Maldito fuego

 

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Llevamos semanas asistiendo consternados a una concatenación de incendios en la península ibérica que han arrasado 35.000 hectáreas de bosque y matorral.

Dicen que el tiempo cura este tipo de heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perdurarán. Con el tiempo, la naturaleza se cubrirá de cicatrices pero el dolor causado nunca desaparece del todo cuando el fuego se alimenta de lo vivo. El de Portugal, por ejemplo, se cobró la vida de 64 personas. Por fortuna, Doñana corrió mejor suerte. Aquí, no hubo muertos pero sí imágenes emocionantes donde las víctimas mostraban la alegría inconmensurable de quien vuelve a nacer.

Una de ellas la tienen ustedes en la foto superior. Es una de las hembras de lince que los responsables del Centro de Cría de El Acebuche lograron rescatar cuando las llamas iban a su encuentro.

Para los bomberos y voluntarios, fueron tres días de batalla sin cuartel contra el fuego y la gasolina del viento. Un sinfonía pavorosa de chasquidos de maderas consumidas y gritos estremecedores de personas, animales y plantas atrapadas en un feroz incendio orquestado, al parecer, por un hombre embrutecido, el pirómano.

Qué paradoja de tribu. Unos luchando contra el fuego y otros excitándose viendo un bosque arder. El desastre de la cultura, el desarraigo de una mente trastornada.

Pero volvamos a la escena. Entre la premura por escapar de la densa y asfixiante niebla que les cercaba, un operario de El Acebuche escuchó un lamento. Se giró y vio a esta hembra de lince aterrada en una esquina, cubriendo con su lomo a varios cachorros. No se lo pensó dos veces. Metió a las crías en una bolsa, agarró entre sus brazos a la paralizada madre y salió de aquel infierno. Con cuidado, para que el estrés no reventara su pequeño corazón como había sucedido minutos antes con ‘Homer’, su prima-hermana en la delicada función de preservar el futuro de esta amenazada especie.

Una vez puestas madre y cachorros a buen recaudo, el operario continuó con su tarea durante varias horas más hasta localizar a los 13 ejemplares restantes, los que aterrados por el ruido y el calor habían huido de aquella ardiente encerrona.

Tras varias noches sin tregua, el incendio logró ser sofocado el martes con los primeros rayos de sol. Un amanecer carbonizado en Doñana. Cansado, el operario se sentó para reponer fuerzas y beber, y probablemente hastiado de las incongruencias que comete el hombre con su propio destino.

El fuego no sólo había acabado con Homer y con un número incalculable de crías de lince que viven en libertad. También fulminó espacios tan mágicos como el Abalario y el Asperillo, donde existen estanques cristalinos, dunas móviles de litoral y densos bosques de pinos donde anidan las sabinas y el enebro costero. Aves únicas como el alcaraván, la culebrera europea, el milano negro, el águila calzada, la totovía o la cogujada montesina buscan a estas horas un lugar donde rehacer sus vidas.

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Podríamos hablar de mil historias de mujeres. Se me ocurre la de Emmeline, una chica anónima guardada en la biblioteca de la vida por el feminismo mundial. Emmeline fundó la Unión Política y Social de las mujeres británicas en 1874 para luchar por el derecho al voto femenino. Eran momentos duros y dolorosos para todos pero especialmente para ellas. De ahí que los respetables mandamases de su tiempo, presos de un pánico atroz, se sacaron de la chistera una siniestra ley para encarcelar a todas sus seguidoras, a las que vergonzosamente llamaron ‘Las histéricas’. En 1929, un año después de la muerte de Emmeline, se instauró el sufragio universal en el Reino Unido.

Pero hoy me he fijado en esta fotografía. Lo que se ve en el cielo estrellado es la ‘Nube de Magallanes’, dos galaxias enanas que sólo pueden ser contempladas durante las noches sin luna austral. Una pirotecnia celeste bajo el cielo raso. Su descubridor fue un astrónomo persa llamado Abd Al-Rahman Al Sufi y Fernando de Magallanes el primero en estudiarlas durante su viaje de circunnavegación alrededor de la Tierra.

Sin embargo, lo que no sabía es que esta explosión estelar fue explicada por una mujer silenciada por el hombre. Se llamaba Henrietta Swan Leavitt y murió en 1921 con 58 años en Massachusetts dejando todo el trabajo hecho para que sus dos superiores, Edward Pickering y Edwin Hubble (el del famoso telescopio), le robaran la gloria. Dijeron que la pagaban por trabajar, no por pensar, como si ambas virtudes fueran incompatibles. Leavitt dio sentido a estas dos gigantescas constelaciones compuestas por millones de estrellas que brillan a intervalos. Las descifró como si se trataran de un morse celestial.

Los astrónomos las conocen como Cefeidas, nombre femenino y plural. Hoy, día internacional de la mujer, Henrietta Leavitt se merece un homenaje por doble motivo: por ser una gran astrónoma y por haber sido víctima de la ignominia machista en un mundo donde la inteligencia no suele ser sinónimo de éxito.

Leavitt dejó un mísero legado. Ni siquiera unas notas de su testamento enterradas en el jardín. Sólo 344 dólares que heredó su madre. Un matemático sueco intentó rescatarla del valle de los olvidados proponiéndola candidata a Premio Nobel. Pero llegó tarde. El cáncer ya había hecho su perverso trabajo.

Durante las siguientes décadas, la comunidad científica trató de purgar su vergüenza: Un cráter lunar y el asteroide 5383 llevan el nombre de esta ingeniosa dama.

Ahora que las mujeres van conquistado el mágico reconocimiento de la paridad como objetivo retórico y que el hombre está dispuesto a ceder a regañadientes su poder político en todas aquellas actividades que no cotizan en el PIB -asuntos sociales, igualdad, dependencia- sólo nos queda observar el futuro con una cierta reserva. Algo se está moviendo en el inexorable camino de la igualdad. Pero si analizamos algunas encuestas que probablemente hoy no habrán sido publicadas veremos en qué gastamos el dinero a nivel mundial. Ellas lo hacen en alimentación y educación. Ellos, en cambio, prefieren las bebidas y las armas. Curiosa forma de generalización planetaria.

Así que no estaría mal terminar esta carta como debería haberla empezado: “Estimada Henrietta, mujer trabajadora y viajera. Aunque la historia escrita (por el hombre) te desterrara al eclipse del olvido, tu nombre siempre encumbrará los prados de estrellas”.

Loreena McKennitt “The old ways”

Una libreta en la mochila

 

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Esta mañana he sacado la mochila del armario, he doblado los jerseys, los pantalones y guardado los calcetines, las camisetas y un neceser liviano. En la mochila todavía guardo pequeñas piedras de lugares que no quiero olvidar. Hay una que cogí en la caldera muerta del volcán Cotacachi, en Ecuador; otra de Babilonia, un pedacito de la calzada romana que me regaló un restaurador alemán en Roma y tengo un minúsculo canto rodado que encontré en una playa apartada muy cerca del lugar donde nací. Las guardo como si fueran blasones de mi propia estirpe.

También llevo una libreta y “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer, un libro sobre gente adoptada por un bar. Así de preparado voy. La sensación más extraña ha sido cuando me he colocado la bolsa en la espalda y me he puesto frente al espejo. Aunque la mochila siempre me anima a perdernos juntos por este mundo fantástico, hoy me he mirado a los ojos y he visto que me hago viejo. Siempre ocurre lo mismo cuando llega el momento de partir: La duda en uno mismo frente el deseo de ir a lugares que uno quiere conocer. Esta noche me tomaré una cerveza para darme cuenta de que el tiempo no se detiene y que el alma quiere regresar al cuerpo. Me voy. Lo próximo, supongo, que será distinto.

He pensado durante el viaje que hace unos meses dejé de escribir el relato que empecé sobre Ana, la mujer imaginaria que me colocó frente al tribunal de mi ritmo vital y que, una vez logrado, se retiró paciente a esperar. Creo no excederme si hablo de que lo he vivido como un tiempo de ausencia. Un alejamiento natural que se ajusta a varias razones que ahora no conviene explicar. El caso es que llevaba unos cuantos días pensando seriamente en recuperar ese cuento, como si hilando de nuevo aquella historia pudiera reabrir esa puerta maravillosa que permite huir de los abismos cotidianos que sacuden la realidad. A menudo juego con la idea de la huida, sobre todo cuando las cosas sobrevienen mal, aunque sea falso e ilusorio.

Y creo que la mejor forma de retomar aquel relato es hacer como si nada hubiera sucedido durante este tiempo de ausencia. Hacer como si el narrador interior que ausculta mis pasos efectuara un ensamblaje cinematográfico para ocultar el abandono al que relegué la verdadera escritura. Sigo sin estar seguro de nada aunque una de las grandes ventajas de hacerse viejo es que te permite comprender que escribir para que afloren las contradicciones y salir de viaje son formas de expiar algunos fantasmas. Hacerlo es un ejercicio tan emocional que con frecuencia provoca miedos, la coartada esperada para desistir en la compleja tarea de hablar de uno mismo y empezar a hablar de los otros, de los fallos de este mundo, desde la atalaya que te proporciona ser un observador inclemente. Debe ser por la inocencia perdida de la juventud.

Dejé de escribir mi pequeño relato de misterio por vergüenza y dejé de ponerme la mochila por pereza, porque las cosas comenzaban a cambiar en mi vida y decidí vivirlas como llegaban. No encuentro otra explicación.

Ahora he decidido retomar las frases inconclusas de Ana por todos los amaneceres que me he repetido que esa mañana regresaría, a sabiendas de que eso no ocurriría. Hay un cuento de Lord Dunsany en el que los personajes dicen a modo de despedida: “Hasta que el recuerdo vuelva al corazón del hombre”. Pues bien, ese recuerdo ha regresado.

Hoy vuelvo a calzarme mi mochila granate y a tocar las piedrecitas que guardo como tesoros porque Iñaki y Antonia me han cuidado como a un hermano menor durante este tiempo. Regreso por las conversaciones con mi hermana y con Isabel. Y por la novela de Moehringer y por las crónicas épicas del Himalaya, y por los conciertazos de jazz de Víctor, por los debates anarquistas con Juan, por el humor espontáneo de Felipe y por la película Paterson, que tanto me gustó. También por mi familia y por mi perro Lula, que sólo teme a los truenos. Pero sobre todo vuelvo porque coger la mochila y escribir lo que me viene en gana me sienta muy bien y porque si terminaba perdido en la noche me iba a costar salir.

“La niebla”, por Eduardo Galeano

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”

Eduardo Galeano (3 septiembre 1940 – 13 abril 2015)

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En 1996 estuve dos meses en Chiapas, un Estado pobrísimo de México que luchaba por hacer realidad el sueño vital de miles de indígenas campesinos. En San Cristóbal de las Casas me quedé una semana. Luego marché a La Realidad, un poblado en el interior de la selva Lacandona que daba de comer a 60 familias tojolabales sin muchos problemas. Se suponía que por allí andaba Marcos, el subcomandante zapatista que sedujo a media humanidad con sus poéticos mensajes enviados a través de Internet. Pude verle una vez, creo, aunque no estoy seguro de ello porque la niebla, aquella mañana, era más densa que la leche de coco.

Un día se acercó un viejito cuyo rostro y modales no olvidaré jamás. Se llamaba Patuel y, como ocurre en todas las culturas milenarias como la maya, tenía el absoluto respeto de todos los habitantes del poblado. Patuel era un hombre silencioso que solía aparecer en los lugares más inesperados apoyado siempre en una larga vara. Se levantaba con el sol y regresaba al anochecer. Poseía el don de hablar el lenguaje de la selva. La conocía palmo a palmo. Sus árboles, la cueva del armadillo, dónde encontrar los mejores frutos silvestres, qué decirle a la boa si venía a intimidar, cuáles eran las peores horas para meterse en el río, en qué lugar estaba el refugio del jaguar y, por supuesto, que planes tenían los ruidosos soldados que por allí se escondían.

No es de extrañar que pusiera de los nervios al Ejército Federal acantonado en los alrededores. Para ellos, aquel inocente viejito que sólo hablaba de fútbol era un fiel amigo de Marcos. No les faltaba razón. Sus conversaciones con Patuel nunca superaba la frontera del fútbol que, para él, giraba sobre un figura concreta: un tal Alberto Onofre, mediocampista de las Chivas de Guadalajara retirado en 1974. Lo demás carecía de interés. O, al menos, eso pretendía que creyéramos.

El tiempo avanzaba muy lento en aquel lugar. A veces, insoportablemente lento. Los entretenimientos eran escasos. De vez en cuando, los helicópteros militares realizaban vuelos rasantes en busca de zapatistas pero no atemorizaban. Aquello se vivía como un acontecimiento festivo en el pueblo. El resto del día se consumía entre paseos, lectura, juegos con los curiosos niños y alguna inolvidable conversación. En una ocasión, Patuel me mostró un cuaderno gastado por el uso que le habían dado decenas de manos más acostumbradas a trabajar la tierra.

Contenía pequeños textos escritos con dificultad, la tinta emborronada y una flor recién cortada como salvapáginas. Me pidió que leyera uno de los poemas porque él no sabía hacerlo. Resultó ser una breve oda a los zapatistas de Eduardo Galeano que dice así:

“La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos.

De la niebla salen, a la niebla vuelven: los indios de Chiapas visten ropas majestuosas, caminan flotando, callan o hablan de callada manera.

Estos príncipes, condenados a la servidumbre, fueron los primeros y son los últimos.

Han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio.

De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar al poder que los humilla”.

Luego, entregué el cuaderno a Patuel que se alejó caminando muy despacio, apoyado en su enorme vara como hacía siempre, hacia la niebla que aquel atardecer comenzaba a cubrir la selva.

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"Un día tomé entre mis manos", Rainer Maria Rilke

Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
sumergido bajo el llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,
tenía que durar casi como una cosa.
y con todo nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.

Oh, porque desembocamos en estos lugares,
se apresuran hacia la pequeña superficie
todas las ondas de nuestro corazón,
voluptuosidad y desfallecimiento,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a aquellos siervos, que nos han maniatado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
ya la quietud, la perdedora.

Lluvia, Federico García Lorca

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Llueve en Santiago
mi dulce amor.
Camelia blanca de aire
brilla acariciando al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Yerbas de plata y de sueño
cubren la nueva luna llena.

Fíjate en la lluvia por la calle
lamento de piedra y cristal
Fíjate en el viento desvanecido
soma* y ceniza de tu mar.

Soma y ceniza de tu mar
Santiago, lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

*Soma es una palabra sin traducción al castellano y se refiere a la tierra que deja el arado a sus costados cuando abre surcos.

Federico García Lorca. “Chove en Santiago” es uno de los “Seis poemas galegos” que el autor granadino publicó en 1935. A esta letra, Luar Na Lubre  le puso música en su álbum “Cabo do Mundo”.

 

Roald Amundsen: 105 años del triunfo del rey de los hielos

Hoy se cumplen 105 años de la última gran hazaña del hombre. La que lideró Roald Amundsen en la Antártida en medio de una locura inquietante.

El Polo Sur es un lugar inhóspito. Es un escenario de absoluta desolación. Una extensión plana de hielo barrida por vientos huracanados, cegadoramente blanca bajo el claro verano y envuelta en sombras impenetrables durante la larga noche. Es la zona más gélida del planeta. Y también, la más silenciosa. Sin embargo, el 14 de diciembre de 1911, los gritos de Roald Amundsen y cuatro compañeros noruegos rasgaron el silencio de aquel paisaje desolado. Acababan de conquistar el Polo Sur. Ellos eran los primeros.

Aquella hazaña aun se mantiene en la cumbre de la historia de las exploraciones. Amundsen, un enjuto marino noruego de 39 años, describía así a un periodista el valor de su conquista: “No puedo decir, aunque sé que sonaría mucho mejor, que hubiera alcanzado el objeto de mi vida. Sería novelar descaradamente. Más me vale ser honesto y aceptar con sencillez que no he sabido nunca de un hombre que se encontrara en una posición tan diametralmente opuesta al objeto de sus deseos como yo en aquel momento. El Polo Norte es el que me ha atraído desde la infancia, pero yo estaba en el Polo Sur. ¿Puede imaginarse mayor desatino?”Quienes conocieron al explorador más famoso de todos los tiempos señalaron que en esta explicación se resume su vida, la de un hombre que no veía la vida como una aventura, sino como muchas encadenadas. Según admitió en una ocasión el propio Amundsen, su carrera se había forjado con una meta definida desde que tuvo 15 años. “Todo lo que he realizado ha sido fruto de una planificación, de cuidadosa preparación y de un trabajo concienzudo y duro”. El primer hombre máquina.

Lector obsesivo de expedicionarios polares, Amundsen empezó a dormir con las ventanas abiertas en pleno invierno para imitar las sensaciones extremas de héroes juveniles. Pésimo estudiante, tuvo infinidad de problemas en su escuela de Oslo debido a las continuas ausencias injustificadas. En una de ellas, su madre le siguió a escondidas. La sorpresa fue fabulosa cuando descubrió que el joven Roald se adentraba en solitario en uno de los bosques cercanos a la capital y allí se perdía. Cuestionado por su secreto, respondió decidido: “Voy a aumentar mi habilidad para caminar por el hielo y la nieve y para endurecerme los músculos. Solo pienso en la gran aventura venidera”.

Su desconsolada madre reaccionó arreándole un buen sopapo. Pero el problema mayor para Amundsen llegó al intentar enrolarse en el ejército, una condición casi indispensable para hacer realidad su gran sueño. Era miope, un obstáculo insalvable que intentó compensar con un estado de forma física descomunal. De hecho, fue el primero de su promoción y dejó tan sorprendido al médico que olvidó examinarle los ojos, por lo que recibió instrucción militar.

A los 22 años realizó su primer locura. En compañía de su hermano, intentó cruzar sobre esquís una cadena de montañas al oeste de Oslo. Casi mueren en el intento. Mal equipados y peor aprovisionados, quedaron cercados por la nieve. El terror les paralizó y el hambre hizo el resto. Volvieron a casa de milagro pero Roald Amundsen aprendió la lección. A partir de entonces, cualquier expedición de la que formara parte era escrupulosamente planificada. Controlaba hasta el mínimo detalle, hasta la media de agua al día que puede consumir un grupo de cinco hombres en condiciones extremas de frío.

A los 25 años le llegó su primera oportunidad. A bordo del Bélgica, zarpó hacia la Antártida como primer piloto de una tripulación internacional. El resultado fue un desastre. Inexpertos como exploradores polares, los guías de la expedición permitieron que los sorprendiera el invierno y que el hielo atrapara el barco. Sin víveres ni ropas de abrigo adecuadas, tanto marineros como científicos temieron por sus vidas. Dos hombres enloquecieron y solo tres, entre ellos Amundsen, esquivaron el temible escorbuto.

Cuando el capitán cayó mortalmente enfermo, Amundsen organizó a la tropa. A unos los envió a cazar focas y pingüinos, a otros les puso a coser ropa de abrigo con las pieles. Tras varios meses de aislamiento en aquel oscuro desierto de hielo, los supervivientes lograron abrir un canal que les llevó hasta mar abierto. Sin intención, Amundsen acababa de participar y sobrevivir a la primera invernada que el hombre hacía en el Antártico.

Una vez superado el mal trago, Roald Amundsen puso manos a la obra para su siguiente expedición: la búsqueda del mítico paso del Noroeste, que se había tragado a su héroe infantil, John Franklin. Para esta empresa, Amundsen unió al descubrimiento geográfico un objetivo científico, con el fin de facilitar los apoyos financieros. El anzuelo fue el magnetismo polar. En tres años obtuvo el dinero que necesitaba, compró el Gjoa, un pesquero de 47 toneladas y poco calado, seleccionó a seis expertos marinos y científicos, y zarpó.

Cruzó el Atlántico Norte y se dirigió por la costa occidental de Groenlandia al extremo septentrional de la Tierra de Baffin. Una vez allí, puso proa al oeste por el estrecho de Lancaster y empezó a zigzaguear hacia el sur, entre el laberinto de islas que hay más allá de la tierra firme canadiense. Aguas poco profundas, nieblas y vientos huracanados hicieron penosa la marcha, pero a fines del verano, descubrió un puerto natural de invierno en la isla Rey Guillermo, al noroeste de la bahía de Hudson. Allí pasó dos años prolíficos en materia científica ya que los datos recogidos suministraron a los expertos material para 20 años de evaluación.

Pero aún quedaba lo más duro: llegar a Alaska. La ruta fue extenuante. Día tras día midiendo la profundidad, probando aquí y allá para meter el barco entre témpanos de hielo. Finalmente, el segundo de a bordo gritó: “¡Una vela, una vela!”. Era un ballenero. La victoria era suya.

Completado su paso por el noroeste y sus proyectos acerca del polo magnético, Roald Amundsen empezó a preparar la aventura ártica suprema: conquistar el Polo Norte. Sin embargo, en 1909, el estadounidense Robert Edwin Peary se le había adelantado y todo se vino abajo. “En el mismo instante”, escribió Amundsen, “decidí mi cambio de frente: volverme… al sur”, la única conquista polar que seguía en pie. Por todos era conocido que el inglés Robert Scott preparaba una hazaña similar. Entonces, comenzó la carrera.

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Para empezar, Amundsen no reveló su cambio de plan ni a los que lo respaldaban económicamente, ni a los miembros de la tripulación. Ante la opinión pública (y los servicios secretos) seguía empeñado en llegar al Polo Norte con propósitos científicos. Y con ese secreto partió de Noruega el 9 de agosto de 1910. Llevaba 100 perros groenlandeses a bordo y materiales para construir una morada donde cupieran diez catres y una cocina. Solo cuando el barco cruzó el ecuador, difundió la verdad: el rumbo era la Antártida, no el Ártico.

En enero de 1911, varó la nave en un rincón del filo de la barrera de hielo de Ross, vasta extensión congelada que cubre el mar en una enorme escotadura del continente antártico. Amundsen había elegido este lugar -la bahía de las Ballenas- porque sabía que estaba 90 kilómetros más cerca del Polo que la base que había levantado Scott, en el otro extremo del campo de hielo. Estableció de inmediato el cuartel general de la expedición a unos tres kilómetros hielo adentro, y los hombres empezaron a desembarcar equipo y provisiones.

En febrero, los noruegos fueron visitados por miembros de la expedición de Scott. El encuentro fue muy cordial, pero ambos grupos sabían, como dijo posteriormente el propio Scott, que “el plan de Amundsen es una amenaza muy seria para el nuestro”. Aparte de estar más cerca del Polo, Amundsen, con sus tiros de perros, estaría en condiciones de emprender su jornada antes que Scott, que llevaba caballos de tiro.
Durante febrero y marzo, los hombres de Amundsen dispusieron siete depósitos de provisiones, y señales en la barrera de hielo para su viaje al Polo en la primavera siguiente.La carrera arrancó el 19 de octubre de 1911. Provistos de esquís, Amundsen y cuatro compañeros se lanzaron hacia el sur con cuatro trineos ligeros, tirado cada uno por 13 perros. Escalaron la cordillera de la Reina Maud, sacrificando a dos terceras partes de los animales para alimentar y guardar carne para los hombres y los perros más fuertes. Era parte del plan diseñado por Amundsen.

El 7 de diciembre, el grupo alcanzó los 88′ 23′ S, el máximo sur a que había llegado Ernest Shackleton en 1909. Estaban a156 kilómetros de su meta. Reducidos a 17 perros y tres trineos, aligeraron su carga estableciendo el último depósito de abastecimiento (depósito 10) allí mismo. De pronto, la niebla gélida se disipó y la superficie se volvió lisa, como un desierto de sal sin brisa. Era, pensó Amundsen, como si los elementos hubieran contado con ellos. La meta llegó a las tres de la tarde del 14 de diciembre de 1911. “Entonces se rasgó el velo para siempre, y dejó de existir uno de los mayores secretos de nuestro planeta”, escribió Amundsen.

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Pasaron en el Polo casi cuatro días, alternando celebraciones con observaciones científicas. Alzaron una pequeña tienda con un mástil donde ondeaba la bandera noruega, y dejaron dentro dos notas, una para Scott y otra para el rey de Noruega, que pedían a Scott que recogiera por si acaso ellos no volvían. “Fue un momento solemne cuando nos descubrimos y despedimos. Nos pusimos inmediatamente en camino sobre nuestro propio rastro. Muchas veces nos volvimos para echar una última ojeada… Descendieron los vapores blanquecinos y nuestra banderita no tardó en desaparecer de la vista”

El 25 de enero de 1912 estaban de vuelta en su base. Habían recorrido 3.000 kilómetros en 99 días. Les quedaban once perros y los hombres padecían congelaciones, quemaduras por el viento, ceguera por el resplandor de la nieve y agotamiento. Pero habían triunfado. Y su historia no acabó ahí. El explorador noruego más grande de la historia siguió rellenando capítulos con otras hazañas. Quizá otro día terminemos contándolas. Este hombre fue el rey del hielo.