencia, gracias a una toma de conciencia espontánea, que busca e inventa formas de acción y medios de lucha en relación con una situación nueva cuyo sentido y exigencias verdaderas acordaron no reconocer las agrupaciones políticas y los diarios de opinión, sea por inercia o timidez doctrinal, sea por prejuicios nacionalistas o morales?

¿Dónde están hoy los Albert Londres que claven su pluma en las llagas del presidio de Guyana o de los Bat’ d’Af’, denunciando ya en 1920 los extravíos de la joven URSS, logrando hacer modificar la legislación sobre los asilos u atreviéndose a alienarse, justamente, los medios coloniales franceses?

¿Dónde están los pensadores de la dimensión de Foucault, que revolucionó radicalmente la manera de ver la locura, la cárcel, la sexualidad?

¿Dónde están los de la talla de un Bourdieu, que regeneró la sociología sin dejar de defender con obstinación el rol social del intelectual crítico?

¿Dónde están hoy Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Antonio Machado o Federico García Lorca?

Una capa empalagosa e insulsa parece haberse abatido sobre los espíritus.

La uniformización del discurso sólo es igualada por su simplismo -cuando la esencia de la emancipación humana consiste en comprender el mundo en su complejidad, sus sutilezas y sus contradicciones.

Algunas mujeres, algunos hombres, continúan sin embargo librando a diario el combate, luchando sin retroceder, actuando incansablemente para abrir una brecha en el pensamiento dominante. Así, perpetúan con coraje el rol de contrapoder del intelectual crítico.

Es para aportarles un apoyo, acrecentar su visibilidad y combatir la apatía intelectual actual”

Y ellos están ganando.

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©El Roto

Cae la noche

“Entre la idea y la realidad, entre la emoción y el acto, cae la sombra” T.S. Eliot

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El día se consume en África y un grupo de jirafas parece prepararse para llorarlo. La luz de esa luna menguante siluetea sus espigadas figuras. Están de retirada. Anochece en la sábana y los animales buscan un refugio seguro donde dormir. Aquellos más vulnerables, como los herbívoros, se agrupan en grandes manadas que se alejan de los lugares húmedos y despejados, de los ríos y de las zonas desarboladas.

Su visión se reduce considerablemente y muchos quedan a merced de los hambrientos cazadores. La noche africana dicta sus propias leyes y sus habitantes saben escucharlas: Una, sin duda, son los amenazadores ruidos de las bestias ocultas bajo una cúpula celeste decorada con miles de estrellas. La belleza contrasta con la vulnerabilidad. Por lo que se ve y por lo que no se acierta a ver.

Pero el día toca a su fin. Los últimos dedos de luz se despiden de una jornada abrasadora y salvaje. Es entonces cuando las cautelas levantan sus cuarteles, con los ojos abiertos y los oídos bien afinados. Para la vida es ahora cuando comienza la hora bruja de los secretos.

Solsticio de Invierno

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Aunque esta noche haya sido la más larga del año, estos dos oseznos pardos se decidieron a salir de su guarida para dar un paseo por el campo. Bien juntitos, tomados de la zarpa, como cachorros bien educados en el invierno boreal. Probablemente, su madre no ande lejos y así continuará hasta que los dos benditos de la fotografía cumplan un año y medio de vida. Entonces, cada cual se irá por su cuenta, en soledad, a buscarse la vida por los bosques canadienses o las zonas inaccesibles de Suecia y Noruega, su gran paraíso. Pero aun es pronto para pensar a tan largo plazo.

El tiempo de los plantígrados, como el del hombre de hoy, también se mide en horas, en días, en minutos, a veces también en segundos, y no permite albergar esperanzas. Los protagonistas de la imagen nacieron en marzo, en la osera que su preñada madre preparó para hibernar. Ahora se acicalan para encarar con garantías un nuevo invierno, frío y seco, en Sprucedale, Ontario, Canadá, donde un grupo de conservacionistas ha creado un estupendo santuario para la rehabilitación de estos imponentes animales.

Y mientras su sufrida madre se devana los sesos para llenar la despensa corporal que les servirá de escudo invernal, los dos ingenuos ositos siguen como si nada, ajenos a la lucha a brazo partido de su progenitora contra los elementos y la huella del hombre. Ellos dos jugarán y jugarán hasta que caigan rendidos. Sin embargo, hacerlo es para ellos un ejercicio necesario. Así aprenden a cazar, desarrollan los impresionantes músculos de la mandíbula y, lo más importante, agudizan un instinto olfativo implacable para la búsqueda futura de alimento. La vida es sueño, o juego, según se mire. Aunque visto desde otras latitudes, por ejemplo Europa, resulta cada día más difícil mirar con ojos benevolentes el devenir de los tiempos.

La vida se ha tornado mercadería y el invierno, que a partir de hoy camina confiado hacia su fin, nos anima a postrarnos en una profunda hibernación.

Amanecer roto

Conocí a Galo en Plentzia, cuando los dos éramos osados adolescentes. Él más frágil y tierno, yo bastante más presuntuoso y arrogante. Le tenía aprecio y admiración, pero nunca tuvimos la oportunidad de intimar del todo hasta que nos encontramos hace menos de un año y hablamos del duro tiempo que nos había tocado vivir. Me comentó que, en ocasiones, leía lo que escribía en este blog porque le aportaba alguna efímera luz sobre este mundo de tinieblas que empezaba a resquebrajarse a su alrededor. Con Galo era fácil entablar lazos de corazón. Con su desparpajo característico, lograba sacar partido de la amistad incluso en los momentos en los que arrancar una sonrisa se convierte en un reto casi imposible. Siempre rápido de inteligencia y con una ternura contagiosa.

Este verano me contó Natxo, otro amigo perpetuo, que no estaba bien y que tenía la sensación de que le sería difícil salir victorioso de la batalla crucial que estaba librando. Ayer debería haber sido un día tranquilo para él, era su cumpleaños, pero ahí fue a buscarle la muerte, ésa a la que yo temo tanto porque no se aún cómo hay que enfrentarla.

Porque ayer, Galo, tenías que haber estado aquí, contemplando el frío y húmedo amanecer del 30 de noviembre. Fue el día en el que se sublevaron todas las gaviotas del puerto en señal de protesta, aunque ahora que lo pienso tal vez sucedió por ti. Porque la vida es un enigma incomprensible. Esta vida que nos ha tocado vivir y en la que buscamos respuestas a preguntas sin respuestas como es la propia muerte, lo que no tiene remedio, y que ayer te agarró del brazo para llevarte al otro lado del espejo.

Espero que te guste la canción que he colocado en tu equipaje.

Todos te vamos a echar de menos.