Otoño, una pira bestial

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Hay días que una foto es más que mil colores. También huele. Pero no a leña chamuscada ni a monte quemado como hoy apesta en Galicia, Asturias y Portugal. Quizá, si le echamos imaginación al asunto, la imagen de arriba podría obsequiarnos con su aroma de naturaleza viva. El bosque húmedo en otoño es un lujo bestial y, por fin, ha llegado. Llueve y el paisaje se enciende como una pira imponente.

El poeta Octavio Paz escribió: “En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!”.

Así es. Estamos en el inicio de esta estación multicolor. Momento para abrirse a todo lo que suena y se mueve. Preparados para lo mucho que huele y para todo lo que puede saborearse. Días de luz suave y de humedad, el tiempo nos ofrece una oportunidad para recuperar el sentido de los sentidos, o como dijo el naturalista Joaquín Araujo “serás de la vida como la vida es del tiempo”. Aprovechemos esta lluvia y este sol con su luz crepuscular para acercarnos al invierno gélido.

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Wanders inaugura hoy el Zinemaldia

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El Festival de Cine de San Sebastián acoge desde hoy y por espacio de nueve días el certamen cinematográfico más atractivo que se lleva a cabo en España. Creado hace 64 años con la ingenua idea de promocionar el talento creativo de realizadores subyugados por la dictadura franquista, y de paso aportar también un cierto glamour fílmico a una aplatanada ciudad tras el verano, el Zinemaldia ha terminado dando cobijo a una lluvia de estrellas como una forma de reclamo más rentable aún que la cirugía. Este año habrá más películas, más secciones y también más invitados.

Por la alfombra roja de este año desfilarán actores como Ricardo Darín, la encantadora Monica Bellucci, el arrollador Arnold “Terminator” Schwarzenegger, que llega al certamen con un documental sobre la contaminación de los fondos marinos; el californiano James Franco, que presenta su divertido film The disaster artist; John Malkovich, un asiduo a este certamen que, además, preside el jurado en esta edición; y directores como el fascinante Wim Wenders, cuya última película, Submergence, y su actriz principal, la sueca Alicia Vikander, inauguran el festival y concurren al gran premio del festival, la Concha de Oro, con otros 18 trabajos de diferentes lugares del mundo.

Por supuesto, también habrá representación de América Latina aunque no de Ecuador. La producción latinoamericana tiene aquí un apartado especial, destinado a que cineastas desconocidos se hagan con un lugar al sol de este proceloso negocio. En total, nueve días de puro cine con 213 películas programadas en diez secciones diseñadas para hacer volar los sueños.

Cada año, se lo ponen más difícil al cinéfilo es este certamen si no quiere perderse un título sabroso en la maratón. Entre las favoritas está Handia, una producción vasca que narra la historia de un gigante de más de dos metros de estatura en un mundo rural envuelto en colinas verdes y rebaños de ovejas. Tendrá como rivales duros de pelar a Life and Nothing More, de Antonio Méndez Esparza, el drama familiar de un joven con exceso de responsabilidad; y The wife, una producción sueca interpretada por Glenn Close y Jonathan Pryce. El jurado de Malkovich tiene una compleja tarea por delante.

Mucho glamour a partir de hoy en Donostia pero sin menoscabar la calidad en un certamen que ya ocupa el octavo lugar entre los 14 festivales catalogados de categoría A que hay en el mundo. 40 de las películas que se podrán ver en esta edición serán estrenos mundiales, 12 internacionales, 22 europeos y 55 españoles, datos muy parecidos a los del año pasado y que demuestran que el Zinemaldia sigue teniendo músculo cinematográfico. La prueba es que las 60.000 entradas que salieron a la venta el primer día se agotaron al atardecer. Largas colas para conseguir un lugar en la sala oscura que tanto hace soñar.

De hecho, pasear por las calles de San Sebastián durante estos días es sumergirse en la capital mundial del cine. Se respira por los poros que ha abierto el festival. Hasta el veterano cineasta británico Terence Davies ha anunciado que arribará a la ciudad durante esta semana para presentar su nueva película A Quiet Passion, como ya hiciera el pasado año con la lírica Sunset Song. “Iré porque es mi festival favorito del mundo”, asegura el realizador.

Y claro, los organizadores descuentan los segundos que faltan para el inicio de la ceremonia cinematográfica más internacional de España. Todo sea por devolver al entusiasta público la vibrante excitación de la espera. “El cine es el único arte capacitado para desgarrar las costuras de la razón y de hacernos entender mediante la emoción”, escribió una vez el genio ruso, Andrei Tarkovski. Pues que así sea.

Publicado hoy en El Telégrafo

 

Maldito fuego

 

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Llevamos semanas asistiendo consternados a una concatenación de incendios en la península ibérica que han arrasado 35.000 hectáreas de bosque y matorral.

Dicen que el tiempo cura este tipo de heridas. No estoy de acuerdo. Las heridas perdurarán. Con el tiempo, la naturaleza se cubrirá de cicatrices pero el dolor causado nunca desaparece del todo cuando el fuego se alimenta de lo vivo. El de Portugal, por ejemplo, se cobró la vida de 64 personas. Por fortuna, Doñana corrió mejor suerte. Aquí, no hubo muertos pero sí imágenes emocionantes donde las víctimas mostraban la alegría inconmensurable de quien vuelve a nacer.

Una de ellas la tienen ustedes en la foto superior. Es una de las hembras de lince que los responsables del Centro de Cría de El Acebuche lograron rescatar cuando las llamas iban a su encuentro.

Para los bomberos y voluntarios, fueron tres días de batalla sin cuartel contra el fuego y la gasolina del viento. Un sinfonía pavorosa de chasquidos de maderas consumidas y gritos estremecedores de personas, animales y plantas atrapadas en un feroz incendio orquestado, al parecer, por un hombre embrutecido, el pirómano.

Qué paradoja de tribu. Unos luchando contra el fuego y otros excitándose viendo un bosque arder. El desastre de la cultura, el desarraigo de una mente trastornada.

Pero volvamos a la escena. Entre la premura por escapar de la densa y asfixiante niebla que les cercaba, un operario de El Acebuche escuchó un lamento. Se giró y vio a esta hembra de lince aterrada en una esquina, cubriendo con su lomo a varios cachorros. No se lo pensó dos veces. Metió a las crías en una bolsa, agarró entre sus brazos a la paralizada madre y salió de aquel infierno. Con cuidado, para que el estrés no reventara su pequeño corazón como había sucedido minutos antes con ‘Homer’, su prima-hermana en la delicada función de preservar el futuro de esta amenazada especie.

Una vez puestas madre y cachorros a buen recaudo, el operario continuó con su tarea durante varias horas más hasta localizar a los 13 ejemplares restantes, los que aterrados por el ruido y el calor habían huido de aquella ardiente encerrona.

Tras varias noches sin tregua, el incendio logró ser sofocado el martes con los primeros rayos de sol. Un amanecer carbonizado en Doñana. Cansado, el operario se sentó para reponer fuerzas y beber, y probablemente hastiado de las incongruencias que comete el hombre con su propio destino.

El fuego no sólo había acabado con Homer y con un número incalculable de crías de lince que viven en libertad. También fulminó espacios tan mágicos como el Abalario y el Asperillo, donde existen estanques cristalinos, dunas móviles de litoral y densos bosques de pinos donde anidan las sabinas y el enebro costero. Aves únicas como el alcaraván, la culebrera europea, el milano negro, el águila calzada, la totovía o la cogujada montesina buscan a estas horas un lugar donde rehacer sus vidas.

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Podríamos hablar de mil historias de mujeres. Se me ocurre la de Emmeline, una chica anónima guardada en la biblioteca de la vida por el feminismo mundial. Emmeline fundó la Unión Política y Social de las mujeres británicas en 1874 para luchar por el derecho al voto femenino. Eran momentos duros y dolorosos para todos pero especialmente para ellas. De ahí que los respetables mandamases de su tiempo, presos de un pánico atroz, se sacaron de la chistera una siniestra ley para encarcelar a todas sus seguidoras, a las que vergonzosamente llamaron ‘Las histéricas’. En 1929, un año después de la muerte de Emmeline, se instauró el sufragio universal en el Reino Unido.

Pero hoy me he fijado en esta fotografía. Lo que se ve en el cielo estrellado es la ‘Nube de Magallanes’, dos galaxias enanas que sólo pueden ser contempladas durante las noches sin luna austral. Una pirotecnia celeste bajo el cielo raso. Su descubridor fue un astrónomo persa llamado Abd Al-Rahman Al Sufi y Fernando de Magallanes el primero en estudiarlas durante su viaje de circunnavegación alrededor de la Tierra.

Sin embargo, lo que no sabía es que esta explosión estelar fue explicada por una mujer silenciada por el hombre. Se llamaba Henrietta Swan Leavitt y murió en 1921 con 58 años en Massachusetts dejando todo el trabajo hecho para que sus dos superiores, Edward Pickering y Edwin Hubble (el del famoso telescopio), le robaran la gloria. Dijeron que la pagaban por trabajar, no por pensar, como si ambas virtudes fueran incompatibles. Leavitt dio sentido a estas dos gigantescas constelaciones compuestas por millones de estrellas que brillan a intervalos. Las descifró como si se trataran de un morse celestial.

Los astrónomos las conocen como Cefeidas, nombre femenino y plural. Hoy, día internacional de la mujer, Henrietta Leavitt se merece un homenaje por doble motivo: por ser una gran astrónoma y por haber sido víctima de la ignominia machista en un mundo donde la inteligencia no suele ser sinónimo de éxito.

Leavitt dejó un mísero legado. Ni siquiera unas notas de su testamento enterradas en el jardín. Sólo 344 dólares que heredó su madre. Un matemático sueco intentó rescatarla del valle de los olvidados proponiéndola candidata a Premio Nobel. Pero llegó tarde. El cáncer ya había hecho su perverso trabajo.

Durante las siguientes décadas, la comunidad científica trató de purgar su vergüenza: Un cráter lunar y el asteroide 5383 llevan el nombre de esta ingeniosa dama.

Ahora que las mujeres van conquistado el mágico reconocimiento de la paridad como objetivo retórico y que el hombre está dispuesto a ceder a regañadientes su poder político en todas aquellas actividades que no cotizan en el PIB -asuntos sociales, igualdad, dependencia- sólo nos queda observar el futuro con una cierta reserva. Algo se está moviendo en el inexorable camino de la igualdad. Pero si analizamos algunas encuestas que probablemente hoy no habrán sido publicadas veremos en qué gastamos el dinero a nivel mundial. Ellas lo hacen en alimentación y educación. Ellos, en cambio, prefieren las bebidas y las armas. Curiosa forma de generalización planetaria.

Así que no estaría mal terminar esta carta como debería haberla empezado: “Estimada Henrietta, mujer trabajadora y viajera. Aunque la historia escrita (por el hombre) te desterrara al eclipse del olvido, tu nombre siempre encumbrará los prados de estrellas”.

Loreena McKennitt “The old ways”

Una libreta en la mochila

 

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Esta mañana he sacado la mochila del armario, he doblado los jerseys, los pantalones y guardado los calcetines, las camisetas y un neceser liviano. En la mochila todavía guardo pequeñas piedras de lugares que no quiero olvidar. Hay una que cogí en la caldera muerta del volcán Cotacachi, en Ecuador; otra de Babilonia, un pedacito de la calzada romana que me regaló un restaurador alemán en Roma y tengo un minúsculo canto rodado que encontré en una playa apartada muy cerca del lugar donde nací. Las guardo como si fueran blasones de mi propia estirpe.

También llevo una libreta y “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer, un libro sobre gente adoptada por un bar. Así de preparado voy. La sensación más extraña ha sido cuando me he colocado la bolsa en la espalda y me he puesto frente al espejo. Aunque la mochila siempre me anima a perdernos juntos por este mundo fantástico, hoy me he mirado a los ojos y he visto que me hago viejo. Siempre ocurre lo mismo cuando llega el momento de partir: La duda en uno mismo frente el deseo de ir a lugares que uno quiere conocer. Esta noche me tomaré una cerveza para darme cuenta de que el tiempo no se detiene y que el alma quiere regresar al cuerpo. Me voy. Lo próximo, supongo, que será distinto.

He pensado durante el viaje que hace unos meses dejé de escribir el relato que empecé sobre Ana, la mujer imaginaria que me colocó frente al tribunal de mi ritmo vital y que, una vez logrado, se retiró paciente a esperar. Creo no excederme si hablo de que lo he vivido como un tiempo de ausencia. Un alejamiento natural que se ajusta a varias razones que ahora no conviene explicar. El caso es que llevaba unos cuantos días pensando seriamente en recuperar ese cuento, como si hilando de nuevo aquella historia pudiera reabrir esa puerta maravillosa que permite huir de los abismos cotidianos que sacuden la realidad. A menudo juego con la idea de la huida, sobre todo cuando las cosas sobrevienen mal, aunque sea falso e ilusorio.

Y creo que la mejor forma de retomar aquel relato es hacer como si nada hubiera sucedido durante este tiempo de ausencia. Hacer como si el narrador interior que ausculta mis pasos efectuara un ensamblaje cinematográfico para ocultar el abandono al que relegué la verdadera escritura. Sigo sin estar seguro de nada aunque una de las grandes ventajas de hacerse viejo es que te permite comprender que escribir para que afloren las contradicciones y salir de viaje son formas de expiar algunos fantasmas. Hacerlo es un ejercicio tan emocional que con frecuencia provoca miedos, la coartada esperada para desistir en la compleja tarea de hablar de uno mismo y empezar a hablar de los otros, de los fallos de este mundo, desde la atalaya que te proporciona ser un observador inclemente. Debe ser por la inocencia perdida de la juventud.

Dejé de escribir mi pequeño relato de misterio por vergüenza y dejé de ponerme la mochila por pereza, porque las cosas comenzaban a cambiar en mi vida y decidí vivirlas como llegaban. No encuentro otra explicación.

Ahora he decidido retomar las frases inconclusas de Ana por todos los amaneceres que me he repetido que esa mañana regresaría, a sabiendas de que eso no ocurriría. Hay un cuento de Lord Dunsany en el que los personajes dicen a modo de despedida: “Hasta que el recuerdo vuelva al corazón del hombre”. Pues bien, ese recuerdo ha regresado.

Hoy vuelvo a calzarme mi mochila granate y a tocar las piedrecitas que guardo como tesoros porque Iñaki y Antonia me han cuidado como a un hermano menor durante este tiempo. Regreso por las conversaciones con mi hermana y con Isabel. Y por la novela de Moehringer y por las crónicas épicas del Himalaya, y por los conciertazos de jazz de Víctor, por los debates anarquistas con Juan, por el humor espontáneo de Felipe y por la película Paterson, que tanto me gustó. También por mi familia y por mi perro Lula, que sólo teme a los truenos. Pero sobre todo vuelvo porque coger la mochila y escribir lo que me viene en gana me sienta muy bien y porque si terminaba perdido en la noche me iba a costar salir.

“La niebla”, por Eduardo Galeano

“La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.”

Eduardo Galeano (3 septiembre 1940 – 13 abril 2015)

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En 1996 estuve dos meses en Chiapas, un Estado pobrísimo de México que luchaba por hacer realidad el sueño vital de miles de indígenas campesinos. En San Cristóbal de las Casas me quedé una semana. Luego marché a La Realidad, un poblado en el interior de la selva Lacandona que daba de comer a 60 familias tojolabales sin muchos problemas. Se suponía que por allí andaba Marcos, el subcomandante zapatista que sedujo a media humanidad con sus poéticos mensajes enviados a través de Internet. Pude verle una vez, creo, aunque no estoy seguro de ello porque la niebla, aquella mañana, era más densa que la leche de coco.

Un día se acercó un viejito cuyo rostro y modales no olvidaré jamás. Se llamaba Patuel y, como ocurre en todas las culturas milenarias como la maya, tenía el absoluto respeto de todos los habitantes del poblado. Patuel era un hombre silencioso que solía aparecer en los lugares más inesperados apoyado siempre en una larga vara. Se levantaba con el sol y regresaba al anochecer. Poseía el don de hablar el lenguaje de la selva. La conocía palmo a palmo. Sus árboles, la cueva del armadillo, dónde encontrar los mejores frutos silvestres, qué decirle a la boa si venía a intimidar, cuáles eran las peores horas para meterse en el río, en qué lugar estaba el refugio del jaguar y, por supuesto, que planes tenían los ruidosos soldados que por allí se escondían.

No es de extrañar que pusiera de los nervios al Ejército Federal acantonado en los alrededores. Para ellos, aquel inocente viejito que sólo hablaba de fútbol era un fiel amigo de Marcos. No les faltaba razón. Sus conversaciones con Patuel nunca superaba la frontera del fútbol que, para él, giraba sobre un figura concreta: un tal Alberto Onofre, mediocampista de las Chivas de Guadalajara retirado en 1974. Lo demás carecía de interés. O, al menos, eso pretendía que creyéramos.

El tiempo avanzaba muy lento en aquel lugar. A veces, insoportablemente lento. Los entretenimientos eran escasos. De vez en cuando, los helicópteros militares realizaban vuelos rasantes en busca de zapatistas pero no atemorizaban. Aquello se vivía como un acontecimiento festivo en el pueblo. El resto del día se consumía entre paseos, lectura, juegos con los curiosos niños y alguna inolvidable conversación. En una ocasión, Patuel me mostró un cuaderno gastado por el uso que le habían dado decenas de manos más acostumbradas a trabajar la tierra.

Contenía pequeños textos escritos con dificultad, la tinta emborronada y una flor recién cortada como salvapáginas. Me pidió que leyera uno de los poemas porque él no sabía hacerlo. Resultó ser una breve oda a los zapatistas de Eduardo Galeano que dice así:

“La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos.

De la niebla salen, a la niebla vuelven: los indios de Chiapas visten ropas majestuosas, caminan flotando, callan o hablan de callada manera.

Estos príncipes, condenados a la servidumbre, fueron los primeros y son los últimos.

Han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio.

De allí han salido, enmascarados, para desenmascarar al poder que los humilla”.

Luego, entregué el cuaderno a Patuel que se alejó caminando muy despacio, apoyado en su enorme vara como hacía siempre, hacia la niebla que aquel atardecer comenzaba a cubrir la selva.

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"Un día tomé entre mis manos", Rainer Maria Rilke

Un día tomé entre mis manos
tu rostro. Sobre él caía la luna.
El más increíble de los objetos
sumergido bajo el llanto.

Como algo solícito, que existe en silencio,
tenía que durar casi como una cosa.
y con todo nada había en la fría noche
que más infinitamente se me escapara.

Oh, porque desembocamos en estos lugares,
se apresuran hacia la pequeña superficie
todas las ondas de nuestro corazón,
voluptuosidad y desfallecimiento,
y al fin, ¿a quién ofrecemos todo esto?

Ay, al extraño, que nos ha malentendido,
ay, a aquel otro, que nunca hemos encontrado,
a aquellos siervos, que nos han maniatado,
a los vientos de primavera, que se han desvanecido,
ya la quietud, la perdedora.